martes, 24 de febrero de 2015

El soñador miope


John Lennon en La Habana, escultura realizada en el año 2000 por José Villa Subirón, sentado en el banco de la plaza que lleva su nombre.

A escasas cuadras de donde vivo hay una plaza llamada de John Lennon por la estatua del ex Beatle, obra del escultor cubano José Villa Soberón, que aparece sentada en uno de los bancos, con las piernas cruzadas y un brazo sobre el respaldo, como si hubiera decidido tomarse un descanso allí. Es su máxima atracción.

Al principio de verla pensaba que era una de esas esculturas anónimas a pie de calle (el paseante, el jubilado, la estudiante…) que tan de moda se han puesto estos años atrás en Madrid y en Europa. Y sí, sigue la misma idea de no ubicarse sobre un pedestal y disponerse al mismo nivel que los viandantes para que la interacción y la identificación sean mayores. Pero no es una escultura anónima. Alexander Fernández Tolmo, restaurador del museo Servando Cabrera (a cuyo microcosmos tan especial le dedicaré un post más adelante) me aclaró al fin a quién representaba y me contó también su estrafalaria historia.

Primer plano del ex Beatle sin las gafas.

Porque la estatua, en bronce y bastante lograda, normalmente aparece mutilada: le falta su accesorio más reconocible, esa prótesis con la que a John Lennon se le relaciona enseguida: las gafas. O espejuelos, como los llaman aquí. Si uno se acerca a ella comprueba que, junto a los ojos, a cada lado, hay unos agujeros vacíos que era donde encajaban las patillas porque las gafas, esas gafas redondas inconfundibles, eran de quita y pon.

Con lo que no tardaron nada en desaparecer; alguien las robó. Así hasta siete veces, reponiéndolas una y otra vez hasta que ya no se repusieron más: los espejuelos se convirtieron en un espejismo. Y el soñador, como en un mal sueño, se quedó en su banco más miope que nunca, guardián con visión borrosa de la plaza que lleva su nombre.

El custodio de los espejuelos.

Menos mal que el centinela cegato tiene a su vez el suyo, una oculista de urgencia. Se trata de una vecina de la misma plaza a la que todo el mundo conoce como el custodio, porque eso hace precisamente, custodiar los espejuelos de Lennon. La señora hace guardia junto a la estatua y se los coloca, a cambio de una propina, cuando los turistas se acercan a ella para hacerle fotos. Lo simpático del asunto está en que los espejuelos no son los originales sino unas gafas que la pobre mujer se ha agenciado de vete a saber dónde y que no tienen nada que ver con las que llevaba Lennon.


La estatua, con las gafas puestas.


Como yo le dije, ‘Señora, si había algo inconfundible en la imagen de Lennon eran sus espejuelos… Redondos. Eran tan marca de la casa como la boina del Che. ¿Usted se imagina un retrato del Che con un sombrero de copa o un tricornio? Pues eso’. 


La mujer ni sabía de lo que le estaba hablando. En el fondo le daba igual. A ella lo que le interesa es conseguir unos pesos, que seguro no le vienen nada mal, aunque sea poniéndole a John Lennon unas gafas espurias que no le pegan ni con cola. La inventiva sin fin de los cubanos para obtener un dinerillo extra aun a costa de desfigurar uno de los iconos pop más reconocibles.

Un turista posando junto a ella.

Así que los turistas tienen que conformarse con retratarse junto a un John Lennon con unas gafas que no son las suyas, unas gafas ajenas, extrañas, chocantes que te llevan a exclamar: este no es mi Lennon, que me lo han cambiado. Qué  sé yo, parece otro. Si no fuera por la melena y esas cejas gruesas, ni se le reconocería.

Y no, por una vez, la culpable no es Yoko Ono. Ya lo dijo André Breton: Cuba es un país surrealista.


Texto de la placa que se lee a los pies de la estatua, quizá la frase más famosa de su canción-himno Imagine: ‘Dicen que soy un soñador, pero no soy el único.’
La estatua ha sido elevada a los altares de santo por muchos cubanos y cubanas, que se acercan a ella para pedirle que medie e interceda en distintos asuntos, desde la permuta de una casa a una relación amorosa. Una cubana me dijo: ‘Los otros santos no hacen caso, no escuchan, pero este sí porque está más cerca.’ Y le hacen ofrendas y rituales santeros como el ‘despojo’.

viernes, 20 de febrero de 2015

Misión imposible



















No, no pienses en películas con Keanu Reeves sino en algo como, por ejemplo, conseguir papel higiénico en La Habana. He rodado ya una trilogía y las secuelas que me quedan; ni la saga de Star Wars. Jamás en mi vida pensé que me iba a ver buscando papel higiénico por las calles de una ciudad extraña como si fuera el Santo Grial.

Me lo dicen antes de venir y me río a carcajadas como un pirata ebrio de ron. Y mira, de eso si tienes, ron. El que quieras. Pero todo lo demás… Es a menudo cuestión de fe. De suerte. De infinita paciencia.

























Al perro de Rastreator me gustaría verlo aquí, darle a olfatear un rollo de papel higiénico y hala, que se busque la vida. Acabaría presentando su dimisión. No es broma: hay días en que mi agenda aquí se reduce a encontrar papel higiénico. Entonces cruzo los dedos, beso la medallita de la Virgen del Socorro que me regaló un torero y me lanzo a las calles.

Lo normal es patearte tres, cuatro o cinco tiendas, separadas unas de otras como quince cuadras, buscándolo. Para luego comprar un triste paquetito de cuatro rollos hechos de basto papel reciclado que te cobran entre un dólar 20 y 1,80. Como el que venden los chinos en sus tiendas de Madrid para una urgencia y encima más caro. Ay, los bazares de los chinos, esas tierras de leche y miel. Quién me iba a decir a mí que los iba a echar de menos casi tanto como a la familia.

























Y los cubanos porque no saben lo que se están perdiendo, que de ser así matarían por uno de ellos. Se sentirían dentro como Alicia en el País de las Maravillas. Aquí encuentras solo algunas baratijas chinas en tiendas estatales y a precios que quitan el hipo. Como unos barreños de plástico de colores, iguales a los que te venden los chinos por un euro, que valían entre 2,45 y 4,50 dólares. Me quedé turulato. ¿Cómo pueden pagar tanto por un lebrillo made in China de plástico malo?

Entiendo que lo del bloqueo americano es una faena, pero imagino que no afecta a un país como China, que en lo económico se mueve con bastante iniciativa y autonomía. Con lo que no me explico cómo el gobierno cubano no ha llegado a algún tipo de acuerdo comercial con los chinos para que estos les inunden el mercado de artículos baratos, los mismos que ahora andan escasos y con precios de embutido ibérico. Te dan ganas de llamar a Xi Jinping para que mande una o dos oleadas de inmigrantes a que abran tiendas por todos lados con productos low cost, que sería lo propio en un régimen socialista, y no estos precios de delicatessen para artículos que nosotros consideramos básicos.

























Como una fregona. Aquí cada vez que llueve se me inunda la casa. Se me forman unos charcos en el dormitorio y la cocina en los que podría hacerme unos largos. El primer día, nervioso de ver mi apartamento convertido en zona catastrófica, tuve que echarme a las calles a buscar una fregona, que la fregona es un grandísimo invento español y sin fregona no se puede vivir. Bueno, pues al parecer ellos sí: no las encontré por ninguna parte.

Tuve que recorrerme media Habana hasta que por fin las vi en una galería comercial de Miramar. Entré en la tienda y me dirigí alborozado hacia el cubo con su escurridor y la fregona al lado, pero el entusiasmo se me cortó como si fuera mayonesa al ver los precios: solo el cubo valía más de 20 dólares; en cuanto a los mochos, de 4 o 5 dólares no bajaban.
Abandoné la tienda con palpitaciones. No me quedó más remedio que volver a casa y ponerme de rodillas como Petra, criada para todo, y achicar el agua del piso tirando de toallas viejas o de ‘frazadas’, unos paños que sí te venden por todas partes y que te cuestan entre 20 y 30 pesos cubanos.

 

Más que fregona o cualquier otra cosa, lo que te hace falta si vives aquí es moral. Mucha moral. Porque adivina, adivinanza¬: ¿cuáles son las dos palabras que más escuchas en Cuba?
‘No hay’.

Esto parece una canción de Chico y Chica: ¿Paracetamol? No hay. ¿Un antigripal? No hay. ¿Un tarro de miel? No hay. ¿Laca en aerosol? No hay. ¿Servilletas de papel? No hay. ¿Papel de fumar? No hay. ¿Un entrecot? No hay. ¿Jarabe para la tos? No hay. ¿Preservativo o condón? No hay. ¿Acciones de Petrobras? No hay. ¿El bálsamo de Fierabrás? No hay. Así, ad libitum y ad nauseam. Ya he llegado a un punto en que, al entrar en una tienda, lo primero que suelto es: ‘A ver, dígame que NO tienen y acabamos antes.’



















Es lo que tienen el rodaje y la experiencia, que te vuelven asquerosamente práctico. Bastante tiempo pierdes ya recorriéndote La Habana de arriba abajo buscando la cosa más tonta como para no ir al grano. Hablando de grano, algo para nosotros tan habitual como unos corn flakes los he visto solo en una tienda y a precios prohibitivos. Me dieron ganas de mirar dentro de la caja a ver si lo que en realidad contenía era un perfume de Carolina Herrera o las llaves de un apartamento en Marina D'Or. Desayunar cereales aquí debe ser lo más sofisticado del mundo. Lo que tiene su lado bueno: salvo a cuatro niños cubanos malcriados, al resto no se les picarán los dientes.

























La visión de los cereales con precio de iPhone fue, sin embargo, anecdótica. Ocurre como con casi todo, que lo mismo los ves en una tienda que no los ves más. Eso de que en la variedad está el gusto, aquí, es un refrán inútil. Los cubanos no saben lo que es padecer el Shock de la Oferta Múltiple, quedarse paralizado y bloqueado ante los lineales abarrotados del mismo producto sin saber cuál elegir.

De eso que a lo mejor se libran. En el fondo me tienen admirado. No por esa actitud suya, de un conformismo que raya la resignación de un santo, sino por su capacidad de tirar p’alante. Vivir en Cuba es un reality de supervivencia diario. Los cubanos no es que se apañen con lo poco que hay, sino con lo que NO hay. Que es un matiz importante.



















No les gusta la situación pero la asumen como algo normal. Será por eso de que, habiendo conformidad, no hay penas. El caso es que no debería haberla. Porque sí, a tu alrededor todo está lleno de eslóganes rimbombantes sobre la Patria y la Revolución pero, como yo les digo, ni la Patria ni la Revolución te limpian el culo.

Y una cubana, camarera de un bar, me decía: ‘Sí, ya sé que ustedes en Europa protestan mucho, ¿cómo se llama eso? Manifestarse. En Francia, en Grecia, en España. Lo veo por la tele. Pero ¿qué quiere, que hagamos aquí lo mismo, que salgamos a la calle a gritar: ¡No tenemos carne, no tenemos papel sanitario! (y levantaba los brazos y los movía en el aire)’.



















'Pues deberíais –le dije-. ¿Te suena eso de que el pueblo unido jamás será vencido? Lo sigo oyendo y leyendo por aquí. Bueno, pues no se trata de otro eslogan muerto más: es una frase plenamente vigente’.
La cubana no parecía muy convencida: ‘No sé yo si con las protestas se consigue algo…’ ‘Claro que se consiguen cosas. La presión popular es muy importante. En España han dado marcha atrás a políticas, han dimitido ministros. Si no, por lo menos te oyen. Callado no te puedes quedar si lo que te hace tu gobierno te parece injusto. Un ciudadano sumiso es un ciudadano muerto.’
‘Ya, me contestó ella un poco nerviosa, pero aquí no se puede.’



















'¿Y qué te crees, que a nosotros nos sale gratis? Pues menudos palos dan los antidisturbios. Y puedes perder hasta un ojo con una pelota de goma. Pero hay que echarle cojones, expresar ese desacuerdo, esa rabia. Si tu gobierno no te las da, hay que reclamar y exigir mejores condiciones de vida. Y me da igual que el gobierno sea comunista, budista o nudista. Es una cuestión de dignidad.’

























Y ahí lo dejé, muy prudentemente: mi mitin había congregado, casi sin darme cuenta, un corro de cubanos en el bar y lo mismo uno de ellos me reportaba como yuma subversivo y acababa como preso político, que tampoco era plan: bastante aventura, riesgo y emoción tengo ya con solo ponerme a buscar papel higiénico en Cuba.

Las fotos de arriba pertenecen a una tienda estatal. Las de abajo, a partir del vídeo de la feria agropecuaria en la calle 17, al Centro Comercial La Puntilla, en Miramar, lo más cercano a uno de nuestros centros comerciales. Las dos realidades que ya están conviviendo.

sábado, 14 de febrero de 2015