jueves, 11 de agosto de 2011

El cristal coloreado destruye el odio


La frase que da título a este post es de este señor.
Y no sé hasta qué punto tiene razón... Porque, de ser cierto lo que afirma, la Edad Media, con todas esas vidrieras en technicolor decorando sus catedrales, debió de ser una época bastante idílica, y todos sabemos que no fue así: cuando no se declaraban unas cruzadas se perseguía a los herejes con saña o se quemaba en la hoguera a judíos y curanderas.
La Edad Media, pese a todos sus cristales de colores, no fue precisamente un Mar de la Tranquilidad, más bien una tormenta continua de guerras, cazas de brujas y fanatismo religioso.

Pero el mundo es lo que tiene, que está lleno de buenas intenciones. Lo que no quiere decir que haya que prescindir de ellas porque en la mente de todos esté bien arraigada la idea de que en el fondo sirven de poco.
Y no es así. Sirven, de momento, para marcar la diferencia. Entre nuestro Movimiento 15 M y los últimos disturbios en el Reino Unido, por ejemplo, que ocupan los dos extremos del espectro de las protestas sociales.


En esto España, y lo digo con orgullo, ha dado un ejemplo positivo al mundo.
Algo que debería tener en cuenta la derechona histérica de este país, que ha criticado fieramente a los del 15 M -que si perriflautas zarrapastrosos, que si alborotadores antisistema alentados por Rubalcaba, que si infiltrados etarras... -, y lo que debería es darse con un canto en los dientes respecto a su intachable comportamiento cívico.
En cuanto a los comerciantes de Sol, tres cuartos de lo mismo.

Contentos deberían estar de que a los del 15-M no actúen como los que están destrozando y saqueando tiendas y comercios en muchas ciudades de Inglaterra.
Es más, aun siendo en varias ocasiones apaleados como perros, su espíritu ha sido siempre y claramente de no violencia.
Y eso les ha dado una incuestionable autoridad moral. Porque han sido listos y no han caído en la trampa: quemar contenedores y destrozar mobiliario urbano solo lleva a que te tomen por un vándalo, un vulgar delincuente o un kaleborroka descerebrado.
Y eso es darles argumentos a los engominados defensores de la ley y el orden. Y al enemigo, ni agua. No solo eso: si te puedes situar en una posición moral superior a la que esperan de ti, mejor.
Y en este sentido, los del Movimiento 15 M se han colocado en la estratosfera.


Y es que el odio -ese mismo odio que algunos escupen profesionalmente- no construye nada salvo ruinas, coches quemados y escaparates rotos.
El odio es una lucha a muerte en la que no siempre gana el que más razón tiene. El odio extermina.
El odio es tan dañino que, a quien odiara mucho, deberían quitársele puntos del carné de ser humano.
El odio no es sexy, no es fashion, no es atractivo. Mira donde le llevó una borrachera odiosa a John Galliano.
El odio, sobre todo, es lo más antiverano del mundo, como tampoco se debe odiar en primavera.


El odio es una fuerza irracional y ciega que se acaba haciendo el harakiri a sí misma y arrastrando todo con ella. Este odio se autodestruirá en 10, 9, 8, 7, 6 segundos. El odio es dejarte poseer por un ogro tan verde y tan feo como el de los celos o el de la adicción al tabaco.
El odio debería ser canalizado hacia la creación, y entonces te pintas una Capilla Sixtina.
El odio, si no, se somatiza en cáncer. El odio, como te cantaría Marvin Gaye (al que por cierto asesinó su padre de un tiro), no es la respuesta.


Y ya hemos visto, por otra parte, a dónde conduce el odio en Noruega. Y yo lo que quiero es que este post, con sus cristales de colores, sirva de antídoto al odio desatado en Noruega y Reino Unido.
Llámame ingenuo, llámame romántico, llámame estúpido, pero sigo estando convencido de que, al final, las buenas intenciones son las que cuentan.

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