viernes, 30 de mayo de 2008

Epitafio

Polvo eres y en polvo te convertirás, eso dalo por hecho, herman@.
Así que, ante el trámite inevitable que nos toca tarde o temprano, conviene no descuidar ciertos detalles decisivos, aquellos con los que dejaremos huella en la posteridad.
Como el epitafio, las famous last words que dejarás inscritas en piedra (o metacrilato trasparente) para admiración y comentario de las generaciones venideras.
Esa frase que no tiene por qué ser breve pero sí ingeniosa, simpática o profunda pero resultona, que impregne fácilmente la memoria, como una de esas pegadizas melodías de la radiofórmula.
En cualquier caso, elijas el tono que elijas, filosófico o desenfadado, azul claro o marino, lo que ha de ser es lapidaria (no en vano su destino es una lápida).
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De todos es conocido el epitafio de Groucho Marx: “Disculpe que no me levante, señora.”
Pues bien, no existe. Es otro de esos rumores sin fundamento, como que la química es mala para el ser humano.
En su lápida, en realidad, sólo aparecen su nombre, sus fechas de nacimiento y defunción y una estrella de David.
De todos modos podía ser perfectamente atribuible a su talento, esa mezcla de brillante humor negro y elegancia mundana que no perdía ni después de muerto.
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Es realmente arduo dar con un epitafio de antología; representa un brainstorming continuo.
Y uno, a poco que se obsesione con ello, puede consumirse la vida pensando en uno, sometido a una presión terrible.
De pesadilla.
En un momento dado, si no se te ocurre nada mejor, puedes samplear de otro autor, del concursante de un reality (ay, quién me puso la pierna encima) o de la biblia, por más que la frase genial y definitiva probablemente te venga con el último espasmo: hasta para esto, como para todo, lo improvisado sale mejor.

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