jueves, 18 de agosto de 2011

La fiesta del té del fin del mundo


Los cristianos estamos de enhorabuena: gracias a la infatigable labor de los dominionistas y la influencia cada vez mayor del tea party, que se ha extendido como una mancha de aceite por todo el país con su alegre parafernalia ultraconservadora, los Estados Unidos se han proclamado por fin los Estados Cristianos de América.

Nuestro Destino Manifiesto no ha hecho más que empezar. Para completarlo ahora se precisan políticos coherentes. Es lo que me ha animado a dar el salto a la política, postulándome como candidato presidencial.
Era un paso hasta cierto punto natural: soy un predicador que arrastra multitudes, mi carisma es indiscutible y mi ambición política tampoco es moco de pavo. ¿Cómo no me lo iba a plantear?

En ese momento, mi asistente golpea la puerta de mi camerino:
-Reverendo, recuerde: cinco minutos y a escena.
-Ya, ya –le digo un punto irritado-. ¿Qué tal va la entrada?
-Llena.


Sonrío de satisfacción. La carrera hacia la Casa Blanca promete ser excitante. Cuento con una fórmula imbatible: mezclo la política con el espectáculo.
Los titulares lo resaltan: “El Reverendo, consumado rockero, marca el ritmo religioso de la competición para las primarias.”

Todo está listo para el rock del Reverendo. Torres de amplis que emiten miles y miles de vatios y hordas de evangélicos fervientes que han preparado un escenario a mi medida en uno de esos megatemplos del Medio Oeste.

Junto a mí, compartiendo cartel y escenario, varias bandas de rock cristiano de las que recorren el país bajo el paraguas de Generación Joshua.
Los conciertos son multitudinarios; todas las entradas se agotan semanas antes, y yo no tengo más que subirme al escenario a recoger la cosecha de adhesiones, después de afinar mi guitarra en la prueba de sonido.
Tocando al bajo, en la misma banda, James Dobson, fundador de Focus on Family; a la batería, Chuck Norris.

-Es mucho mejor estar con David que con Goliat, comento complacido en una rueda de prensa, antes de salir al escenario.


Las expectativas puestas en mí son altas. Yo mismo, a veces, siento un poco de vértigo.
La presión, por otro lado, también es mucha, pero por esa misma razón me dejo el pellejo en cada una de mis actuaciones.
-Votadme a mí -les conmino desde el escenario-, porque yo represento los auténticos valores cristianos. ¡La vida empieza en el momento de la concepción, y quien lo ponga en duda está cuestionando lo que dice la Biblia!

El auditorio, al escuchar mis palabras, ruge de satisfacción.
Después les deleito con un solo de guitarra, largo y lisérgico, y así comienzo a inducirles un estado alterado de conciencia.
La comunión colectiva es espectacular en mis mítines, que mi furor evangélico trasforma en auténticos autos de fe.
De concurrencia masiva. La gente aprecia mi estilo poco convencional y me aclama.
Los sondeos me presentan como claro vencedor. En cuestión de meses he hecho palidecer a todos mis rivales. La última encuesta de la CNN me concede un empate técnico con el candidato republicano.
Según el Washington Post estoy a solo dos puntos del favorito, un pastor baptista, y por delante del mormón.


El momento, coinciden los analistas políticos, es descaradamente mío.
En cuanto al público, mi público, lo tengo como siempre comiendo de mi mano.

-¡Bravo, Reverendo, bravo!, me jalean desde las gradas.

Después de un par de bises, me despido de la banda y llega la segunda parte del show, no por menos espectacular más emocionante.
Ya he cantado, y han coreado conmigo. Es el momento de hablar.
De hacer temblar corazones y paredes.
De conmoverles.

-No temáis a los enemigos –les digo por el micro-, y enfrentaos a ellos. Jesús está de nuestro lado. Eso debe darnos fuerzas. Nuestra fe ha de ser invencible. Inexpugnable. Y nuestra fe es esta: creemos que hay un señor Dios en el cielo, quien nos ha creado, que nos guía, nos dirige y nos bendice evidentemente. Jesús es su hijo…


Algunas personas del público empiezan a comportarse de forma llamativa, presas de extraños arrebatos místicos y convulsiones.
A medida que trascurre la velada, su número se multiplica.
Es una reacción vista mil veces que no por ello deja de impresionarme.
Mis palabras son palabras de chamán. Una puerta a otra dimensión. Una lanzadera espiritual. Una droga dura.

-… Y Jesús te ama. Oh, sí, Jesús te ama, ¡aleluya, hermanos!

El inmenso auditorio estalla:

-¡Aleluya, aleluya!

-Por eso –prosigo-, porque Jesús nos ama y está de nuestro lado, no debéis temer a vuestros enemigos. Cristianos, levantaos y golpeadlos. Golpeadlos por el mérito de la Santa Cruz…

El auditorio, de nuevo, prorrumpe en alaridos y, por primera vez, me hacen la ola. No será la última.


-Esta es una tea party con las ideas muy claras -les digo, haciéndoles vibrar-. Nos reprochan que seamos violentos. Pues bien, no podemos ser pacíficos cuando el mayor destructor de la paz es el aborto. Lo que definitivamente no somos es perdedores y marginales, como los que defienden la separación entre Iglesia y Estado. Eso es una aberración, y hay que decirlo alto y claro. ¡Hazte oír! ¡Porque Jesús nos ama, hermanos! ¡Y él, bendito sea su nombre, es nuestro mejor aliado!

Desde el escenario puedo ver cómo gran parte del público ha entrado en trance: entornan los ojos, alzan los brazos, los mueven en el aire, se agitan compulsivamente, lloran.
Algunos se tiran al suelo y patalean; otros echan a correr jubilosamente por todo el recinto. Parecen poseídos.
En realidad lo están: por la verdad de nuestra fe en Cristo. De la cual soy heraldo. Además de aspirante a la Casa Blanca, no lo olvidemos.
No es un detalle sin importancia: mi carrera política está en juego.


A los pies del escenario, una masa humana me ovaciona extasiada. A continuación, rentabilizando el clímax, les exhorto:

-Creo que la voluntad de Dios debe cumplirse en la unión de las personas y las empresas para que mi elección como presidente sea un hecho. Así que recemos por ello, hermanos. Y después, llegado el día, votadme. Porque no podemos permitir el acceso a la política de personas indeseables: feministas, ateos, socialdemócratas, inmigrantes o negros. La Casa Blanca ha de seguir siendo blanca. Es lo que este país se merece.

Pausa dramática, buscando el golpe de efecto, y concluyo:

-Porque Jesús te ama… Oh, sí, hermano, Jesús te ama… En cambio a ellos… A ellos los aborrece.

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