jueves 8 de diciembre de 2011

Planeta prohibido


Ignoro quién fue el iluminado al que se le ocurrió vender este planeta inhóspito como destino turístico, pero más tonto soy yo, que he picado.
Oh, en el folleto te lo ponían todo muy bonito ('descubra la magia indescriptible de la región de Tarsis'), pero luego, al llegar aquí, te encuentras con una ventisca granulosa que no para y que obliga a suspender todas las excursiones y las actividades recreativas.


Así que venir tan lejos para tener que quedarme encerrado en el hotel, esperando a que el temporal amaine, es una putada. Deberían advertir de lo frecuentes que son estas tormentas; me siento estafado por la agencia de viajes de Richard Branson.
Al menos puedo disfrutar de la vista incomparable de ese coloso imponente que es el Monte Olimpo. Es algo opresivo, lo admito: llegas a sentirte aplastado. Pero la sensación es única. En eso no me engañaron: me prometieron vistas privilegiadas y las tengo. Ahora mismo puedo contemplar su mayestática altura desde la escotilla de mi habitación.
El Monte Olimpo tiene algo más de 25 kilómetros de altura, mientras que nuestro ridículo Everest solo alcanza los ocho kilómetros y medio. El Olimpo es todo un titán entre los montes, el volcán extinguido más grande del sistema solar.
Y la meta ideal de todo forofo del alpinismo. Les lleva meses coronar la cima, pero es lo máximo a que aspiran en la vida. Las cumbres de la Tierra, para ellos, han quedado como un juego de niños.


Todos ellos comienzan alojándose a pie de monte, en un complejo turístico que recrea la antigua Grecia. Todo falso, por supuesto, pero con un encanto surrealista y pintoresco.
Los empleados de este albergue temático, que funciona también como primera base de la ascensión al monte, se supone que van vestidos como los dioses y criaturas que vivían en el Olimpo original. Es lo único que da la nota. ¿Dónde se ha visto que Zeus o un fauno llevaran teléfono implantado? Ni en las películas más delirantes de Monty Python.
De todas formas, con la borrasca que tenemos, dudo que haya ahora muchos turistas por allí. El establecimiento, probablemente, estará cerrado y vacío. Puede que algún alpinista irreductible, como siempre, se haya resistido a marchar y esté ahora mismo gateando a duras penas a sotavento de la montaña, pero lo dudo. Esta vez la tormenta sopla demasiado fuerte.


Por lo que me han dicho en recepción, con cara de circunstancias, la intensidad varía ostensiblemente de una a otra. Esta, al parecer, mide un grado 8,2 en la escala Baader-Meinhof. Es, como la vieja guerrilla urbana alemana, especialmente violenta. No hay más que asomarse fuera, por el ojo de buey: el viento, árido y rojo, barre la superficie a velocidades superiores a los 400 kilómetros por hora.
También es mala suerte. Ahorras durante años para permitirte el viaje y te encuentras con esto. Qué fastidio.


La gente protesta, sobre todo las familias con niños, que no saben qué hacer para entretenerlos. Los animadores infantiles no dan abasto, pero por otro lado aquí dentro, en el hotel Meliá Tarsis, no hay nada que temer: el complejo se asienta sobre firmes cimientos de plástico reforzado con fibra de carbón.
No; por ese lado no hay peligro. Lo que peor se lleva es la inacción, esta forzosa y maldita ociosidad. Nosotros aquí aburridos, confinados, paranoicos, mientras la tempestad, ahí fuera, se prolonga en su apocalipsis continuo.
A ningún turista se le escapa que puede durar semanas. De las marcianas, no de las terrestres. Si aquí el día se estira 24 horas y 37 minutos, pueden calcular, son unas cuantas horas extra. La perspectiva es terrible.


Y mis vacaciones, chafadas. A ratos crees volverte loco, con ese ulular demente y ese ruido infernal, los granos de arena férrica golpeando ásperamente y sin cesar las paredes de composite. Hay momentos de lo más deprimentes; te abandonas a la desesperación; es todo una agonía.
¿Para eso he venido hasta aquí?, te preguntas. De haberlo sabido, me hubiera quedado en la Tierra y habría ido a un holiday resort de los de siempre, con sus playas azul radiactivo saturadas de restos de plástico.
Con este panorama, enviar a tus amigos una postal digital con la leyenda 'Ojalá estuvieras aquí' se me antoja una cruel ironía.