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lunes, 21 de noviembre de 2016

El sueño americano

'Americanos, blue jeans and chinos, Coke, Pepsi and Oreos...'

Siempre he tenido debilidad por esta rola de Holly Johnson, cuando dejó de cantar para FGTH y se lo montó en solitario. Me parece una parodia lúcida, bailable y divertida de lo que es el sueño americano, esa cosa mítica que ha llevado hasta allí a millones y millones de personas desde que se fundó el país. Todas querían alcanzarlo, disfrutar de su trozo de pastel.

'Existe un lugar donde un muchacho sin un centavo puede crecer y llegar a ser presidente...', comienza diciendo la letra. A día de hoy resulta mucho más irónica, cuando parece que ya solo pueden acceder al cargo los chicos millonarios de ricas familias. Pero es lo que tiene el sueño americano, que está disponible para todos, pobres y ricos, blancos, de tez morena o de color naranja. El sueño americano nació para no tener prejuicios. Y todo el mundo, en principio, debería tener derecho a él.
La letra sigue, hablando de Estados Unidos: 'Un reino mágico poblado por muñecas Barbie...' Como la modelo que aparece en el vídeo haciendo de azafata de concurso televisivo, Tracy Kirby, y que años después pasó tres años en la cárcel por hacer de correo de droga.
Es lo que tiene el sueño americano, ambivalente como todo, que también puede convertirse en la peor de tus pesadillas.



El American Dream tuvo una etapa pletórica y feliz, y por ello muy idealizada, que fueron los años 1950. La década que, con toda la intención, recrea el vídeo, que primero nos presenta a la típica familia blanca USA de clase media.
Su apellido Rockwell tampoco es fortuito: hace alusión a Norman Rockwell, el dibujante icónico del American Way of Life en las décadas de 1940 y 50.

Ninguno de los Rockwell tiene desperdicio: el padre podría trabajar de ejecutivo de cuentas en una agencia de publicidad, o quizá sea dueño de un negocio de coches de segunda mano. La madre es el paradigma de ama de casa conservadora, presbiteriana y de look clásico -collar de perlas y traje de chaqueta a lo primera dama- que vota republicano. La hija es una sana y rubia estudiante de look preppy mientras que el hijo es el típico nerd que o bien acaba en el MIT o en el Smithsonian Institute, de bibliotecario.

En torno a ellos, cocinándoles, sirviéndoles, limpiándoles la mierda, los Gómez, con Mamá Lupita al frente de una prole numerosa, sexy y alborotadora. Esta familia latina representa, frente a los aburridos y estirados wasp de los Rockwell, la savia nueva, el vigor renovado, la espontaneidad ruidosa, la chispa, la sensualidad, la alegría de vivir y la gozadera.
Justo la pasión latina y la sabrosura que le hacen falta a la hija Rockwell, que tiene toda la pinta de ser sexualmente frígida. Los Rockwell han perdido la vitalidad que a los Gómez les sobra. A los adocenados e insípidos Rockwell, los Gómez son lo más estimulante que les ha podido pasar en la vida.
Si esto no les convence, siempre puedes agitar ante ellos un buen fajo de billetes. El dinero en última instancia lo redime todo: que seas negro de gueto, chicano sin papeles o maricón de ceja depilada.
Los Gómez ganan el premio gordo del concurso de la tele y, ante la fuerza de persuasión de la guita, no hay más que hablar. De hecho, me gustaría presentarles a mi hija. Está en edad de casar, a ustedes les sobran los mozos y no sería mala idea lo de unir nuestras dos familias.

viernes, 23 de enero de 2015

Where the streets have no name


Ese es mi barrio, El Vedado, un ponerte a prueba los primeros días con su plano en damero y sus calles numeradas o con letra. Además por las bravas, porque me vine sin  plano de La Habana y tampoco podía mirarlo en Internet; así que me dejé llevar por mi sentido de la orientación y por algunos rascacielos de los años 50 que me servían de referencia: especialmente el Focsa, esa especie de fortaleza de Mordor en cuyas alturas anidan gallinazos, y el hotel Habana Libre.
También ayudan bastante los mojones, pequeñas pirámides geodésicas de piedra en una esquina de los cruces.


Con mojones y todo, mis primeros días aquí, entre las calles con número y letra y la doble moneda en C.U.P y C.U.C.., se resumen en dos palabras: estupor y lío. Sobre todo, tremendo lío. Por suerte, ya le he cogido el tranquillo al cambio y a ubicarme correctamente en mi barrio.

Que no es me guste: me tiene enamorado. No podría tener mejor base de operaciones en La Habana. En El Vedado lo tengo todo, hasta el punto que en mis primeros 10 días me sentía tan autosuficiente dentro de él que apenas husmeé por Habana Centro y en cuanto a Habana Vieja, ni la pisé.
Llegó a un punto en que tuve que darme un toque serio: no puede ser, me dije, que hayas venido hasta aquí para no salir de tu pequeño mundo en El Vedado.


Pero es que es un barrio muy especial, una mezcla de Nueva Orleans, Tel Aviv y Benicasim, con esa arquitectura que va de las mansiones patricias coloniales a todo un despliegue de edificios art decó y de los años 50, iguales a los hoteles y apartamentos de playa de tantos lugares de la costa de España. Hay calles por las que paso que, entre el aspecto de los bloques, la explosión de buganvillas entre celosías de ladrillo calado y el calor bochornoso, me parece que estoy en Benicasim en agosto.


O en Tel Aviv, si miramos a la Gran Sinagoga Bet Shalom, un precioso edificio de los años 50 donde también se encuentran el teatro y café Bertolt Brecht, el Centro Hebreo Sefardí del que ya he hablado y todos esos edificios bauhasianos entre palmeras que recuerdan a su barrio blanco.
A veces me engaño pero no, estoy en El Vedado, un barrio de chic decadente, de glamur costroso, a ratos fascinante, a trechos cochambroso… Una cochambre, en cualquier caso, que le da un encanto insuperable, aunque a veces duelan las penosas condiciones en que se encuentran muchas casas. Porque en El Vedado, para quien ame la arquitectura, cada cuadra es multiorgásmica. Por eso escuece en el alma ver el estado ruinoso de muchos edificios.


También es cierto que, de momento, está ruinoso pero entero. El día que irrumpa el capitalismo, y queda nada, la especulación arrasará con El Vedado. Es verdad que se restaurarán muchas villas y palacios para hoteles, spas, tiendas, cafés, discotecas y oficinas de start-ups cubanas, que es que le pega todo, y de hecho mi predicción es que, en cuanto entre el capitalismo huracanado, el primer barrio de La Habana en gentrificarse será el mío, El Vedado. De esto no tengo ni la menor duda.


Pero también es verdad que, con los emprendedores, los bohemios urbanos y los artistas scuppies, entrarán también en el barrio las promotoras inmobiliarias, y la otra cara de la moneda será también imparable: se sacrificarán edificios valiosos y cuadras enteras para construir nuevas urbanizaciones de lujo, porque es de suponer que, con el capitalismo, El Vedado recuperará su carácter exclusivo. Y así el barrio, que nació con ese código genético, vuelve a sus orígenes y se cierra el ciclo. O se abre de nuevo. La historia, como dijo Heráclito, no es sino el eterno retorno.



Luego está El Vedado la nuit, o hágase el apagón. Mi barrio de noche, tan tenebroso, es mucho más decadente y emana todavía más romanticismo y misterio. Las ruinas son más ruinas, y se ven –bueno, lo que se ve- más decrépitas, más lóbregas. Lo que hay que tener es mucha precaución.
No por lo que te pueda pasar, pocas ciudades del mundo más seguras que La Habana, sino por no abrirte la cabeza. Las aceras del Vedado son una zona cero continua, una hilera de trampas en las que ya peligra tu integridad física de día, conque imagínate de noche.
Están compuestas de losas de cemento, la mayoría hundidas o con agujeros, baches y grietas cuando no reventadas y elevadas medio metro por la raíces como anacondas leñosas que brotan del suelo, raíces de unos árboles muy curiosos, los laureles de Indias, que decoran sus calles y de los que cuelgan unas ramas como escobas o cabelleras de bruja. Y los mojones, que de día son tus aliados, de noche se convierten en minas antipersonales.


Es como un decorado de película de terror. Un terror de sabor tropical: sombras inquietantes entre las orquídeas, zombis que habitan escombros de art decó criollo, aquelarres vudú y vampiros guajiros. De modo que vas caminando a tientas, cuidando de no descalabrarte y sintiendo además cierta prevención cuando no un escalofrío porque el escenario, ya digo, pone la piel de gallina.
En esta situación me he cruzado alguna vez con un cubano prieto al que solo distingo de repente cuando lo tengo a un palmo de mí, y me he llevado un buen susto. Eso de que, de sopetón, surja una sombra viva entre las sombras impresiona.


Porque la del Vedado, de noche, es una oscuridad casi impenetrable. Que te sugestiona para visiones sobrenaturales, o que lo parecen. Como la noche del viernes 10 de enero, que cayó un tormentón sobre La Habana que parecía que el cielo iba a desplomarse sobre nuestras cabezas. Changó esa noche, estaba desatado.

A mí me pilló parte en la calle, cuando todavía no había arreciado, y caminaba, como tantas veces, por la calle 17 hacia mi casa cuando vi de repente, por delante de mí, dos siluetas fantasmales, cubiertas con una larga túnica blanca. Me paré en seco de la impresión. Eran dos figuras espectrales, dos irreprochables fantasmas de la vieja escuela batiendo sus sábanas al viento, avanzando bajo las ráfagas de lluvia y entre la penumbra del barrio.


‘Dios mío –pensé espeluznado-, o son del Ku Klux Klan cubano que han salido a asustar negros zumbones, y aquí se van a poner las botas, o son la versión del barrio de la santa compaña y más vale que no me vean’.

Era una visión fantasmagórica, surrealista, extraña: allí estaban, avanzando por delante de mí, aquellas dos figuras cubiertas con un largo velo blanco. Las llegué a ver a contraluz de los faros de un coche, lo que hizo agrandar su silueta de espanto y la aprensión sobrenatural que me producían. Podían ser dos monjas, que alguna he visto por aquí con lo que parece el uniforme de trabajo tropical: un hábito blanco con un largo velo, también blanco, que les cae por la espalda. Podían ser también dos yabós, mujeres que se han hecho el santo y que, por tanto, visten de blanco de la cabeza, donde llevan un turbante africano, a los pies.


Fuera lo que fuere, aquella noche bajo la tormenta, cuando la oscuridad casi total del Vedado era rota de vez en cuando por unos relámpagos como de fin del mundo, viendo aquellas siluetas fantasmales delante de mí, entre porches coloniales de hierros forjados, me sentí como callejeando por Entrevista con el vampiro y participando en la tercera temporada de American Horror Story.
El Vedado me pareció más Nueva Orleans que nunca.

sábado, 15 de marzo de 2014

Me da miedo entrar en la cocina



Me da miedo lo que pueda haber,
Mi nevera se ha vuelto proactiva,
Dice que tengo que tomar la iniciativa,
Me dice que tengo que emprender...

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Se vende España, razón portería


Porque todo tiene un precio, no sé por qué has pensado que existe una excepción, cantaba Ariel Rot en Sacrificio. De esto hace ya unos añitos, pero está ahora más vigente que nunca.
A pesar de Jessie J, nos están colgando price tags por todos lados. Nada se libra. Todo está a la venta, todo se privatiza: tu línea de metro, tu plaza, tu centro cultural, tu agua, tu parque, tu bosque, tu museo, tu policía, tu sanidad, tu educación...

Y se convierte en marca: Vodafone Sol, Parque Nacional del Guadarrama-Iberdrola, Teatro Calderón Häagen-Dasz, Fuerzas de seguridad del Estado Eulen... Y algún día, por qué no, seremos ciudadanos de España-Coca Cola, registered trade mark, hidratando el Imperio desde que no se ponía el sol.
Parece una idea loca, pero no es tan descabellado: la línea que separa una línea de metro de un país entero, en realidad, es muy fina. Y el neoliberalismo, en su desvergüenza infinita, se atreve a eso y más.
Estos sí que serían capaces de vender a su propia madre.
Bueno, de externalizarla.


Me recuerdan a esos que veo en los supermercados, marcando los productos con una pistolita. A todo le cuelgan un precio.  La realidad no es más que un conjuntos de lotes y saldos, vendidos al mejor postor.
Y la marca España, apoyá en el quicio de la mancebía del libre mercado, es tan susceptible de ser comprada como todo lo demás.
Una marca, además, devaluada y hundida en una espiral de descrédito, con lo que es posible que despeñe su valor hasta convertirse algún día en el Ofertón de la Semana, llevésela por tanto y le regalamos un televisor de plasma-prime minister.

Sería entonces el momento ideal para que una multinacional imaginativa comprase la marca España para convertirla en su centro de operaciones mundial, cambiando la bandera por su logo y el nombre del país por Microsoftia o Googlelandia.
Qué situación ¿no? Pero espera, que todavía podemos darle otra vuelta de tuerca a esta visión distópica hasta hacerla realmente chusca: imaginad que, en vez de una corporación poderosa, es un multimillonario chino o ruso o de Dubai el que la compra.


Por supuesto, todos los periódicos de derechas lo celebrarían, sacando foto en portada en la que el magnate celebra su adquisición con botellas de champán, mujeres en bikini y tacones y peluquín un poco descolocado por tanta emoción.
Y lo celebran y lo saludan como al 'emprendedor internacional que va a rescatar España de su declive y desidia y la va a dinamizar y blablabla'. Para avalarlo citarán su extenso currículum de compañías prósperas e historial en reflote de empresas.

Lo que ellos no saben es que las cosas se acaban volviendo en tu contra. Porque ese señor, de repente, nos sale antojadizo y arbitrario y, en vez de dinamizar la marca España, lo que hace es ponerla patas arriba. Para empezar, le cambia el nombre. Por el de su hija mayor, Yulinka o Chai Wei o por el de Paella, su plato preferido.
En el caso del multimillonario ruso, probablemente nos transformaría en un Club Med para eslavos con factorías de vodka, casinos-lavanderías de dinero, prostíbulos por todas partes, matones con muy malas formas en todas las puertas y clubes exclusivos donde lucir un lujo obsceno.


Los rusos, en este sentido, son muy predecibles. No tanto los chinos, que mira que son misteriosos. Porque a lo mejor el multimillonario chino nos sale todavía más caprichoso que Sheldon Adelson y decide que la bandera de España le parece demasiado chillona, así que la sustituye por una foto de su cara.
Y ahí tienes el banderón de Colón remplazado por una enorme sábana con el retrato de Mr Wong Yei, sonriente y con un look muy chino, pelo anticuado con raya a un lado y gafas metálicas de montura cuadrada.


El chino, por supuesto, que es muy listo, es también el que comercializa las tiras con su cara para llevar en la muñeca y colgando del retrovisor del coche, con lo que además de redefinir las señas de identidad del país se está forrando.
El chino se acaba nombrando rey y le faltará el respeto a España y la llamará 'puta'. Y ante las críticas dirá: "La llamo como me sale de los lichis, que para eso la compré y es mía.'

Lo peor de todo es que el chino tendrá razón y nos tendremos que callar. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado. Para conocer la moraleja, hazte usuario Premium. Para todo lo demás, Mastercard.

Todas las fotos son de millonarios rusos.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

La venganza de Chávez


Viene a ser como la venganza de Moctezuma, pero en versión socialismo bolivariano.
Su propósito: dinamitar el sistema capitalista desde dentro, inundando nuestras calles y bolsillos de monedas de 1 bolívar que, como puede verse en las fotos, viene a ser casi exactamente igual a la de un euro.
Su valor, por el contrario, es insignificante, de apenas unos céntimos.

La situación es alarmante. De seguir la operación su curso, pronto no tendremos en los bolsillos más que bolívares mientras que los euros habrán desaparecido todos, y ya será el acabóse cuando, si ahora consumimos poco, no podamos consumir nada; será el colapso total de nuestra economía.
Chávez, en su agonía, se debe estar carcajeando.

Qué malvado es. Aunque yo nunca he acabado de tomármelo en serio. Será porque me recuerda a personajes de Tintín como el general Alcázar o el general Tapioca.
Es un poco caricatura de tebeo, con esos lambios bembones y esa boina de revolucionario, che.
Todo muy voluptuoso y envuelto en la sensualidad del trópico.


Pero lo que se le ha ocurrido es de genios.
Y yo, que cuando reconozco una obra sofisticada de maldad, me relamo de gusto, aquí estuve a punto de alcanzar un orgasmo.
Estaba embrujado con la fidelidad alcanzada con la réplica. Hay que fijarse muy mucho para diferenciar un bolívar de un euro. Son indistinguibles, como la magia de la alta tecnología.
Hasta en el tacto se parecen.

La jugada es perfecta. La estrategia, también: minar nuestra ya tocada por no decir hundida economía infiltrando masivamente monedas de 1 bolívar, sustituyendo un euro devaluado por un clon bananero.
Las están haciendo circular secretamente, con el fin de sabotear nuestro sistema saturándolo de chatarra inútil.


A mí ya me han dado gato por liebre. Son tan parecidas, prácticamente idénticas, que aunque mires por encima el cambio que te han dado para comprobarlo, pasa inadvertida.
O más bien camuflada, mimetizada perfectamente la cabrona, como un camaleón de cuproníquel, entre la calderilla de euros.

Sin embargo, no todo está perdido. Existe una esperanza de que estos planes diabólicos fracasen: la moneda de 1 bolívar, siendo casi gemela de la de euro, no ha pasado la prueba del algodón definitiva: intentar pasársela a los chinos.
No hay manera: la detectan enseguida.
A esta gente lo de las fechas de caducidad se les escapa, pero en esto son infalibles; yo creo que tienen un sexto sentido.

No sé a qué iluminad@ se le ocurrió aquello de 'engañarte como a un chino'. Me da la impresión de que no conoció a ninguno en su vida. Y desde luego, no lo tuvo de tendero.
Así que puede que después de todo estemos salvados, gracias a este olfato sobrenatural de los comerciantes chinos para detectar como sabuesos dinero falso o alienígena.

sábado, 3 de noviembre de 2012

Su empleado es una celebridad on line, ¿qué hacer ahora?


En primer lugar, no se preocupe: el suyo no es el único caso.
Ni será el último.
Un número creciente de profesionales está usando los 'social media' (blogs y redes sociales) para construirse una identidad pública/personal (o personal/pública) basada en un talento diferente al que muestra en su entorno o un trabajo alternativo.
Y esa identidad es, en otras palabras, su propia marca. Es muy probable que ese contable discreto y de mirada huidiza sea un bloguero de éxito, o que tu mejor comercial, con la misma labia digital que vocal, sea también una estrella en Twitter.


Pues bien, este es nuestro consejo: no desperdicie la oportunidad.
Siga la recomendación de un experto y aproveche la sinergia: considérelos co-marca, o marca compartida. Aliada a la suya ambas se reforzarán y ambas saldrán ganando.
Puede que usted no sepa de lo que le estoy hablando, pero es momento de espabilar.
Debe empezar a tener en cuenta a estos empleados. Es posible que ahora no los reconozca, que no sepa distinguirlos, que su señal sea débil en el radar, pero créame: esto está cambiando rápido y, más pronto que tarde, los descubrirá.


Jefes, empresarios, compañeros de oficina, departamentos de recursos humanos: todos ellos han de prepararse para afrontar este nuevo escenario.
No deben, para empezar, subestimar a ningún compañero o empleado: ese teleoperador con sobrepeso, melena grasienta y camiseta de Star Wars puede ser una celebridad digital, con un millón de followers o 'amigos'.
Y esa secretaria modosita, tan cursi y tan repollo, aunque le cueste creerlo, probablemente administra una de las webs de porno doméstico más visionadas del planeta.


Lejos de desconcertarse, hay que tomárselo como un estimulante reto y una oportunidad de oro para darle valor añadido a nuestra firma o empresa.
Lo que no debe en ningún momento es tener remilgos, por más que usted llegue a pensar que, lejos de potenciar o complementar su marca corporativa, la actividad digital de su empleado pueda colisionar o entrar en conflicto con ella.
Estas prevenciones no tienen sentido. Nuestro consejo, tradicional empresario casposo o joven emprendedor, es que los abrace y adopte con entusiasmo sin pensar en las posibles implicaciones o consecuencias.
De lo contrario, el riesgo que corre es todavía mayor: alienar o perder a uno de sus mejores empleados y perjudicar o incluso quemar su propia marca.


No se deje llevar por prejuicios caducos y arrope sin reservas a su estrella digital: su actividad on line siempre será la suma de un activo positivo para la imagen de su propia marca que, no lo dude un instante, se verá potenciada y con más brillo.
Es un intercambio que los anglosajones llaman de win-win, o ganancia doble: tu marca será más cool, él/ella se sentirá reconocid@, trabajará para ti más a gusto y, en lo suyo, ni te digo.

martes, 18 de septiembre de 2012

Falsa economía


"Un enorme rótulo plantado en medio de aquella franja de desierto urbano nos informaba de que, en poco tiempo, el ave fénix resurgiría de sus cenizas: una 'importante urbanización nueva' de 'exclusivas unidades residenciales' y 'establecimientos comerciales' estaba en marcha; una comunidad utópica donde de lo único que tendría que preocuparse la gente sería de comer, dormir y comprar, porque por lo visto ya no habría necesidad de trabajar, nada de aquel rollo de fichar a la entrada de una fábrica para poder hacer algo tan vulgar como fabricar cosas. ¿Habíamos perdido todos la cabeza en los últimos años? ¿Nos habíamos olvidado de que la prosperidad tiene que basarse en algo, en algo sólido y tangible?
Incluso para alguien como yo (...) era bastante evidente que las cosas estaban yendo muy mal, que tirar fábricas para poner tiendas ya no iba a ser tan buena idea, que no era sensato erigir una sociedad entera sobre cimientos de aire."

Jonathan Coe, 'La espantosa intimidad de Maxwell Sim'

viernes, 2 de marzo de 2012

H2O

A.k.a. agua, agua, agua, que baja por la montaña y nos refresca y nos ayuda a que pasemos la semana, que cantaba Ana Torroja en Ya viene el sol. Y ahora a ese mismo sol lo está tapando un nubarrón muy negro. Si nadie lo remedia, si nadie se lo impide, la Espe está dispuesta a privatizar el agua de Madrid.
A los italianos por lo menos, para una cuestión como esta, tuvieron la decencia de consultarles en referéndum. Y dijeron que no, por supuesto.

Que es lo que tendría que pasar aquí, y no permitir este robo y este escándalo. Y que no me vengan los de siempre con el argumento de siempre, que si una empresa pública es un ente perezoso y oxidado, un desastre de administración y eficiencia, un caos que acaba en hundimiento y colapso.
Pues qué quieren que les diga, a mí todo eso me suena más a Enro, Lehman Brothers, Nueva Rumasa y Viajes Marsans, todas empresas privadas. Y eso que solo he citado unas cuantas, así de las más recientes en quebrar.

Si me pusiera a hacer una lista exhaustiva de todas las que se han ido al carajo por una pésima gestión, desfalco, malversación, corrupción, ineptitud o desidia, este post mediría la distancia que hay de aquí a la luna, y puede que con billete de vuelta.

Hablando de eficacia, si hay algo que admiro de los voceros y cheerleaders de la Escuela de Chicago es su capacidad de intoxicación. A fuerza de repetirlos casi como doctrina oficial, sus mensajes han calado en el cerebro de la gente.
Como el de identificar empresa pública con peso muerto, con lastre ineficaz y poco rentable, con despilfarro, cuando no es más que una burda mentira: lo público, por lo general, funciona bien, y no reconocer esto es de miserables.

A mí por lo menos cualquier empresa pública me da mejor servicio que Movistar. Y puestos a pensar en cuevas de ladrones, me vienen muchos más nombres a la cabeza y, qué casualidad, todos de compañías privadas.
Que anda que no tardan en pactar los precios, con lo que el argumento que le gusta tanto a nuestra alienada lideresa, esa que gobierna entre deliriums tremens y manías persecutorias, de que liberalizar el mercado redunda en beneficio del consumidor al haber más competencia no se lo cree ni ella.

La gente debería ser menos tonta de los cojones y espabilar. Darse cuenta de una vez de que los neoliberales son un hatajo de sociópatas. Desmantelar lo público y convertirlo en negocio significa fulminar todo un tejido de cohesión social para repartirlo en dividendos, bonus inflados y jubilaciones millonarias.
Dando a la gente, por supuesto, un peor servicio, a ser posible deslocalizado para abaratar costes, ya se sabe, con lo que a lo mejor el agua, en vez de venir de la sierra, nos acaba llegando de Bangla Desh o de alguna provincia de China.

Y no quiero ni pensar en las condiciones fitosanitarias de ese agua china... Pero esta es solo una visión del futuro, si finalmente la lideresa tipití tipitesa y sus secuaces se salen con la suya.
Otra es que, si les dejamos hacer, dentro de poco habrá en Madrid tres tarifas para el agua: la Premium, la Medium y la PPLP (Potable Por Los Pelos), calidad más o menos aceptable según tu abono y, en cualquier caso, precios abusivos.


Teniendo en cuenta además que tratarán de rentabilizar la cosa con mínimas inversiones, con lo que al final, y para ahorrar costes, acabarán por no echarle ni flúor al agua. O dejar que se pudran las cañerías.
Ya hemos visto en Argentina cómo se las gastan los gestores privados de empresas que en su día no solo fueron públicas sino joyas de la nación o de la ciudad. Las convierten en bisutería, después de engordar obscenamente sus bolsillos.

Podemos olvidar muchas cosas, dónde hemos dejado las llaves, apagar las luces al salir o recoger los niños del colegio, pero lo que no se nos puede olvidar en ningún caso es que la empresa privada solo busca el beneficio más grosero.
El bien o el interés público se lo pasan por el arco de triunfo: aquí lo único que importa es ganar pasta.
Ya lo escribió en 1970 Milton Friedman, el gurú de la economía neoliberal: la única responsabilidad moral de una empresa es aumentar los beneficios de los accionistas.

Avisados estamos. Lo peor de todo, lo más bochornoso, será el proceso de privatización del Canal de Isabel II que será, cuando menos, altamente irregular.
Seguramente pasará como cuando Álvarez del Manzano privatizó los servicios funerarios de Madrid, que se lo vendió a unos amigotes por 60 céntimos.
Un precio simbólico para un lucrativo negocio, que si hay algo que la gente no va a dejar de hacer, con crisis o sin ella, es morirse.

Y esto, otro negocio redondo entre políticos apandadores, es lo que hay que evitar con el agua de Madrid.
Aquí la excusa de siempre, esa de que las empresas públicas son un desastre, no vale: el Canal de Isabel II es un modelo de gestión. Que además, oh milagro, es rentable para los madrileños. Si la privatizamos, en cambio, solo será rentable para unos pocos.
Mientras tanto, los demás racionaremos el agua (mala y cara) del grifo como si viviéramos en el África subsahariana. Olvidarnos entre otras cosas de la ducha diaria que, una vez más, lo de lavarse será cosa de ricos. A lo mejor vuelve hasta el piojo verde. Menudo panorama.


Y aunque la experiencia no sea tan amarga, sí que existen pruebas de que lo de privatizar el agua no ha funcionado. Como en París, por ejemplo, donde ahora se está dando el proceso inverso.
Así que, antes de escarmentar en carne propia lo que parece inevitable, hay que movilizarse. De momento se ha convocado una consulta social por el agua, con mesas donde votar en pueblos y ciudades de la Comunidad.
No se puede tolerar esta rapiña descarada del patrimonio de todos por una manada de hienas carroñeras. Nos venden lo público como sinónimo de ruina cuando para ellos, en realidad, significa ‘expolio’.


Yo procuro siempre que puedo recurrir al humor, pero este es un asunto muy serio. Los ciudadanos debemos trazar una línea roja. En un momento dado, si la lideresa no da su brazo a torcer y dudo que lo haga con esa soberbia que tiene, los madrileños, antes que permitir que se privatice el agua, deberíamos envenenarla entre todos.
Al agua, me refiero, no a la lideresa.
Esa tiene bastante con su propia hiel.

viernes, 3 de febrero de 2012

Todo tiene un precio


-Mire, si le parece bien, le voy a envenenar a su perro, le voy a estrangular a su madre, le voy a inyectar el virus del Ébola y, finalmente, le voy a defecar en la cara y mear en un ojo. Esto último solo por darme gusto.
-Hum... Y todo eso, ¿generará trabajo?
-150.000 empleos, entre directos e indirectos.
-Ah, pues entonces sí. Vamos, sin dudarlo.