jueves, 14 de julio de 2016

Catalanidad, catalanité, catalanisme




A mí lo del nacionalismo, sea el que sea, me da mucha pereza.
Es que es una forma tan absurda de mirarse el ombligo, pensar que el hecho de haber nacido en tu parchecito de mundo es un regalo de dios... El solipsismo del género humano no dejará nunca de sorprenderme con su ingenuidad y tontería.
Que yo sepa, tu lugar de destino en la tierra no es algo que se elige: no recuerdo que hubiera grandes aglomeraciones ni tumultos en la ventanilla de 'Para ser español, que es algo muy grande que no se puede expresar con palabras, hay que vivirlo, formularios aquí' antes de que me embarcaran en el útero-cápsula para este mundo.
Podía haber nacido en España como en Malawi, y a lo mejor en ese caso habría sido adoptado por Madonna o por Bruno y mi vida sería entonces un típico ejemplo de blaxploitation.





Lo que quiero decir es que uno nace donde nace sin más intervención que el azar, también conocido en los antros mejicanos como la puritita casualidad y, entre los filósofos, como la contingencia absoluta. Tampoco te lo asigna nadie, un comité de sabios cósmicos o un boleto premiado de la lotería interdimensional. Un bebé español es lo aleatorio hecho carne, no el orgulloso ganador de un premio disputadísimo.
Porque eso daban a entender aquellas pegatinas de los coches que decían: 'Ser español, un orgullo. Madrileño, un título', y yo recuerdo que me preguntaba: vale, sí, pero estos títulos ¿quién los da? ¿La universidad de Miskatonic? Y sobre todo, por qué méritos.
A lo mejor es eso, algo kármico. y debe ser que fui tan bueno en otra vida que me dieron a elegir entre ser una encarnación del lama, un miembro de la familia Von Trapp o español.
Podía haber escogido también catalán porque, después de visitar el Rosellón, me he quedado con la cosa de que me estoy perdiendo algo.
En el antiguo departamento francés de los Pirineos Orientales son aún más catalanes que en Cataluña.






Y sí, esto es posible. Nada como cruzar la frontera por La Junquera para encontrarse con la exaltación de lo catalán como nunca antes habías visto.
Que ellos son catalanes es algo que te dejan claro a cada momento. Te ves de repente expuesto a una sobredosis de catalanidad que hace que senyeras y barretinas te salgan por las orejas. O debe ser que he pillado el ambiente muy susceptible con eso de que Manuel Valls ha reducido departamentos y los ha integrado en una macrorregión con los occitanos y ellos dicen que de occitanos nada, que ellos son catalanes, más catalanes que nadie, más que los mismos catalanes.
Como consecuencia de esto, lo catalán está por todas partes: tiene hasta sección propia de congelados en el súper, lo que de repente hace de lo catalán algo muy exótico, como si tuvieras que elegir entre saltamontes adobados o escorpiones fritos.
Las calles, cómo no, aparecen en doble versión rue/carrer, y se supone que aquí la gent parla catalá, pero es más postureo que otra cosa: en realidad casi nadie lo habla. El catalán, sin embargo, tiene prioridad sobre el castellano en todos los paneles explicativos de sitios turísticos y monumentos.





Esto es lo llamativo: nadie hace un drama. Lo que en España se tomaría como una provocación, a este lado de la frontera se vive con una naturalidad pasmosa. Y eso que aquí lo catalán está tan sobreproducido que a veces, de tan folclórico, cae en lo kitsch: parece un poco parque temático, la feria de lo catalán 24 horas.
Tienen hasta su propia mascota: aquí no verás toros de Osborne sino siluetas de burro. O hasta burros vivos, que llevan a manifestaciones catalanistas en el centro mismo de Perpiñán, junto al Castellet, en el que el orador hablaba un catalán muy gago jaleado por un gentío de personas que lucían un total look catalán y desplegaban una senyera enorme, familias enteras de patufets.
Lo más curioso de todo es que este übercatalanismo te produce emociones encontradas: te puede resultar muy empalagoso, hasta repelente, pero también muy familiar. Es una sensación peculiar. Ambivalente.
Quiero decir, que estás en Francia pero esa reivindicación de lo catalán, quieras que no, te incluye un poco a ti.
A mí, extrañamente, me hizo sentirme como en casa.

viernes, 24 de junio de 2016

Procesión cívica


Siempre he envidiado el concepto de procesión cívica que tenían griegos y romanos, esos desfiles solemnes de soldados, tribunos, cónsules y nobles doncellas que celebraban algún ritual público y que ocupaban todo el friso alrededor de un edificio.
Como además creo que procesiones religiosas ya tenemos bastantes, quería inaugurar yo mi propia romería laica y republicana.

Que comenzó el sábado 18 de junio por la mañana, en el Centro Espagnol de Perpignan, donde daba una conferencia dentro del programa de actividades del Festival PAD. Primera escala de la ruta y primer momento emotivo: la sala donde daba la charla estaba dedicada a Antonio Machado. Una evocación muy especial, como creo que lo es para todo compatriota que no tenga la sensibilidad de un gato de escayola.
De este otro poeta mártir podría decir muchas cosas, pero creo que el texto que subtitulaba la placa sobre la puerta ya lo definía perfectamente: 'Insigne poeta español y hombre de bien. Vivió y murió fiel a sus ideales.' Yo no podría haber hecho mejor briefing de la figura de Machado.

Y precisamente porque también procuro ser coherente con mis ideales, hice a continuación lo que consideraba un deber de conciencia: peregrinar con devoción a visitar su tumba en Collioure.
Era la segunda escala en mi procesión cívica, y era inevitable. Llevaba años soñando con hacerla. Además, te lo ponen en bandeja: te montas en un autobús, la línea 400, que desde Perpignan te lleva hasta allí y que solo cuesta un euro.
Es el viaje de las mil rotondas -ese invento francés, después de todo- y llegué por fin a Collioure con síndrome Dragon Khan, pero nada más bajarme del autobús, mareado todavía, lo primero que hice fue buscar el cementerio donde esta enterrado el poeta.
Es un cementerio pequeño justo en medio del pueblo y al que se accede, quelle casualité, por la Rue de la République, a través de una pequeña calle lateral: la de Jardin Navarro.














La tumba no tiene pérdida: la reconoces enseguida, antes incluso de entrar.
Me emocioné nada más verla. El viaje había sido un poco desquiciante con tanta curva, pero había valido la pena: al fin veía mi sueño cumplido. No quería morirme sin presentarle mis respetos a Machado.
Me llamó la atención que el lugar estuviera tan solitario pero en el fondo lo agradecí: estos momentos íntimos se disfrutan mejor en soledad.

A un lado de la sepultura hay un buzón donde la gente deposita sus notas, sus mensajes, sus poemas. 
De todos ellos se hace cargo la Fundación Antonio Machado de Collioure, que los recoge y guarda.





Parado ante la tumba, no pude evitar pensar en lo mucho que debió llorar el poeta lejos del hogar, hasta el punto de morirse de pena.
 A él, como a medio millón de españoles más, les habían dado una patada en el culo, expulsándolos de su propio país otros españoles que aunque proclamaban una España grande en realidad era muy estrecha.
El poeta terminó sus días aquí después de huir en desbandada, con lo puesto, haciéndole sentir como una rata a quien era un hombre afable, sabio y tierno, tan tierno que al final lo enterraron con su madre.

El recuerdo de Antonio Machado es de los que causa estremecimiento, y uno no es de granito. Al final, sin querer, se me humedecieron los ojos y una lágrima cayó en la grava del cementerio, y en la grava cayó una lágrima.
De repente me sentí ridículo: no había preparado nada para la ocasión, tampoco le había traído nada: una flores frescas (la combinación ideal, rojas, amarillas y moradas), una nota para el buzón, un poema, algo.

Se me ocurrió imitar a otros y dejar sobre la lápida una piedra, a lo judío. Lo improvisé pero me pareció oportuno, como reconocimiento a un hombre justo. De todas formas, sentí que mi presencia era suficiente.
Bastaba con estar allí y dedicarle un recuerdo.
Lo realmente importante es eso: que nunca le falte nadie que se acerque a recordarle.
















Aprovecho para decir que el poeta está bien donde está. Repatriarlo sería contraproducente: esta tumba es memoria histórica neta y bruta, por no decir descarnada. Si se trasladara a España probablemente se haría justicia, pero a cambio perderíamos un recordatorio eterno de lo que significó aquella tragedia colectiva.
Claro que una cosa es dejar a Machado allí, cubierto por el polvo de un país vecino, y otra bien distinta es despreocuparse de él hasta extremos bochornosos.
Los únicos que miman la tumba son los franceses. En su momento -febrero de 2016, en el 75 aniversario de su muerte- tuvo que ser la villa de Collioure la que adecentara la tumba y la adornara con una efigie del poeta en bronce.
Esto lo teníamos que haber hecho nosotros, con nutrida representación oficial.
No sé cómo no se nos cae la cara de vergüenza.


Collioure, por lo demás, es un enclave muy pintoresco al borde del mar, un antiguo pueblo de pescadores a 30 km de Perpignan entre montañas verdes rematadas por atalayas y castillos.
Puro Mediterráneo y muy fotogénico.
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A la izda., la playa urbana de Collioure, donde la Costa Brava pasa a hablar francés.
El pueblo no solo fue refugio de Machado, también de muchos pintores.
Entre ellos Matisse, que creó aquí el Fauvismo.


La siguiente escala en mi procesión cívica fue Argelés Sur Mer, a 25 kilómetros de Perpignan (parte de la ruta del mismo autobús, el 400).
Hoy es un holiday resort de largas playas, pero estas mismas playas hoy tan inocentes bajo este cielo azul, con sus bañistas locales y eurotrash, con sus hileras de chiringuitos y tiendas, fueron en su día campo de concentración de miles de republicanos españoles.

Habían cruzado la frontera en un éxodo masivo que provocó la caída de Cataluña en manos del ejército de Franco, y los hacinaron en un campamento improvisado aquí mismo, vigilados por soldados senegaleses y donde solo tenían arena, arena y más arena.


Más o menos a la mitad del largo paseo marítimo (o sentier litoral) se encuentra el monolito que lo recuerda, un sencillo menhir de piedra con una placa debajo en la que se lee:
'A la memoria de los 100 000 republicanos españoles, internados en el campo de Argelés durante la Retirada de febrero de 1939. Su desgracia: haber luchado por defender la Democracia y la República contra el fascismo en España de 1936 a 1939.
Hombre libre, recuérdalo.'

Y en efecto, hay que tenerlo muy presente aunque finalmente se ceda a la tentación de darse un baño en las playas de Argelés: lo que hoy es un luminoso lugar de vacaciones fue en su día un escenario dramático, con miles de españoles internados aquí mismo en condiciones infrahumanas.
Ellos, como Machado, tampoco merecen que se extinga el recuerdo.


Esto en Argelés Plage. En Argelés Ville, el pueblo, también puede visitarse otro lugar que te encoge las entrañas, el MUME o Museo Memorial del Exilio.
Toda la región del Rosellón está plagada de lugares que evocan la Retirada de 1939: en 2015, además, el primer ministro francés inauguró el Memorial de Rivesaltes, el campo de concentración donde iban a parar las mujeres y los niños. Debía haber ido acompañado del nuestro, pero bueno, un vaso es un vaso, un plato es un plato y de donde no hay no se puede sacar.
De haber sido un monumento a los triunfos de nuestra selección, habría estado el primero.
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Me habría gustado completar mi particular procesión cívica visitando la tumba de Azaña, pero otra vez será: Montauban me quedaba demasiado lejos, a casi 200 kilómetros.
Mi procesión de todos modos no acaba aquí sino el domingo en España, cuando regreso: será bajarme del AVE en Atocha, dejar el petate y correr al colegio electoral.
Hay razones poderosas, pero esta vez además el hecho de votar será para mí como saldar una deuda moral. Con Machado y con todos esos presos españoles en campos de concentración infames como el de Argelés Sur Mer o el de Rivesaltes.
Cuando caiga mi voto en la urna, irá cargado de intención. De simbolismo.
A un modesto nivel personal, ya que nuestras instituciones pasan de todo, también se puede reparar una injusticia histórica.

domingo, 29 de mayo de 2016

Mi X-periencia FB

Con el testimonio esta semana de Epaminondas Gumucio, guía turístico de Pripiat:

‘A estas alturas, creo que no podría vivir sin el componente folclórico de Facebook.
Es el colorante para paellas que le da color a mi muro de inicio. Me refiero a esos perfiles de amigos que postean continuamente homenajes a la Guardia Civil, a los lejías, a las fuerzas armadas y en general todo lo que lleve uniforme, porque ellos son muy amantes del orden y la autoridad.
Estoy seguro de que si se permitieran algún morbo sexual, sería el de lamer unas botas militares.
Aunque supongo que con encender la luz tienen bastante.

Son casi todos muy capillitas, con lo que la devoción al Cristo o Virgen local está asegurada.
Si además llega Semana Santa y a la imagen del Cristo o la Virgen la levantan unos legionarios, el orgasmo puede ser múltiple.
Dejan muy claro, en posts de rotación pesada, lo orgullosos que están de su bandera, acompañada a veces de un claim bastante agresivo: ‘esta es mi bandera, yo estoy muy orgulloso de ella, si tú no lo estás, pírate’.
Resultan un poco exaltados, lo sé, pero son el pimentón de mi muro de inicio.
No podría vivir sin ellos, aunque confieso que hay algo de masoquismo.
Musicalmente, por ejemplo, no tenemos nada que ver.
Sus greatest hits son la marcha real, la salve rociera, el himno de infantería y el Que Viva España de Manolo Escobar, ese gran clásico de borracheras de sangría.
Para ellos ser español es algo que hay que proclamar con orgullo a cada momento, no vaya a ser que me despiste y los tome por esquimales o la invasión de los ultracuerpos.
No conocen el término medio: si eres español y no te sientes rabiosamente español, hasta el punto de espumar por la boca, tienes un problema, y muy serio. Como de tener que seguir tratamiento médico.
Yo en el fondo les envidio. Me gustaría ser tan conformista como ellos. Ya les puede llegar la mierda al cuello, ya puede reventar el mundo que a ellos lo único que les importa y les hace felices es que la bandera rojigualda ondee bien hermosa en el balcón del ayuntamiento y no les falte la procesión de la Virgen.

En realidad son muy fans de cualquier tradición.
Digo yo que tendrá que ver conque la mayoría viva en pueblos.
Lo digo sin ningún tipo de desprecio, al contrario: en mi opinión, la España profunda luce un kitsch adorable.
Solo hay que ver las fotos de perfil de muchas de estas españolísimas mujeres, posando con un vestidito muy repollo en nochevieja o en alguna boda, comunión o bautizo, a ser posible con lazo en la cintura y tela de raso con bien de brillo. Suelen completar el conjunto pashmina o mantilla española.
Eso cuando posan solas, porque lo más habitual es que aparezcan en familia o en pareja, dando un sentido a su vida.
¿Qué más? Ah sí, la palabra ETA les produce convulsiones, su equipo de fútbol es el Real Madrid, ya vivan en Motilla del Palancar o en Illescas, y son furiosamente antipodemitas.’

domingo, 3 de abril de 2016

Obsolescencia empalada

O como leí una vez por ahí, 'no confíes en un PC que no puedas tirar por la ventana'.

Foto: Sonia Martínez.