jueves, 28 de febrero de 2008

Pareidolia

No, no es una mandolina griega.
Es el nombre por el que se conoce ese extraño y frecuente fenómeno por el que la gente ve el rostro de Jesús o de la Virgen en los sitios más inverosímiles: un sándwich, los posos del té verde, una pata de jamón, una tostada quemada, una mancha de humedad en la pared, un gin tonic o los palominos de su ropa interior.
Viene a ser como el juego clásico de adivinar formas y figuras en las nubes, pero con un componente bizarro entre la alucinación y la sugestión.
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A medio camino entre el expediente X y la carnaza para la prensa y los zappings más sensacionalistas, la pareidolia no siempre presenta rasgos religiosos. A veces tienen una connotación más esotérica, como las caras de Bélmez o esa máscara diabólica que muchos pretenden ver en el humo de las Torres Gemelas momentos antes del colapso.
Una tendencia mística o sustancias como el LSD ayudan sobremanera a desatar pareidolias, pero no hace falta entrar en trance ni padecer un estado alterado de conciencia. Son imágenes que formamos inconscientemente. Espejismos instintivos. Para lo que hay una explicación científica: se trata en realidad de ilusiones ópticas, un trampantojo de las retinas que además es necesario para nuestra supervivencia. Porque identificar patrones conocidos en todo tipo de objetos es un mecanismo de defensa del ser humano para prevenirse del peligro aun a costa de falsas alarmas: más vale confundirse y creer ver un tigre en la maleza que darse cuenta de que el bicho está ahí cuando ya es demasiado tarde…
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La pareidolia es pues un dispositivo de alerta. Lo que pasa es que, como siempre, se da el uso y el abuso. O su degeneración. Y esto es lo que sucede cuando de repente una mujer cree distinguir a la Virgen de Regla en los chafarrinones de sangre de su compresa.
Lo más curioso es la abundante estadística: continuamente se produce un nuevo caso que se convierte al instante en noticia morbosa y definitivamente friki.
El fenómeno tampoco se reduce a ver caras: uno de los casos más recientes y populares entre los católicos es el de esa —se supone que perfectamente reconocible—
silueta del papa Juan Pablo II en una hoguera de Polonia, poco después de morir.
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En estos tiempos de histeria religiosa y ocultista, la pareidolia está cerca de tomar las proporciones de una epidemia. Y hasta se ha registrado una pareidolia colectiva, como ocurrió en Canadá en 1954, donde tuvo lugar uno de los casos más llamativos: el del dinero diabólico.
Ese año, el banco central del país se vio inundado de peticiones para retirar las nuevas monedas de dos dólares. La gente aseguraba que en el cabello de la efigie de Isabel II, proclamada reina dos años antes, podía verse claramente la cara del diablo.
El banco retiró inmediatamente la serie en cuestión y acuñó otra, ya que la gente se detenía en todas partes a revisar sus monedas para comprobar si eran malignas y se ralentizó la fluidez de los pagos en tiendas, buses, cines y bares (increíble pero cierto).
Hoy en día se sabe que esta pareidolia no fue casual y que se debió a la retorcida actuación de uno de los empleados de la casa de la moneda, que era irlandés y miembro del IRA.
El saboteador infiltrado quería representar a la flamante reina como un personaje malvado directamente inspirado por el diablo, que le susurraba al oído.

2 comentarios:

Cigarra dijo...

¡En el mundo hay locos, pero pocos como los hombres y las mujeres...!
¿cómo puede creer nadie en lo que aparece en una foto, si todos tenemos la herramienta photoshop en el ordenador, y sabemos lo que se puede hacer con ella?

David Pallol dijo...

Ay amiga Cigarra, qué razón tienes!
La credulidad de la gente es como el universo: no tiene límites.
Y lo peor de todo, lo más triste, es que la mayoría mataría por creer en algo, una necesidad desesperada que nunca he entendido...
En fin, gracias por tu visita y besitos!!