La última vez que fui a Alcalá fue el día de agosto que se dio la noticia de la muerte de Lady Di la noche anterior en el túnel de Alma en París, huyendo de los paparazzi.
Yo no la recordaba tan monumental.
Pena que, a pesar de ese casco histórico que nada tiene que envidiar al de otras ciudades castellanas, sea una ciudad dormitorio más de Madrid, y eso que está a 30 kilómetros.
Se nota por eso que está maleada, viciada; no sé si me explico. El ambiente no es tan provinciano e inocente.
Cuando no pegan una paliza a una trans pasa a toda pastilla un macarra latino en su carro con su reggaetón a todo trapo.
A veces me olvido que aquí estaba esa discoteca que era Radical...
El aeropuerto de Barajas, engalanado para recibir a Himmler.
Sinceramente,
no puede ser que en este país no se pueda hablar con normalidad de ciertas
cosas. No es de recibo, por más que a muchos les parezca que sí, que haya un
periodo de nuestra historia sobre el que haya que pasar siempre de puntillas,
procurando no hacer ruido, sin molestar. Cuestión de estrategias ante un pasado
molesto: los avestruces esconden la cabeza bajo el ala, nosotros lo barremos
bajo la alfombra.
Himmler en Las Ventas, disfrutando de una tarde de toros en su honor.
Y esto no es
para nada sano. Los esqueletos en el armario solo se pueden ocultar durante un
tiempo: tarde o temprano hay que sacarlos a ventilar. Es como el grano que se
infla de pus pero no revienta, una especie de podredumbre interna que prefiere
dejarse pudrir más y más hasta hacer el ambiente irrespirable y la visión,
borrosa.
Y el pasado hay que exponerlo al foco, a la claridad. Aunque al
principio nos escueza, el efecto es terapéutico: si se anima a las personas a
soltar la mierda que guardan dentro, no sé por qué con un país va a ser distinto.
Nadie dijo que el proceso no fuera doloroso, pero se siente un enorme alivio,
liberados colectivamente al fin de una carga muy pesada.
Himmler desfilando por Gran Vía.
No se pueden mantener
zonas de sombra en nuestro pasado. Hay que derramar luz sobre todos sus
rincones; bastante oscura es esa época ya para hacerla más oscura. Lo habitual en este asunto, sin embargo, es correr un tupido velo. Y si te atreves a descorrerlo para que entre
aire y sobre todo luz aun a costa de descubrir mucho polvo y telarañas, siempre
te vienen con los mismos reproches: ‘Qué falta hacía hablar de eso’.
La misma que
hace que Mary Beard nos cuente cómo vivían los romanos. Es curiosidad histórica,
es conocer nuestro pasado, a veces sin más intención que esa. Pero aquí hay
ciertos callos sensibles que más vale no pisar.
Así las cosas, fui consciente
de que mi libro sobre la arquitectura franquista de posguerra, la que se
construyó principalmente en Madrid y toda España en la década de 1940, iba a
ser para muchos una provocación. Y más cuando me atrevo a
tildarla de ‘arquitectura fascista a la española’.
Escolta de guardia mora y esvásticas al paso por Madrid del jerarca nazi que diseñó la solución final para los judíos de Europa.
Por supuesto, ante mi osadía de llamar a las cosas por
su nombre, ya sabía de antemano que muchas personas me iban a arrugar el hocico
como si estuvieran oliendo bosta fresca. Y que otras se iban a acercar al libro
con una gran prevención. Contaba con ello. Era el precio a pagar y lo tenía
asumido. Pero no me ha hecho cambiar mi opinión. Es más, me reafirmo: la
arquitectura franquista de posguerra era una arquitectura fascista a la
española, y datos como el que voy a dar ahora -y que no mucha gente conoce- no
hacen más que darme la razón.
Entre mayo y octubre del año 1942 se celebró en Madrid una Exposición de Arquitectura Contemporánea Hispano-Alemana,
inaugurada por el mismo Franco en el Palacio de Cristal del Retiro.
Comisariada
por Albert Speer, el arquitecto de Hitler, y patrocinada por Pedro Muguruza
(autor del Valle de los Caídos y falangista acérrimo), la exposición fue todo
un éxito, sobre todo político.
Sobre ella
se dijeron entonces muchas lindezas rimbombantes, como que la monumental
grandiosidad nacionalsocialista significaba ‘ensanchar las perspectivas del
hombre, ensanchar las perspectivas del mundo…’ A los que la visitaron y
comentaron, la nueva arquitectura germana les pareció ‘la fiel traducción del
espíritu del Tercer Reich’.
Alguien también escribió: ‘Las nuevas arquitecturas
de España y de Alemania son paralelas al pensamiento político. El nuevo estilo
de las construcciones en España es consecuencia lógica de una voluntad y un
pensamiento colectivo. En el planteamiento y solución de estos problemas existe
una clara coincidencia entre los dos países’.
O viva la
amistad de los pueblos español y alemán, enlazados entonces por una parecida
unidad de destino en lo universal. Mientras la muerte de 7 000 españoles
empezaba a consumarse en el campo de Mauthausen, la España oficial de entonces
vivía deslumbrada con el poderío invencible de Alemania, para la que los
primeros años de la 2ªGM estaban siendo un triunfante paseo militar.
Los
generales africanistas españoles miraban a sus colegas alemanes con una envidia
y una admiración que eran incapaces de disimular, por más que muchos de ellos
fueran unos ceporros a los que las tácticas de la guerra moderna les parecían
jeroglíficos de Ocón de Oro.
Pero no solo los militares miraban sin disimulo a
la Alemania nazi. También lo hacían los arquitectos españoles afectos al
régimen, buscando inspiración para la nueva ‘arquitectura nacional’ que se
pretendía construir aquí. Su objetivo: imitar la grandilocuente arquitectura
alemana dentro de unas claves de estilo más españolas y enraizadas en nuestra ‘gloriosa
tradición’.
Por eso, con
motivo de la citada exposición, lo que aquí se esperaba era que, en un futuro próximo, ‘junto a
nombres de arquitectos alemanes como Troots, Ruff y Speer, o de arquitectos
italianos como Enrico del Debbio, el constructor del Foro Itálico, o Marcello Placentini, constructor del Estadio Urbis en la Roma de Mussolini, vivirán nombres
de arquitectos españoles.’
Seguro que Pedro Muguruza soñaba con formar parte de ese nuevo Olimpo. La exposición, por
cierto, se trasladó luego a Barcelona, donde al parecer, y según se cuenta aquí, provocó el mismo entusiasmo.
Así que
denominar a la arquitectura franquista de posguerra como ‘arquitectura fascista
a la española’ ni es exagerado ni está fuera de lugar, sobre todo cuando los
hechos históricos lo vuelven a corroborar tan tercamente.
Bibliografía:
‘El Valle de los Caídos: los secretos de la cripta franquista’ de Daniel Sueiro
(Sedmay, 1977-Argos Vergara, 1983).
Inauguramos hoy sección erótico-cultural con una colaboradora nueva que nos dará de vez en cuando su opinión picante, sexy y deslenguada sobre asuntos de actualidad y otras fruslerías. Se llama Miss Celánea y este, señoras y señores, es su debú.
"Hechas las presentaciones por mi web master, la Mistress paso a ser yo. Una mujer liberada, impulsiva, desprejuiciada y segura de sí misma que pisa firme con su tacón.
Muy ingenuamente pensé que doña Encarnación Flores era una de las mías, aunque llegara tarde a su momento de emancipación.
¿Que quién es doña Encarnación Flores?
Pues una señora que sale en un anuncio de ING que ya estarán cansados de ver, ese en el que unos hijos satisfacen el deseo de su madre al cumplir 85 años. Doña Encarnación es la madre y el deseo, que la lleven a una playa nudista.
Y aquí viene el chasco y la mala leche que me sube a estos exuberantes pechos míos.
Porque doña Encarnación no quiere ir a esa playa a participar, a ponerse en pelotas y ser una más, liberando su cuerpo al fin de décadas de represión y tabús sobre él, que eso sí que habría sido trasgresor. No: a doña Encarnación sus hijos la colocan vestida y sentadita en una silla de camping y hala, a disfrutar del espectáculo... A una distancia sanitaria.
Le falta tirar cacahuetes a los nudistas (que además dudo mucho que lo sean, aunque aparezcan discretamente desenfocados en segundo plano: no han tenido redaños ni para eso).
Habrá gente a la que el anuncio les parezca simpático, pero tiene trampa: es cobarde y casposo como una de esas películas bufas de la época del destape. Te da por pensar si la creativa de la campaña no era una madre superiora. Cae en los estereotipos de siempre, reforzando la idea de que todo lo que se sale de la norma es extravagante y no deja de tener su morbo. Como yo, que no tienen más que ver este cuerpo serrano que, por supuestísimo, se han de comer los cristianos y en general los creyentes de cualquier fe y los ateos y lo que haga falta antes que los gusanos.
A vivir que son dos días.
Por eso una entiende que doña Encarna no quiera perder el poco tiempo que le queda. Pero mujer, intégrate, libérate, no me sigas siendo una mojigata. He de reconocer que su actitud me pone un poco de los nervios. Me sale el lado dominatrix más punk y lo que me gustaría es darle una patada al taburete ese en el que está sentada.
Porque resulta que doña Encarnación no quería emanciparse, lo que pasa es que la señora es muy cuca. Ella lo que quería era fisgar. De haber sido yo uno de sus hijos, la habría puesto delante una puerta con mirilla. O una celosía morisca. Más morboso aún.
Porque al final es eso, nada más que morbo. Del mal entendido, del enfermizo, del malsano, no del que me gusta a mí y que me pone como una moto. El mensaje que trasmite el anuncio es de lo peor: una vez más, hace que todo lo que se sale de la norma sea contemplado como un show cabaretero entre lo pintoresco y lo grotesco cuando en realidad esconde libertad. Por eso atrae a los reprimidos, por esa vitalidad, voluptuosidad y valentía que exhibe con tanto descaro. Porque en el fondo la desean. Como a mí, que soy la encarnación volcánica de todo eso.
Quiero imaginar que la idea original de la agencia de publicidad era mucho más salvaje, con doña Encarna totalmente desinhibida, exhibiendo sus carnes pellejas en la playa, pero que fueron los clientes y su habitual estrechez de miras los que la echaron a perder.
Lástima. Podía haber sido un hito. Pero han preferido perpetuar los prejuicios de siempre. Una oportunidad perdida.
Por último, desde el cariño, unas palabras para doña Encarnación: señora, la próxima vez o se desnuda o se va a una textil, pero que sepa que una playa nudista no es un circo."
Jojojojooooó, es esa época del año otra vez. ¿Y qué ocurre? Que se nos llena todo de gnomos venerables de vibrante color rojo, papás pitufo soviéticos o maoístas. La marea verde podría seguir siendo verde que te quiere verde y más marea que nunca, pero por culpa del refresco más universal, se nos convierte en roja. Nada que objetar si nos guiamos por lo que este color significa para los chinos: alegría, fortuna y prosperidad. En el fondo es el más apropiado para estas fiestas.
Que es cuando uno se encuentra con estampas como esta, una auténtica invasión de muñecos de Papá Noel trepando por las ventanas. En algunos bloques, como este de las fotos, lo que parecen en la distancia es un comando de operaciones especiales intentando liberar el rehén que unas milicias terroristas, del Frente Grinch Antinavidad Capitalista, mantienen prisionero en uno de los pisos.
También parecen los miembros de un club de alpinismo urbano, que han decidido practicar escalada en la fachada del edificio. Y, si uno lo piensa bien, colgar a un Papá Noel de la ventana en esa postura incómoda, manteniéndose a pulso durante los 15 o 20 días de navidad (alguno aguanta así hasta febrero), es un poco como hacer vudú con el personaje.
Alguno he llegado a ver colgado bocabajo, en esta fachada sin ir más lejos, lo que no sé si equivaldrá a una especie de misa negra navideña.
Impresiones aparte, a mí esta escena lo que consigue es intranquilizarme. Viendo los muñecos ascendiendo piso a piso, me entra como un punto de aprensión. Hay algo inquietante en los muñecos, y siempre, en la trastienda oscura de nuestras mentes, pensamos que quizá puedan cobrar vida en algún momento.
Si todo se quedara en Toy Story, vale, pero es que también está Chucky. O las pelis de terror vieja escuela: si hay algo en ellas que me cruje a escalofríos es ver cómo se mueven los ojos de una muñeca victoriana sobre la mecedora o la repisa de la chimenea.
Este repelús atávico a los muñecos y sus muecas espeluznantes es lo que hace que, al ver esta fachada salpicada de ellos como garrapatas, se me ponga el vello de punta.
Sí, en teoría son solo eso, inofensivos muñecos, pero a mí me pasa que la fantasía se me desmadra como un potro desbocao y, con ese punto paranoico que tengo, de repente, más que de sonreír con ternura ante este simpático display navideño, me entran ganas de llamar a la policía o a un número de emergencias para decirles, con voz entrecortada por el miedo, que un ejército de diminutos hombres rojos escala la fachada de mi edificio con vete a saber qué intenciones.
Uno de ellos, en este mismo instante, señor agente, se está asomando por la ventana. Y no me gusta nada su expresión, esa máscara de 'vengo a traerte la felicidad' que en realidad esconde la mirada de un duende maligno.
Así que por favor, vengan cuanto antes, que aunque he atrancado todas las ventanas, estoy solo en casa, con muchísimos objetos de valor sentimental y al borde de un ataque de nervios.
Cristo tiene muchos rostros.
Y no todos son guapos, sonrientes y, sobre todo, bien nutridos.
Y ay de quien se obsesione morbosamente con el matrimonio gay o el fantasma de un laicismo agresivo y no reconozca a Jesús en el rostro de estos hermanos necesitados.
Derechito al infierno, que es esa incineradora non-stop donde, más que pecadores, van los hipócritas y los mezquinos.
Porque yo no sé por qué todos estos chavales tan devotos y tan dispuestos a movilizarse, venidos de todas partes del mundo, no se han ido con el mismo entusiasmo y fervor a Somalia a echar una mano, o dos.
Con el Papa en cabeza como gran jefe scout de la expedición, aunque sin esos vestidos de muñeca antigua, más bien un poco más de sport, botas Panama Jack y ropa del Coronel Tapiocca.
Pero claro, estos han venido aquí por el jolgorio que, aunque tengan la cabeza llena de blancas palomas, no dejan de ser jóvenes y de hervirles la sangre y más en agosto.
Me encantaría ser un multimillonario americano filántropo, a lo Bill Gates, para costear un serio y riguroso estudio sociológico de esta visita, haciendo especial hincapié en si se disparó entre las mozuelas asistentes el índice de embarazos no deseados y, en general, entre todos ellos, el de enfermedades venéreas.
Hay holiday resorts católicos como Lourdes o Fátima, y luego está este tipo de eventos, que es lo más parecido que tienen a un festival de música en Benicassim o Glastonbury.
Porque lo que esta gente entiende por un testimonio de fe es lo más parecido a seguir a dinosaurios mesiánicos del rock en una gira de grandes estadios.
Y la conclusión es la de siempre: no hay showbusiness como el showbusiness del Vaticano.
En un tris estuve de llamar así al post anterior, si bien al final triunfó el guiño a mi admirado Tim Burton, al que me une esa fascinación por lo gótico.
Como también me ha fascinado siempre el fenómeno de los visitantes de dormitorio, desde que lo descubrí en un número especial de la revista Más Allá dedicado a los ovnis que se publicó en 1991 y que aún conservo.
Es curioso, en ese monográfico de casi 250 páginas me fijé entonces en un intrépido reportero con unas gafas enormes que firmaba muchos de los artículos y reportajes y que no era otro que un jovencísimo Javier Sierra. Ganas me dan de escanear una foto que aparece de él en la revista, a toda página, posando ante la base militar de Roswell: es apenas un chaval.
Pues bien, gracias a esa revista supe por primera vez lo que eran los visitantes de dormitorio, Según esa paraciencia que es la ufología, es el sugerente nombre que reciben los alienígenas que se presentan en tu cuarto por las noches sin haber sido invitados. Normalmente, además, con las peores intenciones.
El proceso es el siguiente: estás en la cama y, de repente, notas una presencia extraña en tu habitación -en ocasiones, más de una-. Dominado por la inquietud y, por qué no decirlo, el pánico, no puedes reaccionar de ninguna forma porque te sientes como paralizado.
Tampoco eres muy consciente, ocurre todo como un duermevela, y le sigue una manipulación impertinente de tu cuerpo que incluye tocamientos obscenos, el implante de objetos extraños y hasta rapto, generalmente para conducirte al interior de una nave donde te tienden en una plancha o camilla para seguir explorando tu anatomía, sometiéndote a experimentos.
Esta sería ya la segunda parte, más conocida como abducción, que no tiene por qué suceder en todos los casos. Pero aunque no pase de una primera fase, la visita intempestiva y ginecológica que recibes por parte de seres misteriosos mientras estás durmiendo constituye, para muchos, una experiencia muy desagradable.
Suele dejarles traumados.
A estos visitantes, en la Edad Media, se les conocía con los nombres de íncubos o súcubos, demonios lascivos que adoptaban la forma de hombre o mujer para penetrar en tu habitación y, a continuación, penetrar salvajemente tus orificios y sentidos. Tú solo tenías que dejarte seducir. O no, lo que daba igual: toda resistencia era inútil.
Probablemente esto de los visitantes de dormitorio es un fenómeno extraño que ha ocurrido desde siempre.
Quién sabe si los modernos extraterrestres cabezones y de grandes ojos negros no son sino los herederos de aquellos demonios sicalípticos que se colaban en las alcobas medievales. A lo mejor unas criaturas y otras tienen relación y tan solo se acomodan a las supersticiones del momento.
Hay que tener en cuenta, sin embargo, que no todos los intrusos que se cuelan en tu cuarto o en tu cama tienen un aspecto repelente. A veces, según algunos testimonios, se aparecen como ángeles o seres de luz.
En cuanto a los demonios de la Edad Media, entonces se decía que se encarnaban en un cuerpo humano irresistible, bellísimos ángeles caídos con dildos de fuego entre las piernas que te abrasaban las entrañas y te hacían a la vez aullar de placer.
Algo parecido al famoso éxtasis de Santa Teresa, pero con más de coito diabólico que de arrebato místico.
Sobre este asunto todavía me acuerdo de la experiencia particular de una chica con la que viví hace años, a la que algo anómalo perturbó su sueño durante unas cuantas noches.
Por las mañanas se despertaba agotada, con la misma sensación que Rossy de Palma después de espabilar del sopor del gazpacho dopado. Mi amiga lo describía así: "es como si me hubieran follado viva".
Sabía que le habían dado un buen revolcón, pero sin poder aportar más detalles. De lo que sí estaba segura era de que había sido forzada: el ente, cualquiera que fuera, había luchado con ella hasta lograr abrirla de patas. Y me enseñaba, de hecho, una serie de moretones en los muslos y algún que otro arañazo que tampoco se explicaba.
La chica, ya digo, no recordaba nada. Solo le quedaba la sensación incómoda y difusa de que alguien la había violado en sueños.
Ya entonces comentamos que quizá se tratara de uno de los infames íncubos medievales, y ella se reía un poco nerviosa porque, aunque era una escéptica como yo, no dejaba de darle vueltas a lo que le sucedía por las noches con un punto de aprensión.
Aprensión que yo entendía, más que nada porque no es de recibo que te echen un polvazo sin ser tú del todo consciente.
De todas formas, si algún día me ocurriera a mí, y me entere o no me entere, qué menos que la criatura en cuestión tuviera la apariencia de Taylor Lautner.
Yo para los sueños húmedos, lo reconozco, tengo fantasías muy adolescentes.