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martes, 2 de octubre de 2012

Bonjour, tristesse



Ante mí se despliega el mismo paisaje de siempre. Tan familiar. Tan deprimente. Tan sórdido.
Edificios feos, impersonales, colmenas humanas. Una atmósfera sucia y plomiza. Ulular y destellos de sirenas: antidisturbios, ambulancias, lo de siempre.
Helicópteros de la policía sobrevolando aquí y allá, rastreando la trama urbana con unos reflectores fantasmales que cortan con facilidad el aire espeso y tenebroso.
La ciudad se despereza con la música de un depósito de chatarra. Y por todas partes, pintadas de resistencia.
Buenos días, Neomadrid.

jueves, 16 de agosto de 2012

Olimpiadas gastronómicas


Terminaron las Olimpiadas de Londres y con ellas, la reivindicación de esa cultura British que tiene sus cosas malas, sin duda, pero que a mí por lo menos me fascina, sobre todo cuando uno es un enamorado de la música pop.
Y yo, que vengo sosteniendo hace tiempo que el Imperio Británico sustituyó el color rosa en los mapas por su hegemonía en las listas de éxitos del mundo, no pude disfrutar más con las ceremonias de apertura y de clausura de los juegos. Pero a lo que iba.

Polémicas aparte con los uniformes oficiales diseñados por Bosco, esa empresa rusa con nombre pijo, que al final no eran tan horrorosos, la verdad, estos han sido los juegos de las mujeres: por fin todas las representaciones han incluido deportistas femeninas en sus representaciones, incluyendo ese bastión del machismo teocrático que es Arabia Saudí, que metió a una judoka gordita que desfiló tapada como una cebolla y con cara de modosita y cohibida, como de no debería estar aquí, qué papelón, de saber que le estaban haciendo un favor.


Y el favor, al menos a España, nos lo han hecho ellas, siendo las que, de largo, nos han aportado más metales al medallero: 11 de 17. Toma ya. Para que luego haya gente que las quiera confinar a la cocina. Hablando de lo cual, yo no sé cómo todavía hay cabestros que afirman –o piensan- que ese es su lugar natural, cuando a la mayoría de las mujeres que yo conozco ese lugar de la casa no es que les entusiasme precisamente.

Mira mi madre, por ejemplo: si España fuera una tierra de mayor actividad sísmica y nos sacudieran los terremotos como, qué sé yo, en Irán y Japón, de una cosa estoy seguro: a mi madre no le pillaría ninguno en esa estancia de la casa que para ella supone un territorio tan exótico como la Antártida o lo más intrincado de la Amazonia.


Cuidado, que no quiero ser injusto con ella: nunca ha sido de platos elaborados ni de pasar tiempo entre fogones porque, indudablemente, tenía muchas y mejores cosas que hacer, pero al menos se preocupaba porque comiéramos sano: a la hora de la cena, siempre nos despachaba con un combinado de ensalada y huevo frito o salchichas; la ensalada, que no faltara, como tampoco podía faltar la fruta de postre o el kéfir, ese hongo blanco infecto que le dio por cultivar una temporada en un recipiente y en el que echaba leche para que fermentara: todos los días debíamos tomarnos un vaso, con gran repugnancia por parte mía y de mis hermanos, a los que nos daba la impresión, cuando mirábamos esa especie de alga blanca que cada día crecía más y más dentro de su tupper, de que nos servía la leche agria recién ordeñada a una criatura alienígena.

En cuanto a platos más elaborados, solo se ponía con ellos en señaladas ocasiones del año, Navidad o por su cumpleaños, y entonces te preparaba un besugo al horno o cualquier otra cosa más sofisticada de chuparse los dedos.
Si no, para meterla en la cocina, la tenías que llevar a rastras, con gran disgusto de mi padre, que regresaba a casa, contemplaba con desolación y tristeza el plato y soltaba enfurruñado el manido discurso de ‘vengo de trabajar todo el día y ni siquiera me encuentro con una cena decente’.

 

A lo que mi madre, invariablemente, respondía: ‘Pues ya sabes, si quieres otra cosa, te la preparas tú’, con lo que mi padre, frustrado, siempre se ha quitado la espinita gastronómica fuera de casa, en restaurantes mil de los que se convirtió en sibarita y connaisseur.

Mi madre, desde luego, nunca ha canturreado eso de ‘siempre que llegas a casa me pillas en la cocina, embadurnada de harina y con las manos en la masa…’ Definitivamente, sus canciones eran otras; en su día, además, cuando era del puño, la rosa, la hoz y el martillo, más libertarias.
Y lo que a mí de niño me parecía en mi madre el colmo de la modernidad displicente, una especie de desplante emancipador, luego, con los años, me he dado cuenta de que es algo general y no tiene nada que ver con eso: es, simplemente, que a la mayoría de las mujeres la cocina no les va.


En su día, durante siglos, se metían ahí a trajinar porque no les quedaba más remedio: estaban obligadas. Pero, en cuanto han podido, ya que hablamos de disciplinas olímpicas, le han pasado el relevo a los hombres, que lo han recogido encantados, dando rienda suelta a su creatividad y demostrando, en muchos casos, ser más apañados en los menesteres culinarios que ellas.

La mayoría de los hombres que conozco están en la cocina como peces en el agua –salvo yo que, como siempre, soy difícil de filiar-: yo tengo hacia el espacio de la cocina la misma inquina que mi madre: no tengo ni paciencia ni noción del tempo que se necesita para cocer, sofreír o freír nada y tiro con cualquier cosa de envoltorio atractivo que basta que metas en el microondas para solucionarte la gusa; yo sería feliz alimentándome con bandejas de aviones y comida para astronautas.


No obstante, tengo muy claro que soy la excepción que confirma la regla, porque lo cierto y palmario es que la cocina, definitivamente, es cosa de hombres.
Son ellos los auténticos cocinillas: desde que los roles tradicionales han caído o se han cambiado,  han descubierto masivamente una vocación que había permanecido latente en ellos durante tiempo inmemorial. Y están encantados.

La inmensa mayoría de los chefs son hombres, tanto en los restaurantes como en los programas de televisión, como hombres son también los que escriben el millón sopotocientos mil de blogs y libros de recetas que hay, con lo que habría que revisar urgentemente este absurdo estereotipo.

Que hay mujeres a las que les gusta cocinar no lo discuto, pero las verdaderas reinas de los fogones son los hombres.
Ellas, mientras tanto, sonriendo desde el podio, triunfadoras, solo se preocupan de una cosa: que dejemos la cocina luego recogida y limpia.

lunes, 26 de diciembre de 2011

La vida es un carnivale

No, no ajusten la pantalla de su monitor: han leído bien. Tal como están las cosas, la vida, más que el carnaval de azúcar que cantaba Celia Cruz, es un Carnivale. Algo mucho más sombrío. A tono con la atmósfera de la serie de televisión más excéntrica y esotérica... después de Twin Peaks y justo antes que Lost.

Y pudo, como Lost, tener seis temporadas, pero solo se quedó en dos. Por supuesto que te quedas con ganas de más, cuando lo que se rodó es apenas un aperitivo de lo que se planeó como redonda e intensa cosmogonía, inmaculadamente ambientada en la América de la Gran Depresión.
Para la que sirven de introducción perfecta los brillantes títulos de apertura.

Que abren con una serie de cartas del Tarot sobre la arena. Los naipes no representan las figuras tradicionales sino obras de arte famosas. La cámara se va introduciendo en algunas de ellas, penetrando en la escena hasta el fondo y enlazando con imágenes en blanco y negro de los años 30: una cola de desempleados esperando un plato de comida, el atleta Jesse Owens en las Olimpiadas de Berlín, el jugador de béisbol Babe Ruth, una marcha sobre el Capitolio, granjeros sacudidos por las borrascas de arena o el presidente Roosevelt soltando un discurso.

Tienen una cualidad morbosa que hipnotiza. Y la música que los acompaña, con ecos de la de los indios nativos americanos, solo refuerza el efecto. Evocadores y a la vez inquietantes, son de lo más visualmente potente que he visto nunca. Las imágenes están espléndidamente engarzadas en una secuencia espectacular que te engancha y te sobrecoge, especialmente en momentos como cuando el rostro de una niña se convierte en el del Arcángel Gabriel. Escalofríos. Cada. Vez. Que. Lo. Veo.
No es de extrañar que los premiaran con un Emmy.


Tampoco es casual que para acabar el año haya escogido unos opening credits más que unos títulos de cierre, porque estos, aparte de ser una obra de arte, pueden considerarse perfectamente aplicables al momento actual y, por tanto, proféticos.
No quisiera yo trazar paralelismos entre los años 30 y estos, pero ya recordé en un post reciente, Propellerheads & Shirley Bassey mediante, que la historia es solo un bucle que se repite y, a veces, se vive peligrosamente. O al menos, al borde del precipicio.

Quizá este momento histórico sea uno de esos. Y es alarmante cómo, al compararlo con los años 30, se antoja como algo más que su pálido reflejo. Las coincidencias, salvando matices, son muchas. Demasiadas. Si hasta estamos volviendo a rodar en blanco y negro.

Los años 30 eran tiempos de ventiscas negras, no solo por las que levantaba el viento en las tierras agostadas de Oklahoma o Texas; también por las calamidades económicas y otras muchas sombras, como la aparición de los totalitarismos en Europa.

Casi casi como ahora: las catástrofes naturales se suceden, como anunciando el fin del mundo, la incertidumbre económica se abre ante nosotros como un abismo y asistimos a la misma debilidad de las democracias liberales, tomadas al asalto por los mercados, y a un resurgimiento del populismo más hiena en el viejo continente.
La extrema derecha irrumpe con fuerza en los parlamentos de media Europa y hay un cada vez mayor auge del racismo y la xenofobia.
Entonces se eligió a los judíos como chivo expiatorio. Hoy lo son los inmigrantes.

Los hechos lo demuestran: en Italia, en Alemania, la aparición de la English Defence League o Plataforma x Catalunya. Y entonces ve uno los opening credits de Carnivale y las imágenes de Mussolini, de Stalin y de miembros del Ku Klux Klan y piensa si no será una advertencia, una premonición hecha soberbias imágenes.

Ectoplasmas del pasado más vivos que nunca, por lo mucho que se están volviendo a agitar. Con el añadido nocivo del factor religión, algo inédito entonces. Pero que, extrañamente, también se recoge en la serie: no en vano el Mal lo representa un hombre de Dios. La metáfora, al menos para mí, es bastante obvia.

Total, que la vida es un Carnivale y, aparte la eterna lucha entre el Bien y el Mal (viva el capital!) y reconociendo a Rouco Varela como el Anticristo, el decorado para esta Segunda Gran Depresión parece aprovechado de una vieja película de los años 30 y aquí estamos todos, como errantes fenómenos de feria, atrapados en su larga serie de penurias y consecuencias... La última de ellas, no por previsible menos terrible.

Porque de ser cierto que la Historia se repite, y a veces lo hace con funesta simetría, todos sabemos lo que finalmente acabó sacando al mundo del hoyo de la Primera Gran Depresión.
Y fue precisamente una guerra.
Catastrófica pero de lo más estimulante para la economía.
Feliz 2012.

lunes, 26 de enero de 2009

Cinco minutos para la medianoche


Después de la Segunda Guerra Mundial, con los hongos de Nagasaki e Hiroshima flotando todavía en el ambiente, un grupo de científicos atómicos preocupados por la probabilidad entonces muy cierta de acabar todos nuclearmente churruscados, se inventaron una forma de medir la terrible amenaza: el Reloj del Juicio Final.
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Se trataba de calcular el tiempo que nos quedaba como especie en una esfera imaginaria cuyas agujas corrían hacia la medianoche, o sea, la hora última de la humanidad. Una cuentatrás macabra hacia el cataclismo que, en los momentos álgidos de la Guerra Fría, llegó a situarse a sólo cinco minutos de la hecatombe final.


A partir del derrumbe del Telón de Acero, la Guerra Fría alcanzó un punto casi de congelación, con lo que, al inicio de los años 90, la hora retrocedió hasta los diecisiete minutos antes del Apocalipsis.
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Hace poco, sin embargo, les dio por revisar la cuenta con la ayuda de Stephen Hawking, que ha vuelto a advertir no sólo de los consabidos peligros de las armas atómicas –de las que el mundo guarda todavía un numeroso arsenal- sino de otros adicionales como el cambio climático o las emergentes tecnologías biológicas.


Con lo que, según los expertos, de nuevo nos hallamos a cinco minutos escasos del desastre definitivo. El peligro es real: el mundo puede efectivamente desaparecer. Al menos tal y como lo conocemos. Porque quién sabe cómo será exactamente esta catarsis, que no tiene por qué ser nuclear. Digo esto porque, curiosamente, con este año que recién inauguramos, 2009, se acorta la distancia con otra fecha crucial en las teorías del fin del mundo: 2012. Quedan sólo tres años para entonces, el año que, según el calendario maya, marca el fin de un largo ciclo. Concretamente será el 21 de diciembre de ese año.


21 del 12 de 2012. Llamativa combinación, por lo que aquí se abren también cábalas y apuestas para los adictos a los numerología y su significado.
Los mayas, esa civilización misteriosa que de la noche a la mañana abandonó sus imponentes ciudades de piedra para no levantar cabeza jamás, respecto a esto no se andan con chiquitas: esa fecha indica un fin abrupto, radical, un punto de inflexión que hará borrón y cuenta nueva en la cronología de este viejo mundo.


Lo más horripilante es que con los mayas y su predicción coinciden otras religiones y culturas: los nativos americanos, los celtas, las profecías de San Malaquías (según las cuales andamos ya por el penúltimo papa, antes del que verá Roma arrasada a sangre y fuego), el Apocalipsis del enigmático San Juan y la interpretación que del I Ching hizo Terence MacKenna, estableciendo con sus 66 hexagramas un paralelismo con la historia de la humanidad, en lo que él denominó la onda temporal cero.
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Todas coinciden en señalar esa fatídica fecha como la que anuncia un corte drástico y definitivo en el devenir de la humanidad.
Quizá sea que contactemos con habitantes del espacio exterior (¿nuestros progenitores del duodécimo planeta?), posibilidad que han apuntado como cierta un nutrido grupo de científicos y hasta el propio Vaticano que, en uno de sus alardes de prudente diplomacia, emitió no hace mucho un comunicado en el que saluda, sin complejos, a nuestros hermanos extraterrestres (sic).
Por lo que pueda ocurrir...



Hay gente que desprecia al oráculo, pero el oráculo, después de encerrarse en su cueva y mascar hojas de laurel sagrado para propiciar el trance visionario, ya lo dijo en su momento: los diarios gratuitos, con la crisis, irían desapareciendo.
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Ya lo ha hecho Metro, de lo que me alegro especialmente (y siento ser así de mezquino pero uno, como humano al fin y al cabo, tiene sus debilidades, y la venganza es un plato que no conviene recalentar en el microondas).
Digo esto porque, hace ya unos años, me puse en contacto con ellos, ofreciéndome para colaborar, y me ignoraron olímpicamente; ni siquiera se molestaron en contestarme con un "gracias, pero no nos interesa" (algo por otro lado de lo más habitual en este país de informales).
Les está bien empleado, por maleducados, y por preferir que escribieran en sus páginas escritores ramplones como uno de barbas que no salía de los lugares más comunes y que me provocaba unos bostezos de hipopótamo.
Pues bien, ya me tomé la revancha. Lo que no imaginé en su momento es que fuera a ser tan temible.
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Respecto a 2012 y sus sucesos, las opiniones se dividen: para unos anuncia una catarsis brutal que implicará una regeneración moral y espiritual del ser humano; para otros (los más), traerá un desastre planetario de proporciones cósmicas o el punto final para nosotros como especie sobre la Tierra.
Mi vaticinio particular es que los profetas ya hablaron y sentenciaron: las señales son muchas, las hay por doquier y el sagaz es aquel, como dicen los Proverbios, que ha visto la calamidad y procede a ocultarse. Es decir, que más vale prevenir que curar. Y el que quiera entender, a Chueca y el que tenga ojos, que vea.
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¿Qué esperáis, que afine más en los pronósticos? No puedo. El convenio no me lo permite: es requisito primordial de los oráculos lanzar siempre mensajes lo suficientemente ambiguos como para que queden abiertos a mil interpretaciones, si no incurriría en grave delito profesional.
¿O qué queréis, desgraciados, que me echen del sindicato?
Y están los tiempos ahora como para buscarse otro curro...

lunes, 13 de octubre de 2008

De chantajes morales, libros malditos y lenguas muertas

Una de tantas agencias de comunicación me envía estos días un mail con un título de lo más sugerente: “Tú eliges entre Dios o Satán”,lo que para alguien como yo, que se columpia continuamente entre la fidelidad a uno u otro, suena a la típica pregunta que te hacen de niño mientras te pellizcan el moflete, la de a quién quieres más, si a mamá o a papá.

Por supuesto, picado por la curiosidad, lo abrí enseguida. Yo esperaba que me dieran alguna clave para decidirme definitivamente por uno u otro, con tablas comparadas de pros y contras, ventajas y desventajas; algo así.
Pero no. Cuál no sería mi shock cuando descubrí que dicha agencia promociona a la vez, y sin que parezca suponerles ningún conflicto, dos libros de contenido espiritual diametralmente opuesto, por no decir que practican kick boxing entre ellos si se les deja juntos sobre la misma mesa.


Uno es la "Biblia Satánica" de Anton LaVey, el llamado papa negro y fundador de la Iglesia de Satán, personaje siempre preferible al repugnante y sobredimensionado Alistair Crowley.
Su biblia contiene un mensaje mucho más positivo y revelador acerca de la verdadera naturaleza del diablo de lo que cabría esperar; digamos que no anda nada descaminado y es, desde luego, mucho menos temerario que el abad de Thelema.

El otro es el último best seller del tándem formado por Tim La Haye y Bob Philips, autores norteamericanos de novelas fundamentalistas cristianas bastante tremendistas en las que los protagonistas, guerreros de la fe, están siempre combatiendo las fuerzas del mal mientras el Día del Juicio Final se les echa encima.
Es más, según Tim La Haye, es sólo cuestión de tiempo. Y es que Tim, pese a tener nueve nietos, contempla un futuro bastante negro. La nota de prensa asegura que es experto en profecías, pero esto yo no me lo creo.
Profetas autoproclamados ha habido y habrá muchos, y llevan anunciando el fin del mundo desde que el ídem es ídem. Y lo cierto es que nunca acaba.

Lo más gracioso del asunto es que, el día que esto se vaya definitivamente a tomar por culo, por la causa que sea, no serán capaces de anticiparlo; les pillará por sorpresa, como a todos los demás.
Lo que es indiscutible es que la pareja La Haye-Philips reinventa el Apocalipsis en cada nuevo libro, embolsándose de paso unos cuantos millones de dólares.

Que la religión, especialmente en Estados Unidos, se haya convertido en un negocio obsceno no es nada nuevo.
Que la misma agencia de prensa promocione sin problemas dos libros tan radicalmente enfrentados sí es novedad, pero tampoco me choca ni me sorprende.
El dinero hoy día lo puede y ensucia todo. Es el fetiche de la tribu. El ídolo ante el que todos nos postramos y arrastramos como lombrices.

Conozco una farmacia opusina en Pop-zuelo donde, acogiéndose a una cláusula moral, se niegan a venderte preservativos, pero es la rarísima excepción que confirma la regla. Lo normal es que, cuando hay bisnes de por medio, sobren los escrúpulos.
Yo no sé por qué me dan a elegir entre Dios o Satán, si estamos todos vendidos al dinero.

El caso es que la última obra de ficción cristiana de Tim y Bob se llama “La escritura en la pared”, evocando el incidente que tuvo lugar milenios atrás cuando en el banquete de un pérfido rey babilonio una mano fantasmagórica trazó sobre el muro tres palabras misteriosas: Mene, Tequel y Uparsin.

No me voy a poner ahora a desentrañar su mensaje. Ya lo hizo por mí el profeta Daniel, con una interpretación entre creativa e intuitiva que pasó por aceptable. Unos dicen que las tres palabras pertenecían a la Lengua de Enoch, arcaico idioma celestial que hablaban Dios y los ángeles y que también entendía Adán.
Otros afirman que era la lengua de los habitantes de la Atlántida.
Vete a saber.

Lo cierto es que no hay mayor reto intelectual ni acertijo más fascinante que el que ofrece un lenguaje ignoto o secreto, testimonio de una cultura iniciática o de una civilización desaparecida.
Nada puede excitar más la imaginación que encontrarte con un código enigma o un lenguaje arcano que no se puede descifrar, como el del Manuscrito Voynich.

Encriptar el texto le confiere una doble carga mágica. Es reforzar su potencial. Y su misterio. Ahí radica principalmente el sex appeal de los conjuros y hechizos, de los tratados de alquimia, de los manuscritos inexplicables, de las inscripciones en piedras milenarias, de los jeroglíficos.
De las palabras enigmáticas que nadie conoce y cuyo significado se ha perdido en la noche de los tiempos.
A veces hay alguien cerca que es capaz de interpretarlas, como el profeta Daniel. Otras en cambio no, y permanecen ahí, herméticas, indescifrables, como runas o criptogramas de una lengua que quizá hablaban los dinosaurios o que tal vez nos fue enseñada por nuestros progenitores del espacio, esos dioses alienígenas que, según unos, provenían de Sirio y, según otros, de Nibiru, el duodécimo planeta.
De nuevo, vete a saber.
Aunque en este caso particular, y si es verdad que en 2012 contactaremos con ellos, ya nos sacarán de dudas.