viernes, 2 de julio de 2010

Transcuisine

(LA NOTICIA)


Para celebrar que me dieron el alta en la clínica de rehabilitación de adictos a la televisión, me decidí a dar una cena.
Una ceremonia íntima, para cuatro amigos, por más que todos ellos fueran actores o chicos escort contratados para la ocasión ya que amigos, lo que se dice amigos, no tengo.
Por supuesto, como siempre, cocinaría yo: mis artes como chef es una de las cosas que han hecho de mí, Indigo Jones, una leyenda.
Se trata básicamente de diseñar un menú adecuado y echarle luego tiempo, creatividad y cariño.
Y no es que quiera fanfarronear, pero me consta que he llegado a provocar auténticos orgasmos gustativos.


Como entrante he pensado en preparar una ensalada.
Con un tomate me basta. Es un tomate trasgénico, enorme como una geoda, modificado además para aportar el doble de antioxidantes, tan solicitados, y vitamina C, tan necesaria.
A la ensalada le añadiré judías verdes extralargas (70 centímetros) y sin hebras. También unas espinacas perpetuas, de las que se cultivan todo el año.
Después, para alegrarlo un poco con proteínas, le echaré algo de atún de piscifactoría (una obviedad flagrante en realidad, puesto que hace años que en el mar no hay atunes).
A continuación, un híbrido de pasta y plato de la huerta: legumbres espagueti. Una combinación que siempre triunfa.
Y de postre, aguacates sin hueso.

El caso es ¿los he conocido con hueso?
No.
Creo que ya nadie recuerda cómo eran los alimentos originales. Somos varias las generaciones que hemos crecido rodeadas de organismos con ADN troyano: animales, vegetales y personas modificados genéticamente. Tan resistentes, tan versátiles, casi perfectos.
Comenzaron introduciéndose poco a poco en nuestras vidas; hoy son toda una invasión.


Centrándonos en los alimentos, podría ser peor. Todos son trasgénicos, sí, pero de aspecto natural al fin y al cabo.
Quiero decir, los tomates, hoy por hoy, siguen siendo rojos, redondos y creciendo en huertos. La única novedad es que las plantas resisten ahora el rigor de la intemperie y soportan mejor las heladas, pero no dejan de ser y parecer plantas según el concepto tradicional del término.

Y es que la gente conserva ciertos escrúpulos. Por eso la comida sintética nunca se impuso: sigue siendo, única y exclusivamente, comida para astronautas.
Nadie se plantea dilemas morales porque el filete de ternera haya sido manipulado para tener menos grasa y ser el doble de grueso.
Lo que importa, ahora y siempre, es que siga sabiendo a ternera y presente un aspecto convencional y jugoso.
A la gente le espanta sustituir un buen entrecó por una tirilla reseca liofilizada que tiene un ligero regusto a caldo concentrado de carne y no a ternera de verdad.



Por una curiosa analogía, la gente sigue prefiriendo órganos humanos a sintéticos. Hay como un repudio universal a llevar una máquina en las entrañas; muchos lo consideran una intrusión, una violación mecánica.
El ser humano, por lo general, desconfía de lo que no forma parte de su naturaleza. Por muy biocompatible que sea y muy bien que funcione, llevar un pulmón mecánico incomoda y da grima: no deja de ser un implante de material distinto, artificial, inorgánico.
Hay unos cuantos ciberpunks trasnochados a los que les encanta ser ciborgs, pero son una extravagante minoría.


El resto, la mayoría, parece coincidir en que esto es algo irregular, anormal, casi sacrílego y lo que empezó siendo una opinión murmurada y un prejuicio débil se convirtió finalmente en dogma social.
Fue recurriéndose cada vez menos a las vísceras sintéticas, con lo que prácticamente dejaron de fabricarse.
Hoy sólo quedan por ahí restos de serie.


A mí, para qué negarlo, este cambio de paradigma en la gente sólo me benefició.
Me ha permitido hacer negocio con el tráfico de órganos.
Y, para terminar de ser sinceros, debo añadir que un muy floreciente negocio.
Le debo mi actual y prohibitivo nivel de vida.

1 comentario:

F. Fan dijo...

Me gustan más tus lúcidas interpetaciones de la realidad que esta creación de ciencia ficción. F. Fan