miércoles, 12 de mayo de 2010

Parientes en venta


Son tiempos duros, lo sé, lo sabes, lo sabemos.
Y también que hay personas totalmente carentes de escrúpulos que serían capaces de vender a sus madres (los chinos de las tiendas, sin ir más lejos, si no fuera porque les sale más a cuenta tenerlas trabajando 18 horas diarias).
No obstante, para los que todavía conservan alguno y se las ven y se las desean para pagar la hipoteca o llegar a fin de mes, aquí tienes un seguro que te da la opción de vender a tu prima previa tasación.
Así que piensa en el ramillete de hijas de tus tías, que seguro que encuentras alguna de la que poder desprenderte sin muchos remordimientos y por la que además, si tiene buena dentadura, está entera y sana, te pueden dar un buen pellizco.
Luego es cuestión de proponérselo, a ver qué le parece.
Claro que corres el riesgo de que te diga lo que aquel pastor de cabras griego le decía a su pariente en EEUU:
"Esto es ridículo, primo."
O a lo mejor, quién sabe, se presta encantada.
Tal como están las cosas, un dinerito extra no viene nada mal, y tú por probar no pierdes nada.

viernes, 16 de abril de 2010

Supercapicúa


Durante muchos años, gran parte de mi vida, pedía un deseo cada vez que veía una matrícula capicúa (supongo que es la versión urbanita del trébol de cuatro hojas o de la estrella fugaz que no deja ver la contaminación lumínica).

Un día, sin más, dejé de hacerlo... Creo que tuvo que ver con el cambio de matriculación a la europea, porque de repente ya no las veía con tanta frecuencia. O quizá simplemente es que me cansé. Todos los juegos terminan cansando.

Hasta que hace poco volví a encontrarme con mi destino al descubrir, en un Smart aparcado en la calle, la matrícula de la foto. Increíble. Impresionante. Capicúamente insuperable: un palíndromo perfecto. Una obra de arte de la combinación aleatoria de letras y números. Una simetría impecable de lado a lado. En resumen, una ecuación alfanumérica entre un millón.

Y pensé maravillado: "Esta matrícula es un talismán muy poderoso. Casi puedo sentir su energía telúrica. Seguro que puede concederme cualquier deseo que le pida."
Y se lo pedí.

A ver ahora si la Señora Suerte está a la altura de las circunstancias y se comporta esta vez como una auténtica dama.
Con una matrícula como esta, que parece chillar "I've got the power" a los cuatro vientos, es lo menos que podría hacer.

miércoles, 7 de abril de 2010

En la disneylandia del amor













La luz era rosa.
Y roja y blanca y azul, porque la lámpara iba cambiando de colores.
El cabecero sicodélico, según me contó, "era el regalo de un amigo".
El detalle más fino, con todo, era el ciervo-candelero sobre la repisa de la chimenea y que había comprado "en una tienda de decoración de Saint Moritz".
A lo que yo contesté que para qué irse tan lejos, cuando yo había visto uno muy parecido en una tienda de chinos del barrio...
Pero lo que definitivamente me quitó todo el morbo fue la colección de souvenirs sobre el armario.
"Menuda encerrona. Esto se avisa", le dije, en un tono bastante agrio.
Al ver su cara de desconcierto me disculpé:
"Perdona -dije-, es que estoy un poco nervioso. Nunca en mi vida me había sentido así".
"¿Cómo?", preguntó.
"Como un bombón de caja roja."

martes, 23 de marzo de 2010

Narcotectura


O Arquitectura & Drogas, que es como podría haberse llamado también esta entrada.
En principio parece que la única relación posible entre ellas es la que establecen populares instituciones como las granjas de rehabilitación, las clínicas de desintoxicación y, a nivel de barrio, la narcosala (palabra que, técnicamente, podría aplicarse igualmente a fiestas y chill-outs particulares).


Pues no, resulta que hay algo más, un fenómeno floreciente y fascinante que surgió entre los capos de la droga colombianos allá por los 90 y que ha fraguado en todo su esplendor de orquídea de plástico entre los señores afganos de la heroína.
Sólo hay que darse una vuelta por las áreas residenciales de Kabul y especialmente Herat, centro neurálgico del tráfico de opio, para admirar estos monumentos al kitsch de nuevo rico podrido de dinero pero sin micra de gusto.
Admito que para saber apreciarlos en toda su magnitud hay que mentalizarse previamente, haciéndose limpieza síquica de prejuicios. Y tiene que ser una buena purga: no puede quedar ni uno.
No hay otra manera de enfrentarse a estas mansiones extravagantes, caprichos o follies arquitectónicas dignas de un rey loco de Baviera o del Walt Disney más inspirado. Los narcos se las hacen erigir a la mayor gloria de su estatus y vanidad, y es a este delirio de palacios a lo que se denomina Narcotectura, neologismo formado a partir de la contracción de narco y arquitectura.


Estilísticamente es demencial, pastelera, incoherente, aparatosa, pretenciosa hasta la sobredosis (por muy yonki visual y cultural que seas) y extraordinariamente guachafa, que es ese hallazgo del slang peruano para aquello entre lo cursi y hortera.
Podría describirse como un popurrí o melting pot desenfadado que mezcla elementos occidentales (como columnas clásicas, cristaleras de rascacielos o balaustradas) con otros orientales (picos de pagoda, celosías, arcos fantasía). El resultado, que deja patidifuso, es un escenario difuso entre Miami Vice y Xanadú, un decorado de Bollywood con algo de discoteca-casino de Lloret de Mar. Es lo que tiene un mundo globalizado, que lleva a estos divertidos extremos de promiscuidad.


Otra consecuencia de esta alianza perversa de civilizaciones es llegar a la definitiva conclusión de que antes, en los buenos viejos tiempos, la gente rica era exquisita y refinada, pero ahora, entre los futbolistas british y sus señoras, los jeques de Dubai, los mafiosos rusos y los gañanes que se hacen ricos con el ladrillo, bien como constructores o como concejales corruptos, el dinero y el buen gusto hace mucho tiempo ya que tomaron caminos muy distintos.
Y si acaso algún día vuelven a reencontrarse, por pura casualidad, dudo mucho que renazca el romance y se pongan, como antaño, a bailar juntos un vals.

domingo, 14 de marzo de 2010

Las hombreras nunca se fueron



Al menos de las puertas de los lavabos de algunos bares, con esos figurines para él y ella que parecen diseñados por el Jesús del Pozo que sentaba cátedra en la calle Almirante en los años 80.
Algunas reliquias urbanas son de lo más modernas.