miércoles, 9 de marzo de 2016

Conviene hacer un poco el indio


Con esto del Día Internacional de la Mujer pasa como con el Orgullo Gay: es inevitable encontrarte con núcleos irreductibles de gañanes que te sueltan, más indignados que celosos, que para cuándo un día del hombre o un Orgullo Hetero.
Se creen acorralados y al borde de la extinción cuando uno, poniendo los ojos en blanco, lo que se pregunta es lo contrario: cuando acabarán de extinguirse.

Son incorregibles. Parecen incapaces de darse cuenta de la posición privilegiada que ocupan en un mundo dominado por los prejuicios y el recelo a lo distinto: la cima de la pirámide. 
Los muy cretinos son los putos amos y todavía se quejan.  


Lo peor no es esa inconsciencia sino que se muestren tan inseguros, como si su situación en lo más alto del podio estuviera amenazada, lo que es del todo absurdo: en esta loca competición, o desenfrenada carrera de ratas que es la vida, parten con demasiada ventaja. 
Lejos de admitirlo y dejar hueco a los demás, que tienen el mismo derecho, todavía tienen la cara dura de protestar.

Ya les vale. En vez de revolverse contra los que no han tenido la misma suerte aleatoria que ellos -porque no ha sido más que eso, pura chiripa-, deberían estar más que agradecidos de haber nacido hombres, blancos, heteros y occidentales, el póker de ases con el que te impones en todas las partidas. 
No se lo podían haber puesto más fácil. El suyo es el salvoconducto supremo en un mundo abiertamente hostil a todo lo que no represente eso.

Deberían empezar el día, nada más levantarse, con un ritual de acción de gracias al Gran Manitú… Y ya que cito al que para los indios nativos de América del Norte era el Gran Espíritu que habitaba en la naturaleza, quisiera una vez más recordar cómo se llamaban a sí mismos: los seres humanos.


Toda una lección de lenguaje inclusivo. Ya fueras Pie Negro, Pawnee, Cheyenne, Crow, Apache o Arapahoe… Daba igual: todos se denominaban así (es más, muchos nombres de tribus solo significaban eso en su idioma, ‘seres humanos’).
Todos ellos, independientemente de la tribu a la que pertenecieran y tanto hombres como mujeres, entraban dentro de esa categoría. 
Así se distinguían de los otros seres vivos con los que compartían la naturaleza en igualdad de condiciones y desde un respeto reverencial.

Los pieles rojas, en lo espiritual, compartían algunas cosas con los rostros pálidos: la creencia en un ser todopoderoso y en una vida después de la muerte, que según ellos trascurría en un paraíso feliz de cacerías eternas. En otras, sin embargo, unos y otros no tenían nada que ver: mientras los indios de las praderas utilizaban el término ‘seres humanos’ para referirse al conjunto de su especie, el colono blanco que les vino a avasallar traía otra lección aprendida: la que le había enseñado su principal texto sagrado, la Biblia.


En ella, casi al principio mismo, se lee: ‘Y Dios creó al hombre’. A partir de ahí, a lo largo de sus páginas, repetirá el mismo patrón: utilizar el término ‘hombre’ para referirse a toda la especie, prueba más que evidente, por otro lado, de que el concepto de dios es invención humana y, más concretamente, del macho alfa de la tribu.

Pero a lo que vamos. La influencia religiosa hizo que la denominación ‘hombre’ que comprendía la especie entera, también las mujeres, se impusiese en el pensamiento de Occidente durante siglos. 
Uno leía viejos libros del siglo XIX de aventuras y exploradores y te hablaba de lugares remotos de África ‘que no había pisado jamás el hombre’. Cuando se comentaba la construcción de alguna magna obra como la presa de Asuán se decía que había sido ‘una de las más grandes empresas jamás acometidas por el hombre.’


En el verano 1969 todo el mundo proclamaba triunfalmente que ‘el hombre había llegado por fin a la luna’, y en los libros de ciencia del siglo XX era corriente encontrarte con frases como estas: ‘Los primeros hombres que poblaron la Tierra...’ o ‘Los hombres del periodo glacial eran cazadores nómadas…’ Obviando con una naturalidad pasmosa, pero con una retórica directamente heredada de la religiosa, a la otra mitad de la humanidad.


Todavía hoy escucho y leo este tipo de expresiones discriminatorias, residuos de otra época con efluvios steampunk: están bien para los libros de Julio Verne y las biografías del doctor Livingstone, pero a día de hoy han quedado claramente desfasadas. 

Aprendamos la lección de los indios: dejemos 'el hombre' como figura mítica de la publicidad caspomachista de los años 60 y 70 y llamémonos como ellos ‘los seres humanos’. Sin más. 
Suena solemne, suena bonito y, al no excluir a nadie, todos ganamos en dignidad colectiva. 

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