jueves, 30 de abril de 2009

La fuerza de la tribulación



Para unos es un grupo de creyentes de élite que lucha contra el Anticristo.
Para otros es el cristianismo militante que glorifica las guerras de religión.
Para mí no es otra cosa que la fuerza inédita que brota del temor y la conmoción que producen en las personas las adversidades y las catástrofes. Que, en estos últimos días, son muchas.
Por eso, como pastor de la fe, me atrevo a decir que el Infierno no es algo abstracto; está aquí hoy, presente en nuestros campos y en nuestras calles.
Su rastro puede seguirse por las paredes: cualquiera que posea un cierto conocimiento encuentra en los grafitis de cualquier ciudad una alarmante cantidad de símbolos satánicos.
Si prestas atención descubrirás que algunos de ellos resultan ser cruces invertidas, machos cabríos o el número de la Bestia.
Yo sorprendo a esos muchachos pintando muros con esprais y los ahuyento al grito de ¡Arrepentíos!, ayudado por unos cuantos disparos al aire.
Para eso he venido, para enfrentarme a Satán en todas sus manifestaciones. El demonio ha triunfado en el mundo, pero aquí estoy yo, El Reverendo, todo cuero, todo metal, para contrarrestar.
-¿Crees que tu gabán y tu pistola pueden detener los acontecimientos?, pregunta, como siempre, algún escéptico.
No, como tampoco me pueden vacunar contra la Gran Pandemia que nos azota estos días con su chancros rojos y su vómito negro.
Una enfermedad infecciosa, inusualmente severa y mortal, procedente de los loros domésticos, que está diezmando actualmente a la población humana.
Todos entramos en los grupos de riesgo, pero se está cebando especialmente en las clases más bajas. Espero que no haya caído en saco roto la cruzada moral del movimiento evangélico, que predicaba entre ellas la disciplina y el autocontrol.
Los parias y desahuciados deben sobreponerse. Las epidemias se envían para fortalecer la moralidad de las masas. Son una prueba de Dios.
Los evolucionistas lo llaman selección natural, para mí es más bien un caso de necesaria purga social. Las personas hundidas en una miseria sin esperanza y rodeadas de suciedad son en su mayoría insensibles al Evangelio. Qué más da pues que mueran. Además, había llegado un punto ya en que volvíamos a ser demasiados.
Por eso insisto en el valor de la resignación cristiana frente a la adversidad. Las autoridades sanitarias, entre tanto, advierten: quizá estemos presenciando la más terrible y letal pandemia que ha asolado a la humanidad hasta la fecha.
Las cifras, desde luego, son sobrecogedoras.
Todos los días puede verse cómo aumenta la cantidad de víctimas en los displays alfanuméricos de las principales ciudades del infectado planeta. Los números de muertos corren rápidos, diodos rojos sobre negro, seguidos de las cotizaciones en Bolsa.
Yo me quedo estupefacto: ¡la pandemia ha matado ya a más de 25 millones de personas en todo el mundo!
Y parece que fue ayer cuando brotó en aquel remoto pueblo uruguayo...
"No entraña peligro, no pasa nada", decían al principio, cuando las mascarillas no eran todavía el complemento de moda; y ahora, en cambio, las tienes incluso de Gucci y Prada.

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