martes, 17 de marzo de 2015

Si habanece y ves


Que estoy dormido, despiértame, que en esta ciudad hay muchas cosas que hacer y no es cuestión de perder el tiempo. Como cantaba Vicky Larraz en ese himno hedonista y vital que era Voy a mil, descansa tú por mí o duerme tú por mí que si algo bueno tiene La Habana es su vida cultural, riquísima, variada e intensa. Sobre todo en las dos principales avenidas de mi barrio, Línea y 23.

23 es la calle de los cines; en Línea abundan los teatros. Da gusto pasear por ellas un viernes o sábado noche: en las puertas de unos y otros se congrega una molotera* de habaneros esperando para entrar y disfrutar de la proyección o del espectáculo. Una lógica reacción ante una oferta cultural diversa y espléndida a precios, además, de lo más asequibles, lo que la hace tremendamente popular: las entradas de los cines, 2 pesos cubanos; las de los teatros, tanto si el espectáculo es dramático como musical, entre los 10 y 20.

Hay entradas que te pueden costar 30 o 40 pesos cubanos, pero hablamos de un Teatro Nacional o del Karl Marx en la 1ª Avenida y de la actuación de un artista como Silvio Rodríguez, por ejemplo. Si no, lo normal es un precio módico. Y la gente, en consecuencia, responde llenando las salas. La cultura, en La Habana, es un acontecimiento masivo.

Que me ha ayudado a descubrir un perfecto anfitrión y, a estas alturas, ya gran amigo: Gustavo López, subdirector del bellísimo y aristocrático Museo de Artes Decorativas. Lo conocí a través de otro entrañable personaje cubano, José Camilo Valls, que trabaja para el Ministerio de Cultura en calidad de freelance y que lo mismo te coordina un evento como el Congreso Mundial de Art Decó que te renta parte de su apartamento que le prepara un rodaje a Carlos Santana que se involucra de algún modo con la Bienal.


Gustavo López, subdirector del Museo de Artes Decorativas.

Fue él quien me llevó a conocer del MagicFlute, quien me habló del Porto Habana y, por supuesto, quien me presentó a Gustavo, seguro de que nos íbamos a llevar muy bien. No se equivocó. Y yo no se lo puedo agradecer más, porque conocer a Gustavo cambió mi vida aquí.

Como que a los dos días de conocerle ya me estaba invitando a su casa, dándome la oportunidad de conocer a ese pedazo de actriz y gran dama que es Miriam Socarrás, pasando en compañía de ella y de otros amigos suyos una velada inolvidable: me adoptaron enseguida como uno más de la familia, acogiéndome con un cariño que desde entonces solo ha ido a más.
Miriam Socarrás.


Y lo que son las cosas, por esas mágicas coincidencias de la vida, justo antes de venirme para acá, por aquello de ir ambientándome y también porque el cine cubano me encanta, vi por youtube la película Habanastation (O Habanastachon según la pronunciación local) en la que ella hace el papel de abuela del niño de barrio pobre. Quién me iba a decir a mí que la iba a conocer en persona.

Miriam fue durante años presentadora del Tropicana, te cuenta las anécdotas y peripecias mil de su larga vida dedicada a la farándula y es una mulata elegantona, exuberante, encantadora, siempre sonriente y con una clase natural que la convierte en el arquetipo de gran señora cubana.

Con ella, con Gustavo y con otro gran amigo de su círculo, Ernesto Rojas, bailarín y coreógrafo, fuimos un domingo por la tarde a ver Rent, el musical. El domingo es el día que normalmente dedicamos a explorar la cartelera, ya que Gustavo no trabaja los lunes por cerrar el museo. Antes de llegar a la Sala Bertolt Brecht, donde se representaba la obra, nos percatamos de que la luz se había ido en esa parte del Vedado. Y nos temimos lo peor: que se cancelara la función.

Pero no: tan solo se esperó, con el público reunido pacientemente en la puerta, sin perder la calma (están más que acostumbrados a este tipo de cosas) a que la corriente volviera al barrio, con lo que solo comenzó más tarde. Y la espera, os lo aseguro, valió la pena: qué puesta en escena fantástica, qué actores maravillosos, qué músicos, qué vozarrones. Un 10 para la versión cubana del musical, que todos disfrutamos salvajemente.

Ha habido tiempo también de saborear bocaccerías habaneras. Nada más conocerle, Gustavo tuvo el detallazo de invitarme al teatro. Pero no a un teatro cualquiera sino al Trianón, en Línea, sede de la compañía El Público que dirige Carlos Díaz, reciente Premio Nacional de Teatro y al que muchos consideran el Almodóvar cubano. Es trasgresor, irreverente y no hay obra suya en lo que no salgan desnudos o travestis, un morbo añadido a sus funciones.


El Teatro Trianón, en Línea


Los actores cubanos se matan por trabajar con él: es garantía de proyección y de éxito; lo más normal es que cualquiera de sus producciones rebase las 100 representaciones, lo que se celebra colocando en la fachada del teatro una placa para conmemorarlo. Le ocurrió con La Celestina o el Calígula de Albert Camus.

Su última puesta en escena: El Decamerón de Bocaccio, que va camino de batir otro récord, y eso que en ella no hay ni desnudos ni travestismos, aunque sí un tono muy picante y erótico-festivo. Pero claro, hablamos del Decamerón: no hacía falta darle más vueltas de tuerca en ese sentido; solo había que ser fiel al texto y darle ese atrevido toque personal.>

Que, en este caso, se centraba en las continuas referencias, directas y desvergonzadas, a la realidad cubana, en una recreación brillante que mezclaba la commedia dell'arte con la tradición del teatro bufo cubano.
Una versión muy particular del clásico de Bocaccio, canalla, bullanguera, una oda al libertinaje con acento guajiro y un ritmo desenfrenado que no concedía tregua a tus risas, divertidísima a tope con sus constantes e ingeniosos guiños a la realidad del país.


En uno de los cuentos del Decamerón en que se dividía la obra, el típico enredo sexual, uno de los personajes, al alegar mosqueado el dueño de la casa donde se ha quedado a dormir que le ha oído hablar por la noche –en realidad se estaba acostando con su mujer- es defendido por otro que dice: ‘Es que habla cuando está dormido, y no dice más que boberías.’ Y el aludido, como para darle la razón y fingiendo que delira, exclama: 
-Veo un McDonalds en La Rampa. Y un CDR** en Miami.

Me tronchaba, y conmigo todo el teatro, lleno, por cierto, de gente joven que disfrutaba con el ritmo loco, las provocaciones ingeniosas y las críticas nada veladas del director de teatro de moda.

El domingo 8 de marzo, Día Internacional de la Mujel, como dicen aquí, tocaba función de danza contemporánea en el Teatro Hubert de Blanck, un local pequeño y muy cuco en Calzada. Allá nos encaminamos Gustavo, Ernesto y yo –esta vez sin Miriam- para ver Punto Ciego, una producción de la compañía de danza de Rosario Cárdenas.

No estuvo nada mal, aunque la obra derrochaba agresividad –bueno, de eso se trataba: de todas esas cosas que crean fricción y conflicto en nuestras vidas diarias y que no queremos ver-. Todo esto se resolvía mediante movimientos espasmódicos, los chillidos de rigor, revolcarse por el escenario, desparramar basura y hasta mearse en él, todo, en resumen, muy danza contemporánea, producto y fiel reflejo de estos tiempos locos que nos han tocado vivir y que nos tienen a todos desquiciados. En ese sentido, la danza contemporánea más honesta no puede ser.


Para quitarnos de encima la desazón que nos dejó la coreografía violenta, fuimos a continuación al Teatro Raquel Revuelta, en Línea, a ver la obra Marx en el Soho de Howard Zinn.

Fue una función muy especial, en una sala pequeña arriba del todo del edificio: el grupo de espectadores fuimos guiados por un sinfín de empinadas escaleras, parecía que nos estaban conduciendo al palomar. Pero no, allá arriba nos esperaba una sala pequeña donde nos sentamos, bien apretaditos, para ver de modo cercano e intimísimo la actuación de otro gran actor cubano, Michaelis Cué, encarnando a un Carlos Marx con más tragedia que grandeza.


Una actuación conmovedora, no tanto por la proximidad –si Carlos Marx se llega a tirar un pedo, lo hubiéramos olido todos- sino porque al actor le salía de las entrañas. Bravo por Michaelis y su excelente interpretación de un Carlos Marx socarrón, con un infinito amor por su familia y los desheredados, maltratado por la vida, malinterpretado por los suyos y los otros –ellos, decía él- y, sobre todo, tremendamente humano.

Como tremendamente humanas son, al fin y al cabo, todas nuestras necesidades básicas. Hay gente que no considera la cultura una de ellas. Y probablemente sea cierto, ante la urgencia de comer o de, ya que hablamos de Rent, pagar el alquiler. Pero también es verdad que alimentar el espíritu ayuda a sobrellevar otras carencias más prosaicas. Es quizá la forma más sublime de escapismo de una dura realidad diaria: por eso los judíos, en los campos de concentración, formaban coros y orquestas. Por eso también los músicos del Titanic, impasibles, tocaron sus instrumentos hasta el último momento.

El Espacio Teatral Aldaba, también en Línea.

El mismo motivo por el que la vida cultural de La Habana te compensa largamente de todo lo incómodo y molesto que pueden tener otros aspectos de vivir en la isla. Como, por ejemplo, que al salir del teatro, oyéramos a un habanero correr la voz: ‘¡Hay papas en Zapata y 23!’ y, en consecuencia, hubiera desbandada hasta aquel lugar, corriendo todos con jabas*** y sacos para pillar unas cuantas libras de un producto, las patatas, que aquí normalmente brillan por su ausencia.

La vida cultural de La Habana es un bálsamo contra todo esto, un jonrón completo que te compensa de todos los strikes con que te golpea la vida, por utilizar terminología del béisbol, deporte nacional. A pesar de los rigores e inconveniencias del día a día, La Habana, Cuba entera, es una inmensa fiesta del espíritu. Puede que no abunden las papas, pero rebosa arte. Lo que en cierta forma viene a equilibrar las cosas, porque no hay hecatombe ni cáscara amarga que no pueda redimir en un momento dado un instante de alegría y belleza. Y de esos, aquí, sobran.

*Molotera: mogollón
**C.D.R: Comité de Defensa de la Revolución
***Bolsas de plástico

viernes, 6 de marzo de 2015