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viernes, 20 de febrero de 2015
Misión imposible
No, no pienses en películas con Keanu Reeves sino en algo como, por ejemplo, conseguir papel higiénico en La Habana. He rodado ya una trilogía y las secuelas que me quedan; ni la saga de Star Wars. Jamás en mi vida pensé que me iba a ver buscando papel higiénico por las calles de una ciudad extraña como si fuera el Santo Grial.
Me lo dicen antes de venir y me río a carcajadas como un pirata ebrio de ron. Y mira, de eso si tienes, ron. El que quieras. Pero todo lo demás… Es a menudo cuestión de fe. De suerte. De infinita paciencia.
Al perro de Rastreator me gustaría verlo aquí, darle a olfatear un rollo de papel higiénico y hala, que se busque la vida. Acabaría presentando su dimisión. No es broma: hay días en que mi agenda aquí se reduce a encontrar papel higiénico. Entonces cruzo los dedos, beso la medallita de la Virgen del Socorro que me regaló un torero y me lanzo a las calles.
Lo normal es patearte tres, cuatro o cinco tiendas, separadas unas de otras como quince cuadras, buscándolo. Para luego comprar un triste paquetito de cuatro rollos hechos de basto papel reciclado que te cobran entre un dólar 20 y 1,80. Como el que venden los chinos en sus tiendas de Madrid para una urgencia y encima más caro. Ay, los bazares de los chinos, esas tierras de leche y miel. Quién me iba a decir a mí que los iba a echar de menos casi tanto como a la familia.
Y los cubanos porque no saben lo que se están perdiendo, que de ser así matarían por uno de ellos. Se sentirían dentro como Alicia en el País de las Maravillas. Aquí encuentras solo algunas baratijas chinas en tiendas estatales y a precios que quitan el hipo. Como unos barreños de plástico de colores, iguales a los que te venden los chinos por un euro, que valían entre 2,45 y 4,50 dólares. Me quedé turulato. ¿Cómo pueden pagar tanto por un lebrillo made in China de plástico malo?
Entiendo que lo del bloqueo americano es una faena, pero imagino que no afecta a un país como China, que en lo económico se mueve con bastante iniciativa y autonomía. Con lo que no me explico cómo el gobierno cubano no ha llegado a algún tipo de acuerdo comercial con los chinos para que estos les inunden el mercado de artículos baratos, los mismos que ahora andan escasos y con precios de embutido ibérico. Te dan ganas de llamar a Xi Jinping para que mande una o dos oleadas de inmigrantes a que abran tiendas por todos lados con productos low cost, que sería lo propio en un régimen socialista, y no estos precios de delicatessen para artículos que nosotros consideramos básicos.
Como una fregona. Aquí cada vez que llueve se me inunda la casa. Se me forman unos charcos en el dormitorio y la cocina en los que podría hacerme unos largos. El primer día, nervioso de ver mi apartamento convertido en zona catastrófica, tuve que echarme a las calles a buscar una fregona, que la fregona es un grandísimo invento español y sin fregona no se puede vivir. Bueno, pues al parecer ellos sí: no las encontré por ninguna parte.
Tuve que recorrerme media Habana hasta que por fin las vi en una galería comercial de Miramar. Entré en la tienda y me dirigí alborozado hacia el cubo con su escurridor y la fregona al lado, pero el entusiasmo se me cortó como si fuera mayonesa al ver los precios: solo el cubo valía más de 20 dólares; en cuanto a los mochos, de 4 o 5 dólares no bajaban.
Abandoné la tienda con palpitaciones. No me quedó más remedio que volver a casa y ponerme de rodillas como Petra, criada para todo, y achicar el agua del piso tirando de toallas viejas o de ‘frazadas’, unos paños que sí te venden por todas partes y que te cuestan entre 20 y 30 pesos cubanos.
Más que fregona o cualquier otra cosa, lo que te hace falta si vives aquí es moral. Mucha moral. Porque adivina, adivinanza¬: ¿cuáles son las dos palabras que más escuchas en Cuba?
‘No hay’.
Esto parece una canción de Chico y Chica: ¿Paracetamol? No hay. ¿Un antigripal? No hay. ¿Un tarro de miel? No hay. ¿Laca en aerosol? No hay. ¿Servilletas de papel? No hay. ¿Papel de fumar? No hay. ¿Un entrecot? No hay. ¿Jarabe para la tos? No hay. ¿Preservativo o condón? No hay. ¿Acciones de Petrobras? No hay. ¿El bálsamo de Fierabrás? No hay. Así, ad libitum y ad nauseam. Ya he llegado a un punto en que, al entrar en una tienda, lo primero que suelto es: ‘A ver, dígame que NO tienen y acabamos antes.’
Es lo que tienen el rodaje y la experiencia, que te vuelven asquerosamente práctico. Bastante tiempo pierdes ya recorriéndote La Habana de arriba abajo buscando la cosa más tonta como para no ir al grano. Hablando de grano, algo para nosotros tan habitual como unos corn flakes los he visto solo en una tienda y a precios prohibitivos. Me dieron ganas de mirar dentro de la caja a ver si lo que en realidad contenía era un perfume de Carolina Herrera o las llaves de un apartamento en Marina D'Or. Desayunar cereales aquí debe ser lo más sofisticado del mundo. Lo que tiene su lado bueno: salvo a cuatro niños cubanos malcriados, al resto no se les picarán los dientes.
La visión de los cereales con precio de iPhone fue, sin embargo, anecdótica. Ocurre como con casi todo, que lo mismo los ves en una tienda que no los ves más. Eso de que en la variedad está el gusto, aquí, es un refrán inútil. Los cubanos no saben lo que es padecer el Shock de la Oferta Múltiple, quedarse paralizado y bloqueado ante los lineales abarrotados del mismo producto sin saber cuál elegir.
De eso que a lo mejor se libran. En el fondo me tienen admirado. No por esa actitud suya, de un conformismo que raya la resignación de un santo, sino por su capacidad de tirar p’alante. Vivir en Cuba es un reality de supervivencia diario. Los cubanos no es que se apañen con lo poco que hay, sino con lo que NO hay. Que es un matiz importante.
No les gusta la situación pero la asumen como algo normal. Será por eso de que, habiendo conformidad, no hay penas. El caso es que no debería haberla. Porque sí, a tu alrededor todo está lleno de eslóganes rimbombantes sobre la Patria y la Revolución pero, como yo les digo, ni la Patria ni la Revolución te limpian el culo.
Y una cubana, camarera de un bar, me decía: ‘Sí, ya sé que ustedes en Europa protestan mucho, ¿cómo se llama eso? Manifestarse. En Francia, en Grecia, en España. Lo veo por la tele. Pero ¿qué quiere, que hagamos aquí lo mismo, que salgamos a la calle a gritar: ¡No tenemos carne, no tenemos papel sanitario! (y levantaba los brazos y los movía en el aire)’.
'Pues deberíais –le dije-. ¿Te suena eso de que el pueblo unido jamás será vencido? Lo sigo oyendo y leyendo por aquí. Bueno, pues no se trata de otro eslogan muerto más: es una frase plenamente vigente’.
La cubana no parecía muy convencida: ‘No sé yo si con las protestas se consigue algo…’ ‘Claro que se consiguen cosas. La presión popular es muy importante. En España han dado marcha atrás a políticas, han dimitido ministros. Si no, por lo menos te oyen. Callado no te puedes quedar si lo que te hace tu gobierno te parece injusto. Un ciudadano sumiso es un ciudadano muerto.’
‘Ya, me contestó ella un poco nerviosa, pero aquí no se puede.’
'¿Y qué te crees, que a nosotros nos sale gratis? Pues menudos palos dan los antidisturbios. Y puedes perder hasta un ojo con una pelota de goma. Pero hay que echarle cojones, expresar ese desacuerdo, esa rabia. Si tu gobierno no te las da, hay que reclamar y exigir mejores condiciones de vida. Y me da igual que el gobierno sea comunista, budista o nudista. Es una cuestión de dignidad.’
Y ahí lo dejé, muy prudentemente: mi mitin había congregado, casi sin darme cuenta, un corro de cubanos en el bar y lo mismo uno de ellos me reportaba como yuma subversivo y acababa como preso político, que tampoco era plan: bastante aventura, riesgo y emoción tengo ya con solo ponerme a buscar papel higiénico en Cuba.
Las fotos de arriba pertenecen a una tienda estatal. Las de abajo, a partir del vídeo de la feria agropecuaria en la calle 17, al Centro Comercial La Puntilla, en Miramar, lo más cercano a uno de nuestros centros comerciales. Las dos realidades que ya están conviviendo.
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martes, 18 de septiembre de 2012
Falsa economía
"Un enorme rótulo plantado en medio de aquella franja de desierto urbano nos informaba de que, en poco tiempo, el ave fénix resurgiría de sus cenizas: una 'importante urbanización nueva' de 'exclusivas unidades residenciales' y 'establecimientos comerciales' estaba en marcha; una comunidad utópica donde de lo único que tendría que preocuparse la gente sería de comer, dormir y comprar, porque por lo visto ya no habría necesidad de trabajar, nada de aquel rollo de fichar a la entrada de una fábrica para poder hacer algo tan vulgar como fabricar cosas. ¿Habíamos perdido todos la cabeza en los últimos años? ¿Nos habíamos olvidado de que la prosperidad tiene que basarse en algo, en algo sólido y tangible?
Incluso para alguien como yo (...) era bastante evidente que las cosas estaban yendo muy mal, que tirar fábricas para poner tiendas ya no iba a ser tan buena idea, que no era sensato erigir una sociedad entera sobre cimientos de aire."
Jonathan Coe, 'La espantosa intimidad de Maxwell Sim'
miércoles, 24 de diciembre de 2008
La Venus de la Galería
Entre los escenarios madrileños que podrían servir para ambientar secuencias de una película de suspense, terror o postapocalíptica, se encuentra esta galería comercial, en Tribunal, entre la calle Fuencarral y la Corredera Alta de San Pablo.
Es un pasaje comercial lúgubre y desolado que probablemente conoció días mejores, aunque tengo la impresión de que nació ya muerto.
Al entrar por la Corredera te recibe Manopiel, una tienda de bolsos, guantes y paraguas.
Justo después, hasta hace pocos años, había un estanco abierto que le daba más vidilla a este tramo, tan pobremente iluminado como el resto de la galería; pero el estanco cerró y se trasladó a la calle Fuencarral.




La galería, pese a su alma muerta compuesta sólo de pasos perdidos, esconde algunas sorpresas artísticas, soluciones decorativas típicas de los años 50.
Como la escultura en una esquina de aire neoclásico en el que un hombre de anatomía robusta domina a la bestia, en este caso un indómito caballo.


La galería, pese a su alma muerta compuesta sólo de pasos perdidos, esconde algunas sorpresas artísticas, soluciones decorativas típicas de los años 50.
Como la escultura en una esquina de aire neoclásico en el que un hombre de anatomía robusta domina a la bestia, en este caso un indómito caballo.
El relieve pretendía inspirar un poder y una fuerza que se trasmite con intensidad más bien floja al estar torpemente situado, mal alumbrado y pintarrajeado. Parece cubrirlo una roña, más que de suciedad, de total indiferencia.
Aquí no hablamos de pátina del tiempo sino de costra, que es lo que al final parece el relieve, una gran costra gris y rugosa que le ha salido al muro.
Lo realmente curioso es el gran caballito de mar, o hipocampo, que centra la composición en el suelo del vestíbulo. Para los románticos empedernidos, el caballito de mar es símbolo de fidelidad eterna.
Ahora bien, la presencia aquí de este caballito de mar no sé si tenía que ver con fidelizar clientes para la moribunda galería comercial.
En ese caso, fracasó estrepitosamente.

Prosigamos ahora con el arte añadido posteriormente y que para muchos puede que no entre en la categoría de convencional, siquiera de estéticamente aceptable. Me refiero al grafiteo indiscriminado que ha trepado como una yedra por las paredes abandonadas.
Alguno me dirá que estos garabatos, más que embellecer o aportar algo, lo que hacen es ensuciar malamente y estropear más el ya bastante inhóspito conjunto.
Pero de repente, en el escaparate condenado de lo que fue una óptica, se descubre un dibujo de diosa madre, una especie de Afrodita A capturada con la misma silueta exuberante de pechos y caderas de los ídolos neolíticos, melena al viento y proclamando una feminidad que sigue los patrones clásicos, el famoso canon rubensiano. Esto es, el de mujeres rollizas y generosas de curvas, con una buena pelvis para parir sin problemas muchos hijos.
Un fenotipo natural que, entre liposucciones, aumentos de tetas, modelos esqueléticas y dietas-milagro, parece haberse perdido.

Casi en mitad de la galería sobrevive un negocio insólito que deslumbra con sus brillos de oro entre tanta decrepitud y decadencia.
Es una joyería de nombre Monge, y su escaparate, como un desafío dorado a la ruina que lo rodea, refulge obscenamente en un paisaje de tiendas fantasma, oscuridad de cripta y espectros que pasan deprisa en uno u otro sentido.
Su presencia es del todo incongruente; debería estar en los bajos de algún hotel de cuatro o cinco estrellas y no aquí, que más que joyería parece la guarida secreta de un botín robado.

En la entrada de la calle Fuencarral nos da la bienvenida la tercera de las tiendas valientes que se atreven a poblar este tétrico panteón comercial.
Se trata de una sastrería clásica, en la que confeccionan la ropa a medida. Su target es evidente: caballeros con olor a alcanfor a los que no les gusta correr ningún riesgo a la hora de vestirse.
Sus vitrinas resultan inquietantes, con una exhibición de prendas rígidas y feas, de tejidos sufridos en colores pardos y aspecto tan anticuado que parecen llevar ahí expuestas desde que se inauguró la tienda.
Las camisas, chaquetas y jerséis emanan un aura siniestra y latente, como si a la voz de una bruja novata fueran capaces de empezar a moverse, desfilar marcialmente y ponerse a repartir puñetazos y patadas.
Esta posibilidad no es ninguna tontería.
Como dijo un conocido mío ante la obstinación con que su mando de la tele desaparecía o se escondía entre los pliegues más recónditos del sofá, "la maldad de los objetos inanimados es ilimitada".
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