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miércoles, 23 de marzo de 2016

Habana Riviera (57 años no es nada)



















"When marimba rythms start to play, dance with me, make me sway…"

En un escenario así es fácil dejarse mecer. Y eso que en la piscina del hotel Riviera ya no suenan las marimbas sino un popurrí de baladas en español -Luis Miguel, Maná, Juan Luis Guerra, Camilo Sesto-.
Música ligera de las dos orillas del charco para ambientar la piscina y empalagar los oídos de los que nadan en ella o se desperdigan ociosos a su alrededor.

Para disfrutarla no hace falta alojarse en el hotel: por 10 CUC puedes pasar el día en ella, y el precio incluye consumición en el bar. Es una visita que recomiendo porque la del hotel Riviera es una de las piscinas más bellas en las que he estado nunca, y lo dice un gourmet de las piscinas.
La piscina en sí, rellena de agua de mar y con su borde en zigzag, es una maravilla. Pero aquí es el entorno el que pone la magia. El hotel Riviera, atrapado en el tiempo como un insecto cuaternario en una gota de ámbar, es un escenario ideal para recordarte que en este mundo antipático todavía hay santuarios donde tumbarte perezosamente al sol entre destellos de teselas lapislázuli y empalagosas baladas en español.

Como decía Graham Greene en Nuestro hombre en La Habana, ‘La realidad en nuestro siglo es algo que no debe afrontarse’, y el hotel Riviera es el refugio perfecto.

"Like a lazy ocean hugs the shore, hold me close, sway me more…"





En uno de los lados de la piscina se levanta un trampolín monumental que es en sí mismo una obra de arte: parece una gran escultura abstracta. Desde la que te puedes tirar al agua, lo que añade al recinto una emoción extra y, de nuevo, recorriéndote el cuerpo, esa sensación de nostalgia.
Porque entonces te acuerdas de tantos veranos y piensas en lo mucho que adoras las piscinas con trampolín. 

La nostalgia es una emoción que el hotel Riviera sabe despertar en ti y con la que te arropa sensualmente, como la melodía de Dean Martin:

"Like a flower bending in the breeze, dance with me, sway with ease…"

A pesar de esos sentimientos de añoranza, es evidente que los tiempos han cambiado. No siempre para mejor. Los clientes ya no utilizan para cambiarse las cabinas de las galerías que rodean la piscina, como cuando el hotel fue inaugurado, allá en 1957
Aquellos eran buenos tiempos, comentaría suspirando el bueno de Dean entre canción y canción. 
El Caribe era conocido como el Mediterráneo americano y para los gringos La Habana no era sino la prolongación natural de Palm Beach o Coral Gables.

La vieja ciudad colonial se había trasformado en Habana Riviera, un holiday resort tropical cosmopolita y vibrante, rutilante de letreros de neón, modelado al estilo gringo a base de hoteles como los que podías encontrar en Miami o Las Vegas y los mismos antros y casinos, dirigidos además por la misma mafia.

Dentro del circuito continental del vicio, La Habana se convirtió en escala imprescindible, promesa de liberación para los turistas norteamericanos más depravados: aquí, cerca de casa, podían romper con los tabús que conformaban el carácter puritano de su país, donde imperaba la Ley Seca y el juego estaba prohibido. 


Con lo que la mafia norteamericana trasladó las ruletas a Cuba. 
Pensando precisamente en todo el dinero que iba a amasar con el casino (que la Revolución cerró solo dos años después), uno de los gánsters más prominentes, Meyer Lansky, fue el promotor del hotel Riviera. 
Fue su proyecto más ambicioso. También el más mimado: tiró la casa por la ventana; no escatimó en gastos.
Para Lansky, según cuenta su hija, el hotel Riviera era su bebé.

El proyecto original se debe a Philip Johnson, pero no fue realizado por desacuerdo con los inversores. 
En su lugar se contrató a una firma de Miami con experiencia en la construcción de hoteles, que resolvió el encargo con el repertorio de formas que se había hecho habitual en Florida a partir de las obras de Morris Lapidus.

Hoy permanece como uno de los edificios más espléndidos de la rica arquitectura de aquellos años en La Habana. 
Situado frente al mar, casi al final del Malecón, en el hotel abundan los mosaicos azules y los motivos marinos. 
Tiene una entrada espectacular con dosel, fuentes y esculturas y un interior decorado en su momento con obras de los mejores artistas cubanos.

Forma parte del horizonte de rascacielos surgidos en los años 50 a lo largo del Malecón y que ganaron para la ciudad un perfil moderno. 
La Habana se estaba convirtiendo en la gran metrópolis del Caribe, y se ponía de largo con un potente skyline frente al mar.

Los quince años de La Habana fueron los años 50, cuando era la niña bonita de América. Desde entonces todo fue marchitarse. 
El Riviera no puede quejarse: el tiempo lo ha tratado relativamente bien y conserva todavía gran parte de su atmósfera y refinamiento. 
El Hotel Riviera, a pesar de su edad, retiene todavía su carisma sexy y chic, como el mismo Dean Martin, otro cincuentón de muy buen ver:

"When we dance you have a way with me, stay with me, sway with me…"


Como una burbuja que ha sabido encapsular toda la magia y el glamur de entonces, este hotel tiene la cualidad de devolverte a los años 50, la última edad de oro de la ciudad. 
Una historia que además puede leerse en la fachada del hotel, que se abre a la piscina como un libro abierto.

Entregado a la melancolía en un escenario vintage tan bien preservado, uno se mete fácilmente en situación y hasta le parece que el mismísimo Dean Martin, con su esmoquin, su camisa con chorreras, su pajarita enorme y sus grandes gafas cuadradas de pasta, a lo Augusto Algueró, está cantando para ti allí mismo, en la piscina, contratado como entertainer del hotel.

Como tantas celebrities americanas de la época, Dean seguramente se aloje en el Riviera, en alguna suite. Hoy los que actúan en La Habana son Major Lazer y, en un concierto histórico, sus Majestades Satánicas . 
Tras muchas décadas de aislamiento, la ciudad regresa por todo lo alto al circuito de ciudades que debían pisar los artistas que querían triunfar en Hispanoamérica antes de la Revolución. 

Desde entonces, quién lo diría, han pasado 57 años, y los recuerdos del esplendor perdido se venden caros. En un puesto junto a la plaza de Armas, en La Habana Vieja, vendían una postal antigua del Riviera más fichas originales del casino por ¡100 CUC! El silbido que solté fue digno de Dean Martin. 
Fuera del hotel, la nostalgia no sale barata.

"Only you have the magic technique, when we sway, I go weak…"
























Es inevitable no menearse, no dejarse llevar por la música. Dean sabe manejar bien sus artes de crooner. Aunque nadie como su compadre del alma. Ese sí que era el número uno. 
Hablando de Frankie, dicen que está aquí en La Habana. Ha venido creyendo que va a asistir a un homenaje que le rendirán unos compatriotas italoamericanos. En realidad se trata de una cumbre secreta de los líderes del hampa, aunque él todavía no lo sabe.

Lo mismo Dean y él quedan después para correrse una buena juerga. Otro buen amigo de Frank, Lucky Luciano, se encuentra también en la isla, pero está demasiado ocupado con el cónclave que prepara en el hotel Nacional. Su intención es que los jefes de la mafia le nombren capo supremo, il capo di tutti capi.
  
Lucky Luciano terminó por caer, como también cayó La Habana en poder de los barbudos de Sierra Maestra
Ese mismo día, el día en que triunfó la Revolución, a la ciudad se le paró el pulso. El reloj se detuvo el 1 de enero de 1959 y, desde ese instante congelado, el holiday resort Habana Riviera, que hablaba sobre todo con acento americano, quedó en estado de letargo a la espera de tiempos mejores.

 “I can hear the sound of violins long before it begins…”

Hasta que eso llegue, que parece será pronto, el tiempo en el Riviera parece haberse detenido. 
Por eso te domina la nostalgia, porque te da la impresión de que alguien apretó aquí el botón de pausa en algún momento de 1959.


En el paisaje desvencijado y decrépito que ha sido La Habana desde entonces, el Riviera y su halo se conservan casi intactos, lo que resulta milagroso. 
Todavía funciona como hotel y, hace exactamente un año, lo estaban renovando. A la vez que sus relaciones con los Estados Unidos, inaugurado una nueva era y blablablá. 
¿Coincidencia? No lo creo. 
Un ciclo se cierra y vuelve a abrirse otro que ya es viejo conocido. 
Como si no hubiera pasado el tiempo.

Es la sensación que uno tiene tumbado en una hamaca del hotel Riviera mientras por los auriculares te canturrea un sugerente Dean Martin. 
Con la piscina de agua salada espejeando ante mí como un gin tonic al contraluz y la cerveza Bucanero a mi lado inusualmente fresca, me pongo las RayBan (lástima que no sean Wayfarer) y me siento parte del Rat Pack in Havana, la película que Frankie y sus colegas jamás llegaron a filmar sobre la que iba a ser una parranda histórica.


“Make me thrill as only you know how, sway me smooth, sway me now…”




















Aquí lo que parece mecerse es el tiempo, en un movimiento de péndulo que retorna, pese a la revolución, a la casilla de salida. Después de un break de 57 años, La Habana volverá a ser pronto un destino ideal de vacaciones en el Caribe para un turismo de masas con pasaporte USA.
El gobierno cubano ha declarado que no espera ‘oleadas de turistas americanos’, pero la suerte está echada: los van, literalmente, a invadir, dando rienda suelta a las ansias reprimidas durante tantos años. 
Aunque esta vez la invasión será pacífica y traerá un flujo de dólares.

Para eso han servido 57 años de revolución, te dices con desencanto; para que se repita el bucle. Bueno, para eso y para algo más: sin entrar en los logros sanitarios o educativos, la mayor victoria de la revolución cubana ha sido haber ganado definitivamente para su país la soberanía plena como nación y como pueblo. 
Les ha costado mucho dolor y sacrificio reafirmar su independencia frente a su vecino del norte, el bully del continente, que siempre ha tenido sus garras al acecho, abriéndose como garfios sobre Cuba
Nada que ver con la manera tan cool con que mueve las manos Dean:

“Sway me smooth, sway me now, you know how…”

















Aquí lo único que se mecen son las contradicciones. O las paradojas. Gracias a la revolución, los cubanos son por fin son dueños y señores de su destino. Aunque uno analiza lo que está por venir después de la visita de Obama y se pregunta hasta qué punto. 
Porque la pregunta doliente es qué país puede decir que es soberano hoy día, cuando en realidad no lo es ninguno: todos están supeditados a suprapoderes financieros y económicos. 
Uno entonces se hace una pregunta más doliente todavía, tantos años de revolución, ¿para qué?

La respuesta más sencilla, aplicando el principio de la navaja de Ockham, es que 57 años de revolución para nada. Para volver exactamente al punto de partida. 
Es una de esas jodidas ironías de la Historia, o quizá una sibilina venganza. 
Las cosas se quedaron en punto muerto en 1959 y el tiempo se ha limitado a esperar pacientemente, que para eso tiene todo el tiempo del mundo. 
Hasta el punto de que parece que no ha pasado. O que ha pasado y uno ni se ha dado cuenta. 
‘Ya es muy tarde para arrepentirse, son cosas que pasan…’, decía la letra de aquel bolero de Orlando de la Rosa. Lo sé, pero es todo muy turbador y muy confuso. 
Haz una Revolución para que, 57 años después, parezca que no ha pasado el tiempo
O que el país, simplemente, estuvo en ‘pause’.

lunes, 26 de enero de 2009

Cinco minutos para la medianoche


Después de la Segunda Guerra Mundial, con los hongos de Nagasaki e Hiroshima flotando todavía en el ambiente, un grupo de científicos atómicos preocupados por la probabilidad entonces muy cierta de acabar todos nuclearmente churruscados, se inventaron una forma de medir la terrible amenaza: el Reloj del Juicio Final.
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Se trataba de calcular el tiempo que nos quedaba como especie en una esfera imaginaria cuyas agujas corrían hacia la medianoche, o sea, la hora última de la humanidad. Una cuentatrás macabra hacia el cataclismo que, en los momentos álgidos de la Guerra Fría, llegó a situarse a sólo cinco minutos de la hecatombe final.


A partir del derrumbe del Telón de Acero, la Guerra Fría alcanzó un punto casi de congelación, con lo que, al inicio de los años 90, la hora retrocedió hasta los diecisiete minutos antes del Apocalipsis.
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Hace poco, sin embargo, les dio por revisar la cuenta con la ayuda de Stephen Hawking, que ha vuelto a advertir no sólo de los consabidos peligros de las armas atómicas –de las que el mundo guarda todavía un numeroso arsenal- sino de otros adicionales como el cambio climático o las emergentes tecnologías biológicas.


Con lo que, según los expertos, de nuevo nos hallamos a cinco minutos escasos del desastre definitivo. El peligro es real: el mundo puede efectivamente desaparecer. Al menos tal y como lo conocemos. Porque quién sabe cómo será exactamente esta catarsis, que no tiene por qué ser nuclear. Digo esto porque, curiosamente, con este año que recién inauguramos, 2009, se acorta la distancia con otra fecha crucial en las teorías del fin del mundo: 2012. Quedan sólo tres años para entonces, el año que, según el calendario maya, marca el fin de un largo ciclo. Concretamente será el 21 de diciembre de ese año.


21 del 12 de 2012. Llamativa combinación, por lo que aquí se abren también cábalas y apuestas para los adictos a los numerología y su significado.
Los mayas, esa civilización misteriosa que de la noche a la mañana abandonó sus imponentes ciudades de piedra para no levantar cabeza jamás, respecto a esto no se andan con chiquitas: esa fecha indica un fin abrupto, radical, un punto de inflexión que hará borrón y cuenta nueva en la cronología de este viejo mundo.


Lo más horripilante es que con los mayas y su predicción coinciden otras religiones y culturas: los nativos americanos, los celtas, las profecías de San Malaquías (según las cuales andamos ya por el penúltimo papa, antes del que verá Roma arrasada a sangre y fuego), el Apocalipsis del enigmático San Juan y la interpretación que del I Ching hizo Terence MacKenna, estableciendo con sus 66 hexagramas un paralelismo con la historia de la humanidad, en lo que él denominó la onda temporal cero.
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Todas coinciden en señalar esa fatídica fecha como la que anuncia un corte drástico y definitivo en el devenir de la humanidad.
Quizá sea que contactemos con habitantes del espacio exterior (¿nuestros progenitores del duodécimo planeta?), posibilidad que han apuntado como cierta un nutrido grupo de científicos y hasta el propio Vaticano que, en uno de sus alardes de prudente diplomacia, emitió no hace mucho un comunicado en el que saluda, sin complejos, a nuestros hermanos extraterrestres (sic).
Por lo que pueda ocurrir...



Hay gente que desprecia al oráculo, pero el oráculo, después de encerrarse en su cueva y mascar hojas de laurel sagrado para propiciar el trance visionario, ya lo dijo en su momento: los diarios gratuitos, con la crisis, irían desapareciendo.
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Ya lo ha hecho Metro, de lo que me alegro especialmente (y siento ser así de mezquino pero uno, como humano al fin y al cabo, tiene sus debilidades, y la venganza es un plato que no conviene recalentar en el microondas).
Digo esto porque, hace ya unos años, me puse en contacto con ellos, ofreciéndome para colaborar, y me ignoraron olímpicamente; ni siquiera se molestaron en contestarme con un "gracias, pero no nos interesa" (algo por otro lado de lo más habitual en este país de informales).
Les está bien empleado, por maleducados, y por preferir que escribieran en sus páginas escritores ramplones como uno de barbas que no salía de los lugares más comunes y que me provocaba unos bostezos de hipopótamo.
Pues bien, ya me tomé la revancha. Lo que no imaginé en su momento es que fuera a ser tan temible.
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Respecto a 2012 y sus sucesos, las opiniones se dividen: para unos anuncia una catarsis brutal que implicará una regeneración moral y espiritual del ser humano; para otros (los más), traerá un desastre planetario de proporciones cósmicas o el punto final para nosotros como especie sobre la Tierra.
Mi vaticinio particular es que los profetas ya hablaron y sentenciaron: las señales son muchas, las hay por doquier y el sagaz es aquel, como dicen los Proverbios, que ha visto la calamidad y procede a ocultarse. Es decir, que más vale prevenir que curar. Y el que quiera entender, a Chueca y el que tenga ojos, que vea.
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¿Qué esperáis, que afine más en los pronósticos? No puedo. El convenio no me lo permite: es requisito primordial de los oráculos lanzar siempre mensajes lo suficientemente ambiguos como para que queden abiertos a mil interpretaciones, si no incurriría en grave delito profesional.
¿O qué queréis, desgraciados, que me echen del sindicato?
Y están los tiempos ahora como para buscarse otro curro...