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jueves, 7 de diciembre de 2017

Qué linda te ves, prinsesa


Mi sobrina Malena tiene dos años. Como buena chica del siglo XXI, le pones delante una Tablet con Pocoyo, Caillou y Peppa Pig y se obnubila. No la hables porque no reacciona; está en su burbuja. Hipnotizada. Y no voy a venir ahora conque el swipe le sale instintivo porque es mentira: lo hace porque está aburrida de vernos hacerlo a sus mayores. Los niños son como esponjas que lo absorben todo y blablablá, tú ya sabeh.

Con todo, he notado en ella una cosa curiosa: como chica trendy de su tiempo, le gustan Pocoyo, Caillou y Peppa Pig, pero lo que de verdad la engancha, lo que de verdad la conmueve y emociona son las historias de siempre, los viejos arquetipos, los cuentos tradicionales de niños: Caperucita Roja, la Cenicienta y, sobre todo, Blancanieves.



Mi sobrina Malena está obsesionada con las ‘cucas’, que es como ella llama a las brujas con su media lengua. No solo con ellas: como además haya madrastras crueles, enanitos, ogros, príncipes, manzanas envenenadas, hadas madrinas y cazadores que enseñan el corazón de un ciervo en vez del de la princesa, la niña disfruta como lo que es, como una enana. Yo francamente lo entiendo: en comparación con cualquiera de estos cuentos clásicos, un episodio cualquiera de Peppa Pig es la sala de TV de una residencia de ancianos.  

En el fondo no me extraña que mi sobrina prefiera los cuentos clásicos, con sus alegorías brutales que al fin y al cabo son la vida misma y no una versión edulcorada y naif. Y de esos cuentos clásicos, terroríficos y fascinantes a la vez como una noche de Halloween, ninguna versión mejor que las primeras películas de Disney. O early Disney. 



Una cosa que me gusta del inglés es esa distinción que hace entre la primera y la última etapa de un artista, entre el early Woody Allen, y el late Woody Allen, el early Almodóvar y el late Almodóvar, el early Bowie y el late Bowie, la early Madonna y la late Madonna, el early Picasso y el late Picasso… Yo, por ejemplo, noto mucho la brecha generacional en estos temas. A veces más que brecha son años luz.

Pero a lo que iba. Soy muy fan de las películas del early Disney, y es un valor que estoy tratando de trasmitir a mi sobrina, como también -si me dejan- que haga siempre lo que le salga del coño mientras no perjudique a nadie. En esto último tengo que luchar con demasiada interferencia, en lo primero no: ¿quién va a oponerse a que la niña vea una película de Disney?



Pues eso. Malena, conmigo, está revisitando todos los clásicos. Pero hay uno en especial que le fascina: Blancanieves y los siete enanos. Es que menuda maravilla de película, qué hito del cine, qué cumbre del gótico infantil. Por supuesto, ve la versión original, con ese doblaje dulce, a ratos empalagoso, pero entrañable y bellísimo.

Yo amo los doblajes primigenios de Disney. Por utilizar un adjetivo muy sudamericano, son muy lindos. Tienen muchísimo encanto, aunque a veces pequen de cursis -Spoiler alert: el de Pinocho es directamente insufrible-. El de Blancanieves y los 7 enanitos, sin embargo, es un doblaje muy bonito, como de cuento. A la película le viene que ni pintado.



Para ese doblaje se utilizó el que se conoció como español neutro, un intento de estandarizar el castellano para todos los hispanohablantes. El acuerdo se tomó en los años 40, y los doblajes se realizaron sobre todo en Puerto Rico. Fue el que prevaleció en los años 1950 y 60 en todas las pantallas de habla hispana, tomando como referencia el español de México.

En los hogares españoles, los televisores repicaban con un seseo indiscriminado y expresiones exóticas como ‘Ya váyanse’ o ‘qué bueno que viniste, viejo’. Nadie se enfadaba tampoco en esas series y películas: nomás se enojaban.



A partir de los años 1960 el español neutro cayó en desuso, y cada país hispanohablante realizó sus propios doblajes (Walt Disney España, por ejemplo, decidió romper el protocolo con La bella y la bestia). Hasta entonces, el español neutro había sido el estándar para todos. Y no solo en dibujos animados como los de Walt Disney o Bugs Bunny: también en series como Bonanza, Perry Mason, Ironside o Embrujada.

Todos ellos sonaban con ese melifluo y a la vez ambiguo acento hispanoide que  procuraba también recoger la diversidad de acentos (como ocurre en películas como Dumbo o Los tres caballeros y series como Pixie y Dixie, con uno de los ratones hablando con acento mexicano, el otro con acento cubano y el gato que los mortificaba, con un inconfundible deje andalú. Su expresión ‘Mardito roedoreh’ se hizo muy célebre.)


La bruja de Blancanieves en pleno subidón de belladona o cornezuelo de centeno. Solo hay que ver esa hermosura de pupilas dilatadas y esa expresión de trance. Si has acostumbrado a moverte por afters, la cara de la bruja resulta demasiado familiar.

Los nombres de los personajes también se doblaban: Road Runner pasaba a ser Correcaminos y Tweetie, Piolín (esto es algo que siguen haciendo: en toda Latinoamérica se conoce a Homer por Homero Simpson y a Doraemon por Robotín).

Todo esto me trae a la cabeza una de las guerras de youtube más candentes, la que hay montada entre las películas dobladas al español peninsular vs. el español latino. Menudas trifulcas en los hilos de comentarios. Por un lado los de allá: ‘Pinche español, gachupín, pendejo…’ Y es que, mientras los norteamericanos adoran el acento británico, en las repúblicas que fueron colonias españolas pasa todo lo contrario: nuestro acento les parece rudo, agresivo y prepotente. Muchos de ellos lo odian. Lo aborrecen. Sobre todo cada vez que oyen la palabra ‘gilipollas’. Les cruje los nervios.



Frente a esto se posicionan los ibéricos exaltados, generalmente con una cruz de Borgoña en su avatar y con Blas de Lezo como nick: ‘indio de mierda, gilipollas, anda y vete a hacer cosas de indio. Si no fuera por nosotros todavía estarías hablando en suajili.’

Polémicas youtuberas que no esconden un hecho: el español ibérico representa actualmente una minoría, una bolsa insignificante dentro de la inmensa comunidad hispanohablante. 
Nos estamos reduciendo a la anécdota: dentro de los 500 millones largos de hablantes de español, somos los únicos que nos referimos a la compu como ordenador y utilizamos el verbo coger para agarrar y no para chingar como hacen ellos, de California a la Patagonia. 
En no muchos años, nuestra forma de hablar será considerada dialecto y no patrón, y a lo mejor habrá que protegerla como a una especie en extinción, como se protege al lince.  
Aunque solo sea por estadística, fría como el acero, el futuro del español está en América. 



(Suspiro)


A ver si la insulsa de Peppa Pig te provoca estas reflexiones.

lunes, 26 de diciembre de 2011

La vida es un carnivale

No, no ajusten la pantalla de su monitor: han leído bien. Tal como están las cosas, la vida, más que el carnaval de azúcar que cantaba Celia Cruz, es un Carnivale. Algo mucho más sombrío. A tono con la atmósfera de la serie de televisión más excéntrica y esotérica... después de Twin Peaks y justo antes que Lost.

Y pudo, como Lost, tener seis temporadas, pero solo se quedó en dos. Por supuesto que te quedas con ganas de más, cuando lo que se rodó es apenas un aperitivo de lo que se planeó como redonda e intensa cosmogonía, inmaculadamente ambientada en la América de la Gran Depresión.
Para la que sirven de introducción perfecta los brillantes títulos de apertura.

Que abren con una serie de cartas del Tarot sobre la arena. Los naipes no representan las figuras tradicionales sino obras de arte famosas. La cámara se va introduciendo en algunas de ellas, penetrando en la escena hasta el fondo y enlazando con imágenes en blanco y negro de los años 30: una cola de desempleados esperando un plato de comida, el atleta Jesse Owens en las Olimpiadas de Berlín, el jugador de béisbol Babe Ruth, una marcha sobre el Capitolio, granjeros sacudidos por las borrascas de arena o el presidente Roosevelt soltando un discurso.

Tienen una cualidad morbosa que hipnotiza. Y la música que los acompaña, con ecos de la de los indios nativos americanos, solo refuerza el efecto. Evocadores y a la vez inquietantes, son de lo más visualmente potente que he visto nunca. Las imágenes están espléndidamente engarzadas en una secuencia espectacular que te engancha y te sobrecoge, especialmente en momentos como cuando el rostro de una niña se convierte en el del Arcángel Gabriel. Escalofríos. Cada. Vez. Que. Lo. Veo.
No es de extrañar que los premiaran con un Emmy.


Tampoco es casual que para acabar el año haya escogido unos opening credits más que unos títulos de cierre, porque estos, aparte de ser una obra de arte, pueden considerarse perfectamente aplicables al momento actual y, por tanto, proféticos.
No quisiera yo trazar paralelismos entre los años 30 y estos, pero ya recordé en un post reciente, Propellerheads & Shirley Bassey mediante, que la historia es solo un bucle que se repite y, a veces, se vive peligrosamente. O al menos, al borde del precipicio.

Quizá este momento histórico sea uno de esos. Y es alarmante cómo, al compararlo con los años 30, se antoja como algo más que su pálido reflejo. Las coincidencias, salvando matices, son muchas. Demasiadas. Si hasta estamos volviendo a rodar en blanco y negro.

Los años 30 eran tiempos de ventiscas negras, no solo por las que levantaba el viento en las tierras agostadas de Oklahoma o Texas; también por las calamidades económicas y otras muchas sombras, como la aparición de los totalitarismos en Europa.

Casi casi como ahora: las catástrofes naturales se suceden, como anunciando el fin del mundo, la incertidumbre económica se abre ante nosotros como un abismo y asistimos a la misma debilidad de las democracias liberales, tomadas al asalto por los mercados, y a un resurgimiento del populismo más hiena en el viejo continente.
La extrema derecha irrumpe con fuerza en los parlamentos de media Europa y hay un cada vez mayor auge del racismo y la xenofobia.
Entonces se eligió a los judíos como chivo expiatorio. Hoy lo son los inmigrantes.

Los hechos lo demuestran: en Italia, en Alemania, la aparición de la English Defence League o Plataforma x Catalunya. Y entonces ve uno los opening credits de Carnivale y las imágenes de Mussolini, de Stalin y de miembros del Ku Klux Klan y piensa si no será una advertencia, una premonición hecha soberbias imágenes.

Ectoplasmas del pasado más vivos que nunca, por lo mucho que se están volviendo a agitar. Con el añadido nocivo del factor religión, algo inédito entonces. Pero que, extrañamente, también se recoge en la serie: no en vano el Mal lo representa un hombre de Dios. La metáfora, al menos para mí, es bastante obvia.

Total, que la vida es un Carnivale y, aparte la eterna lucha entre el Bien y el Mal (viva el capital!) y reconociendo a Rouco Varela como el Anticristo, el decorado para esta Segunda Gran Depresión parece aprovechado de una vieja película de los años 30 y aquí estamos todos, como errantes fenómenos de feria, atrapados en su larga serie de penurias y consecuencias... La última de ellas, no por previsible menos terrible.

Porque de ser cierto que la Historia se repite, y a veces lo hace con funesta simetría, todos sabemos lo que finalmente acabó sacando al mundo del hoyo de la Primera Gran Depresión.
Y fue precisamente una guerra.
Catastrófica pero de lo más estimulante para la economía.
Feliz 2012.

miércoles, 10 de febrero de 2010

La madre del indie español



Fue, sin duda alguna, La Madre del Cordero, el grupo de la foto en blanco y negro.
Pertenecían a la hornada de artistas variopintos que, a finales de los 70, protagonizaron una floreciente escena folk que se movía entre lo politizado y lo bellotero.
Entre ellos destacaban nombres como La Charanga del Tío Honorio, María del Mar Bonet, Desmadre del 75, Nuevo Mester de Juglaría, Jarcha y hasta Fernando Esteso con La Ramona, aquel hit precursor de perlas del agropop posterior como El tractor amarillo o el gallinero del Koala.

En la de arriba aparecen los Templeton, una banda cántabro-asturiana que fue algo así como la revelación indie no sé si del año pasado o del anterior.
Sacaron un single que hablaba de una casa en el campo o en la montaña y que pretendía ser bucólico -digo yo- pero que con sus redobles sólo conseguía ponerme de los nervios.
Su imagen, por otra parte, es la que cabe esperar de un grupo indie, esto es, la más antisexy del mundo.

Nada que objetar. Es más: olé sus cojones.
Yo en el fondo les admiro porque se ponen el mundo por montera y carecen de cualquier prejuicio a la hora de vestirse y proyectarse.
Pero luego vino el gran chasco cuando descubro que ni siquiera eran originales.
Mucho antes que ellos ya estaba La Madre del Cordero, posando para las fotos de promoción con las mismas gafas y barbas, los mismos pelos y bigotes, la misma combinación imposible de chores y calcetines, las mismas piernas flacas y peludas...

Conque lo de Templeton no era ninguna novedad: ya estaba todo inventado por La Madre del Cordero.
Para ser sincero, ni sé qué música hacían, ni he oído nada de ellos ni me hace falta.
Su mérito principal, y grandísimo, es el de haber sido los absolutos pioneros de todo un modo de concebir la imagen desaliñada y la estética nada convencional de un grupo pop.
Como que si yo fuera indie, los tendría por gurús.
Pero como no lo soy, empiezo a entender que ese grupo seminal que fue La Madre del Cordero esté en la actualidad tan justamente olvidado.