domingo, 5 de febrero de 2017

Bienvenido, Mister Himmler

El aeropuerto de Barajas, engalanado para recibir a Himmler.

Sinceramente, no puede ser que en este país no se pueda hablar con normalidad de ciertas cosas. No es de recibo, por más que a muchos les parezca que sí, que haya un periodo de nuestra historia sobre el que haya que pasar siempre de puntillas, procurando no hacer ruido, sin molestar. Cuestión de estrategias ante un pasado molesto: los avestruces esconden la cabeza bajo el ala, nosotros lo barremos bajo la alfombra.

Himmler en Las Ventas, disfrutando de una tarde de toros en su honor.

Y esto no es para nada sano. Los esqueletos en el armario solo se pueden ocultar durante un tiempo: tarde o temprano hay que sacarlos a ventilar. Es como el grano que se infla de pus pero no revienta, una especie de podredumbre interna que prefiere dejarse pudrir más y más hasta hacer el ambiente irrespirable y la visión, borrosa. 
Y el pasado hay que exponerlo al foco, a la claridad. Aunque al principio nos escueza, el efecto es terapéutico: si se anima a las personas a soltar la mierda que guardan dentro, no sé por qué con un país va a ser distinto. Nadie dijo que el proceso no fuera doloroso, pero se siente un enorme alivio, liberados colectivamente al fin de una carga muy pesada. 

Himmler desfilando por Gran Vía.

No se pueden mantener zonas de sombra en nuestro pasado. Hay que derramar luz sobre todos sus rincones; bastante oscura es esa época ya para hacerla más oscura. Lo habitual en este asunto, sin embargo, es correr un tupido velo. Y si te atreves a descorrerlo para que entre aire y sobre todo luz aun a costa de descubrir mucho polvo y telarañas, siempre te vienen con los mismos reproches: ‘Qué falta hacía hablar de eso’.

La misma que hace que Mary Beard nos cuente cómo vivían los romanos. Es curiosidad histórica, es conocer nuestro pasado, a veces sin más intención que esa. Pero aquí hay ciertos callos sensibles que más vale no pisar. 
Así las cosas, fui consciente de que mi libro sobre la arquitectura franquista de posguerra, la que se construyó principalmente en Madrid y toda España en la década de 1940, iba a ser para muchos una provocación. Y más cuando me atrevo a tildarla de ‘arquitectura fascista a la española’.

Escolta de guardia mora y esvásticas al paso por Madrid del jerarca nazi que diseñó la solución final para los judíos de Europa.

Por supuesto, ante mi osadía de llamar a las cosas por su nombre, ya sabía de antemano que muchas personas me iban a arrugar el hocico como si estuvieran oliendo bosta fresca. Y que otras se iban a acercar al libro con una gran prevención. Contaba con ello. Era el precio a pagar y lo tenía asumido. Pero no me ha hecho cambiar mi opinión. Es más, me reafirmo: la arquitectura franquista de posguerra era una arquitectura fascista a la española, y datos como el que voy a dar ahora -y que no mucha gente conoce- no hacen más que darme la razón.


Entre mayo y octubre del año 1942 se celebró en Madrid una Exposición de Arquitectura Contemporánea Hispano-Alemana, inaugurada por el mismo Franco en el Palacio de Cristal del Retiro

Comisariada por Albert Speer, el arquitecto de Hitler, y patrocinada por Pedro Muguruza (autor del Valle de los Caídos y falangista acérrimo), la exposición fue todo un éxito, sobre todo político.



Sobre ella se dijeron entonces muchas lindezas rimbombantes, como que la monumental grandiosidad nacionalsocialista significaba ‘ensanchar las perspectivas del hombre, ensanchar las perspectivas del mundo…’ A los que la visitaron y comentaron, la nueva arquitectura germana les pareció ‘la fiel traducción del espíritu del Tercer Reich’. 
Alguien también escribió: ‘Las nuevas arquitecturas de España y de Alemania son paralelas al pensamiento político. El nuevo estilo de las construcciones en España es consecuencia lógica de una voluntad y un pensamiento colectivo. En el planteamiento y solución de estos problemas existe una clara coincidencia entre los dos países’.

O viva la amistad de los pueblos español y alemán, enlazados entonces por una parecida unidad de destino en lo universal. Mientras la muerte de 7 000 españoles empezaba a consumarse en el campo de Mauthausen, la España oficial de entonces vivía deslumbrada con el poderío invencible de Alemania, para la que los primeros años de la 2ªGM estaban siendo un triunfante paseo militar. 


Los generales africanistas españoles miraban a sus colegas alemanes con una envidia y una admiración que eran incapaces de disimular, por más que muchos de ellos fueran unos ceporros a los que las tácticas de la guerra moderna les parecían jeroglíficos de Ocón de Oro
Pero no solo los militares miraban sin disimulo a la Alemania nazi. También lo hacían los arquitectos españoles afectos al régimen, buscando inspiración para la nueva ‘arquitectura nacional’ que se pretendía construir aquí. Su objetivo: imitar la grandilocuente arquitectura alemana dentro de unas claves de estilo más españolas y enraizadas en nuestra ‘gloriosa tradición’.


Por eso, con motivo de la citada exposición, lo que aquí se esperaba era que, en un futuro próximo, ‘junto a nombres de arquitectos alemanes como Troots, Ruff y Speer, o de arquitectos italianos como Enrico del Debbio, el constructor del Foro Itálico, o Marcello Placentini, constructor del Estadio Urbis en la Roma de Mussolini, vivirán nombres de arquitectos españoles.’

Seguro que Pedro Muguruza soñaba con formar parte de ese nuevo Olimpo. La exposición, por cierto, se trasladó luego a Barcelona, donde al parecer, y según se cuenta aquí, provocó el mismo entusiasmo.


Así que denominar a la arquitectura franquista de posguerra como ‘arquitectura fascista a la española’ ni es exagerado ni está fuera de lugar, sobre todo cuando los hechos históricos lo vuelven a corroborar tan tercamente.


Bibliografía: ‘El Valle de los Caídos: los secretos de la cripta franquista’ de Daniel Sueiro (Sedmay, 1977-Argos Vergara, 1983).

domingo, 22 de enero de 2017

Llámame esnob que me pone muy cerdo


Todas las voces coinciden: Donald Trump ha llegado a la Casa Blanca gracias al apoyo decisivo de las clases rurales norteamericanas, la basura blanca que vive en caravanas y los rednecks del Medio Oeste, los de Biblia y semiautomática.
Todos esos desheredados del sistema que, hartos de que el establishment los ignore, le han hecho un monumental corte de mangas eligiendo a un supermillonario macarra que parece dispuesto a darles una buena patada en el culo a los políticos de Washington y a esos intelectuales y actores de Hollywood que les miran por encima del hombro y los tratan de forma condescendiente.

En Estados Unidos esa reserva de votos se ciñe sobre todo al centro y el sur del país, con su cinturón de la Biblia y ese estado guardián de las esencias de AmeriKKKa que es Texas.
En España, desgraciadamente, el cazurrismo-leninismo es una cosa mucho más extendida: no solo se desparrama a lo ancho como una mancha de aceite, pringando hasta el último de sus rincones, sino que también chorrea desde arriba (trickle-down) y desde abajo (trickle-up), en un flujo-reflujo continuo que hace que este no sea país para espíritus refinados. Este es un país tosco para gente tosca, donde triunfaron masivamente el eskai y el gotelé. Con eso te lo digo todo.


Aquí hace falta un buen pulido, empezando por arriba. Porque el problema principal de España es que nuestra élite -social, política y cultural- no es nada exquisita, al contrario, es de lo más convencional y cateta. Aquí los que mandan son más de palco VIP del Real Madrid, toros, procesión y antes todavía, con la reina Sofía, te iban a un concierto de música clásica; ahora que la nueva reina es indie, ya ni eso.
Siempre lo digo, a los Estados Unidos se les puede criticar por un millón de cosas, pero si algo tiene la élite de allí es que culturalmente se significa: cuando no te llenan la Metropolitan Opera House de Nueva York noche tras noche, financian la construcción del ala de un museo -que luego llevará su nombre, eso sí- o una nueva biblioteca pública.
Aquí lo que más se acerca a eso han sido los Botín con su festival de piano en Santander. Y pare usté de contar. Las señoronas de aquí se preocupan más de ir a misa y de ponerse en la cola de una jura de bandera por enésima vez, a ser posible con peineta y mantilla.


Eso cuando no bajan a la verbena o a la romería a mezclarse con la plebe y comer churros con las modistillas, adoptando su mismo lenguaje castizo y fetén.
Desde luego, cómo se notaba que la exreina Sofía -esa esfinge inescrutable a la que yo admiraba por su dominio absoluto de la inteligencia emocional- era extranjera. Más alemana que griega, todo hay que decirlo. Eso explica que fuera tan melómana y que introdujera aquí ese gusto delicado por la música clásica y sus grandes intérpretes. Ante el pasmo sobre todo de su marido, al que la actitud de su mujer debía desconcertar; no me extraña que se distanciaran.
Aquí, de toda la vida, los reyes han sido más de ir a la zarzuela o a la revista de cuplés picantes, de incógnito o no, con la única intención de liarse con alguna de las vicetiples o coristas. Esa campechanía borbónica que no se pué aguantar.
Ahora en serio, ¿alguien piensa en el rey emérito como en alguien que no tuviera unas aficiones más bien de macho ibérico bastante básico? El amor por la cultura a alguien se le nota, y don Juan Carlos, con todos mis respetos, ni lo tenía ni lo trasmitía.
Para qué pedirle más: era el rey perfecto para este país de cazurros donde la cultura ni se aprecia, ni se valora y además resulta sospechosa porque es un nido de rojos.
Aquí, de la choza al palacio, todo es cutre pero presuntuoso y el mal gusto es religión. España es el imperio de la caspa que, para colmo, se toma demasiado en serio a sí misma.



Con este panorama desolador, si desde las instituciones y el establishment no se muestra sensibilidad alguna, ¿qué se puede esperar en las ca(s)pas de abajo? Y esto se refleja en tantas y tantas cosas… En cómo tratamos nuestro patrimonio arquitectónico, por ejemplo. El escándalo más reciente: la demolición de la Casa Guzmán a la que alguien -cómo no, en un comentario de FB o de algún diario digital- describía como ‘cubículo desarrollista con persianas’.
Peor era la cantidad de gente que coincidía con esa opinión: la vivienda ya irremisiblemente perdida de Alejandro de la Sota era un adefesio y la nueva casa construida en su lugar era mucho más bonita, dónde iba a parar; eso era una casa-casa, con sus pisos, sus ventanas alineadas y el siempre distinguido tejado de pizarra.
Pa-le-tos, piensas, y el suspiro que sueltas te sale del alma y es posible que llegue a las costas de Florida con categoría de huracán.
Es que la realidad es muy dura: vives en un país de gañanes. ¿Esto me hace elitista? Sí, por favor: agitado pero no revuelto. Ración doble.


Llámame esnob, oh sí, oh siiiiiií, que me pone muy cerdo. Pero es que hechos como este, este otroeste también y otro más me dan la razón.
Bienvenidos al país donde la gente arrasa alegremente con yacimientos arqueológicos o el cementerio musulmán más grande después de la Jurado para construirse el 'chalet', que además, para terminar de rematar la faena, será de lo más feo y pretencioso, con balaustrada barroca de yeso, estatuas griegas de escayola por el jardín y carpintería metálica de aluminio por todas partes.
La ignorancia más atrevida, a la hora de exhibirse, es de una vulgaridad manifiesta.



A propósito de esto,  no hace mucho descubrí en youtube una serie de la BBC que me enganchó desde el primer episodio: Restoration Home. 3 temporadas y me ha dejado con hambre de más. Y sí, lo admito una vez más: soy un esnob y un anglófilo irredento; como para no serlo cuando comparas sensibilidades de aquí y de allá.
La serie trata de distintas casas y mansiones antiguas -hasta castillos- adquiridos por particulares y restaurados por ellos mismos con un amor y una dedicación que más quisiéramos aquí.
Entre ellos hay algún arquitecto y urbanista, pero la mayoría son gente corriente con los oficios más variados: desde la que lleva un estudio de diseño gráfico a un chico en paro pero muy manitas que se curra él solo toda una iglesia victoriana, pasando por profesionales de la construcción o un exportero de discoteca.
Todos sin embargo tienen lo mismo en común: el respeto hacia la arquitectura y la historia de la casa que han comprado y que tienen la intención de convertir en su nuevo hogar familiar.
No siempre cuentan para ello con subvenciones. En la mayor parte de casos, el dinero lo ponen íntegramente de su bolsillo.
Y no reparan en gastos porque para todos ellos invertir en un sitio para devolverle su historia y su identidad es motivo de orgullo.
Son muy conscientes de poseer algo único.


Un dato más: casi todos los edificios que aparecen en la serie tienen algún grado importante de protección, con lo que los nuevos propietarios se ven obligados a colaborar con la junta de conservación o la dirección de patrimonio local que supervisa directamente las obras, después de darles su aprobación.
Algo que los propietarios asumen sin problemas, aunque en ocasiones les fastidie no poder reformar la cocina como querían.
Aun así, acatan lo que les dicen. Aquí nos faltaría tiempo para hacerle una pedorreta al técnico de la dirección de patrimonio según saliera por la puerta para acto seguido decirle al albañil rumano al que se está pagando en negro que tire ese arco ojival para ampliar el dormitorio. ‘A mí no viene nadie a decirme lo que puedo o no puedo tocar. Es mi casa y hago en ella lo que quiero.’


Ole, ole y ole. Esa es la actitud. Tan española para mal. Aquí la gente está tan confundida que, si se encuentran una chimenea Tudor, la quitan rápidamente por viejuna y la sustituyen por una moderna, de serie y a ser posible con detallitos de latón dorado.
Ay, el latón dorado. Nuestra perdición. España es el reino del latón dorado. Mira que nos gusta.
A propósito de esto, en twitter acaba de de abrirse una cuenta-hilo, #PuertasDeMadrid, para inventariar gráficamente las pocas puertas de carpintería antigua que quedan en la ciudad. Y me parece muy bien. Pero también lanzo la pregunta: ¿con qué se sustituyeron la mayoría de esas puertas de madera, después del pertinente acuerdo de la junta de vecinos? Con otras de lo más vulgar, puertas de forja industrial que no tienen puñetera gracia ni encanto pero en las que, eso sí, no faltan los adornos de latón dorado.


Dentro de los portales ya ni te cuento. La gente es tan ridículamente pretenciosa que, en cuanto tienen oportunidad y presupuesto, arrasan con una decoración alfonsina, modernista o art decó para chapar todo con falso mármol y sustituir las lámparas antiguas por esos apliques guachafos de tulipa blanca y latón dorado.
‘Es que esto tiene más clase’, te dicen.
Y te preguntas por qué no los estrangulas. Por qué te contienes. Qué te lo impide.
En vez de eso, sensatamente, te limitas a poner los ojos en blanco y murmurar: ‘España, camisa de latón dorado de mi desesperación’. Para qué molestarse si en el fondo es una batalla perdida y, además, como se está viendo estos días, la idiocracia se está apoderando de todo.
Unos entran en pánico. Yo prefiero apartarme discretamente a un lado y dejarlos a sus anchas, a ver si revientan.


Sé que me está quedando una entrada muy Javier Marías, así como de cascarrabias tiquismiquis al que le irrita hasta su propia sombra, pero tal como están las cosas, me reafirmo: 'Je suis elitiste'. Pertenezco a esa clase urbana cultivada y liberal que desprecia a toda esa gente sin criterio, sin gusto, sin luces, sin estilo. Sí, los desprecio con todas mis fuerzas. Tanto como ellos me desprecian a mí.
Y si ellos no tienen intención de ceder -al revés: van camino de dominar el mundo-, yo tampoco. Sin sentir por ello ningún tipo de complejo o culpa, como no lo sienten ellos. Podrán ser la mayoría, pero no tienen razón. Claro que para qué molestarse en convencerlos de lo contrario, si no tienen remedio con lo poco que ponen de su parte: son como son y están encantados.
Además de que malditas las ganas que tengo de redimir a nadie. Bastante tengo con redimirme yo.

jueves, 5 de enero de 2017

El año en que morimos de cuñadismo


También conocido como 2016. Un año cenizo. Nefasto. A veces terrorífico. Un verdadero annus horribilis para la humanidad, más que eso, una ordalía.
En el que, para colmo, no han dejado de resonar en el ciberespacio español una serie de frases hechas, como esas locuciones grabadas que se repiten hasta casi volverte loco: 'Gracias por mantenerse a la espera. Su llamada será atendida en breve'.


Es fácil explicar este fenómeno: hay frases que se convierten ellas mismas en memes.
También tienen mucho que ver con el zeitgeist, esto es, ese espíritu inefable que sopla en cada época y que alienta histerismos y hipsterismos varios.
Algunas de estas frases-meme son refranes, lo que proporciona al ciberespacio español un acogedor ambiente tabernario, y es fácil imaginarte a la gente posteando con un palillo de dientes en la boca.


Ha sido intención de este post recopilar las 10 frases-memes de ese-año-del-que-usté-me-habla, después de un rastreo intensito en dos filones inagotables: los comentarios de usuarios en FB y los de los lectores de diarios digitales.


Como que, en este sentido, la prensa on line vapulea por goleada a la tradicional, la impresa. Son casi lo mejor, los comentarios de los lectores, influyentes o no, anónimos o multinick. Yo es que me lo paso como un adultescente cazando pokemons.
Ha sido la gran aportación de la prensa digital, ese rico salseo en la disparidad de opiniones y la desvergüenza trolera en los comentarios a sus noticias.
Comparado con esto, ¿quién se acuerda ya de aquella formalísima sección de 'cartas al director'? Por favor, qué cosa más aburrida y triste.


Y aquí van por fin, sin extenderme más:
Las 15 frases estrella de la ciberesfera española en 2016:

1. A disfrutar lo votado. Lo gracioso es que es un reproche indiscriminado: sirve para cualquier votante, tanto para los peperos como los sosialihtah del susanato andaluz como los podemoides de los ayuntamientos del cambio.

2. Con Mahoma/Alá no hay huevos. Otra variante: 'Esto no hay cojones de hacerlo en una mezquita', con lo que ya estamos tardando en hacer un reality en el que los concursantes tengan que ejecutar una serie escalada de actos provocativos dentro de una mezquita, de la que irán siendo expulsados por una turba de imanes furibundos y barbudos si no superan las pruebas. Y el que gane, a las Barbados.

3. No hay más ciego que el que no quiere ver. Que España sin su refranero sería media España.

4. España país de pandereta. Aquí no sé qué pensar. Se supone que asociar nuestro país a este instrumento tan elemental y rustico es como algo negativo, pero me permito recordar que fue una humilde pandereta la que dio todo su encanto y dignidad al Dancing Queen de Abba. Esto aparte, un instrumento que George Michael meneaba de forma tan sexy no puede ser tan malo.

5. Ganas de reabrir heridas. Hay cosas más importantes de las que ocuparse. Siempre en el contexto de la aplicación de la Ley de Memoria Histórica, la apertura de fosas, los bebés robados y otros X Files de la historia reciente española.

6. La gente tiene la piel muy fina (variante: se la cogen con papel de fumar).  Todo hay que decirlo: describen una realidad. He visto rayas de cocaína más anchas que el umbral de tolerancia de muchas personas en las redes sociales. No sé si Clint Eastwood tendrá razón al decir que nos hemos vuelto unas nenazas, pero sí es verdad que antes la gente encajaba mejor que les pisaran el callo.


7. Donde no hay mata no hay patata. Más refranes. A veces tienes la impresión de haber parado a tomar algo en un bar de Talavera de la Reina.

8. Cuando el tonto coge el camino (o la linde) se acaba el camino pero el tonto sigue. Refranes non-stop. ¡No se quede sin el suyo! Yo personalmente esta pereza mental la entiendo: ¿para qué vas a aportar algo de ingenio propio al debate si ya cuentas con este vasto tesoro de sabiduría popular? Además de que son sentencias incontestables.

9. Esto es lo que produce el buenismo y el dejar entrar a todo el mundo. Que suelen ser también los que escriben esto: 'Que respeten las costumbres de mi país como yo en su país tengo que respetar las suyas.' El mismo nicho.

10. Ironía modo on. Al parecer, hay que hacerle ver a la gente que estás siendo irónico porque algunas personas no distinguen estas sutilezas y se lo toman todo al pie de la letra. ¿Te lo puedes creer? Pues sí. También lo usan los imbéciles que piensan que los demás somos incapaces de captar una ironía.


Más, por supuesto, un millón de frases con la palabra cuñado o cuñadismo en ellas, del tipo 'ya salió el cuñado', 'cuñadismo en estado puro' o, simplemente, 'cuñaooo'.



Por último, de entre todos los leídos en la prensa digital, quisiera destacar un comentario de Ramón Lamas en eldiario.es para el que va My choice award 2016:

'¿No es tan humano un culo bonito como una inteligencia brillante?'

No podría estar más de acuerdo.

viernes, 23 de diciembre de 2016

Felices fiestas de invierno


Os deseamos a tod@s la Reina de los Peluches y este blog.
Y que a partir de estos días de tinieblas el Sol Invicto vuelva a traernos más y más LUZ, que la necesitamos.

martes, 13 de diciembre de 2016

Pesadilla antes de navidad 2


En una de sus experiencias más alienantes y emocionalmente más perturbadoras, la reina de los peluches -de naturaleza ingenua- fue seducida vilmente y hecha prisionera por un malvado grinch sin sentimientos. Sus mimosos súbditos de felpa, ya de por sí blanditos, quedaron desconsolados.
Durante días que parecieron interminables, el cruel grinch la tuvo encerrada en su castillo de piedra y hielo, donde ella pasaba mucho frío, echaba de menos sus pastillas para dormir y, pese a sentirse más trapo que nunca, no desesperó del todo: una y otra vez trató de escapar hasta que por fin lo logró.
Justo a tiempo para repartir sus muñecos por todos los hogares del mundo en navidad.
Si por casualidad la sorprendes entrando en tu casa, trátala con dosis doble de suavizante: todavía padece de estrés postraumático y se sobresalta con nada.

Et merci à Sylvie Quémerais, la vraie majesté des peluches.

lunes, 5 de diciembre de 2016

El socialismo no es nada Mad Men


Estos días, con la muerte de Fidel, se ha vuelto a hablar otra vez -y hasta la extenuación- de la escasez en Cuba.
Y sí, entre el embargo americano (que ha hecho mucha pupa, asfixiando la economía de la isla durante décadas) y lo que los propios cubanos llaman ‘el bloqueo interno’ y que no es otra cosa que el desastre de organización y gestión entre ellos, el estereotipo cuñadísimo del papel higiénico se cumple.


Otra cosa que no abunda en Cuba son las bolsas de plástico.
Lo que no deja de ser positivo: al menos allí no tienen esos problemas de hiperinflación que tenemos con ellas no ya en Occidente, también en China, donde las bolsas de plástico deben duplicar o triplicar ya la población, mientras que en el mar Mediterráneo no está muy lejos el día en que acaben flotando más bolsas que medusas.


Como en Cuba hay pocas jabas, no te ocurren historias para no dormir como la que yo viví una vez en Madrid, cuando, transitando por una calle solitaria, una ráfaga de aire levantó de repente ante mí un remolino gigante de papeles y bolsas de plástico que me produjo sudor frío.

No sabía qué hacer, si esperar, como Moisés, una revelación de esa imponente columna de desechos que parecía haber alzado Yavé, o salir por piernas, corriendo por mi vida, porque también me sentí amenazado, como si esas bolsas de plástico hubieran cobrado vida y fueran a atacarme.
Fue una de las experiencias más inquietantes que he tenido nunca.


Será por ese componente tétrico que tienen que en Irlanda llaman bragas de bruja a las bolsas de plástico que se quedan enganchadas y agitándose al viento en las ramas de los árboles.
Imagínate la escena: noche cerrada, tú errando por esos caminos de Irlanda y oyes el flapflapflap de una de estas bolsas en los arbustos de brezo y el susto te lo llevas.
En Cuba están a salvo de todo esto: ni hay tornados de plástico ni bragas de bruja de Halloween.


Allí las bolsas de plástico son un bien escaso, y las pocas que ves no llevan publicidad ni logo ni nada.
Son blancas, sin más, y no te negaré -acostumbrado como estoy a lo contrario- que las encontraba desnuditas, como que les faltaba algo, un logo, un diseño gráfico, unos colorines corporativos. Pero ahí está uno de los rasgos que definen un sistema socialista: no hay publicidad. Ni en la tele, ni en la calle ni en ningún lado.
Las pocas vallas publicitarias que hay se reservan para ensalzar la Revolución y sus héroes.
Cuba entera parece sometida a un Adblock.
Al principio no te das ni cuenta, tardas en reparar en ello pero, cuando por fin lo haces, tampoco es que la eches de menos.
La publicidad, digo.
Al contrario, no sabes lo que se agradece.


A algunos, sin el adorno colorido y ruidoso de la publicidad, les puede parecer un paisaje triste y desangelado.
Es lo que sentían muchos viajeros occidentales cuando visitaban los antiguos países europeos del bloque del Este. La impresión era siempre la misma: uniformidad y grisura.
Muchos de hecho sostienen que este fue uno de los más poderosos motivos por los que colapsó el campo sosialista (que dicen en Cuba). Les faltaba la fanfarria tentadora de la publicidad, con sus melodías más pegadizas que los solemnes himnos del Partido y eslóganes mucho más inspirados e ingeniosos que los revolucionarios.
En plena guerra fría, si algo hizo mella en el espíritu de muchos alemanes orientales, fue el escaparate vibrante, luminoso, sexy y multicolor en que se había convertido la Unter den Linden en Berlín Oeste.
Eso sí que minó la moral. Según estas opiniones, fue la más eficaz contrapropaganda.
Y es muy posible que tengan razón.


Pero chico, cuando no tienes la matraca cansina de la publicidad zumbando y asaltándote por todos lados en todo momento, qué tremendo descanso. Toda una cura de reposo, visual y mental. No hay alivio comparable a eso.
Tres meses sin que me rebosara el buzón de octavillas y folletos, tres meses sin spam, sin esas interminables pausas de 7 minutos para comerciales en televisión, sin tener que sortear las ventanas y pop-ups que se te abren al clicar en las noticias de un diario digital, tres meses SIN.
Toda una cura détox.
Lo mejor de todo: nada traumática. Es una terapia de choque de la que ni te enteras.


Porque se habla mucho de la contaminación por humos y de la lumínica pero muy poco de la publicitaria, que allí donde se despendola a gusto, es peor que la peste.
Lo que no sé es como no la ha demandado nadie todavía por acoso. Incordia a todas horas, en cualquier medio o soporte. No hay bicho más irritante y molesto. Desde que te levantas hasta que te acuestas, no te deja en paz. Es ubicua y superinvasiva: aturde, atora y satura hasta que te sale por las orejas.
La publicidad pone a prueba tu paciencia y tus nervios.


Así que no sabes lo que supone librarte de ella unos meses. Es casi como haber estado en un ashram. Qué depuración, qué purga, qué paz espiritual.
Don Draper será un tipo estiloso y muy sexy y el mundo de la publicidad y la Avenida Madison muy glamuroso, según Mad Men, pero en Cuba todo esto les importa un carajo.
Allí el glamur de Mad Men se cortó de cuajo el 1 de enero de 1959, porque lo cierto es que, antes de la Revolución, el sector de la publicidad en Cuba era boyante y daba trabajo a muchísimos y muy buenos profesionales: en la radio, por ejemplo, vivió una edad de oro. También en la televisión, en la que fueron absolutos pioneros.
Aquella tradición gloriosa se interrumpió de golpe, hasta el punto de que a día de hoy los cubanos, en esta materia, tienen que volver a aprender los principios básicos de la publicidad y el márketing.


Las paladares y pizzerías cuentapropistas, por ejemplo, se limitan a señalar su negocio con letreros y neones muy básicos y naif, sin ninguna creatividad ni picardía. Todavía no han aprendido esa noción básica de que, para prosperar, hay que distinguirse del resto. Lo de la imagen corporativa para ellos es un concepto exótico que todavía tienen que descubrir y explotar.

Por otra parte, las cajas para las pizzas que utilizan todas estas pizzerías son las mismas, suministradas por el estado: de poliespán blanco y solo algo más grandes que el estuche de un Big Mac. Las llaman termopacks y son todas iguales (bueno, de eso va el comunismo, ¿no?).
Genéricas y asépticas a más no poder.


Ante este panorama, a veces tenia momentos de debilidad y echaba de menos algo de salsa en el envase, un toque de color, un logo llamativo, una tipografía identificable a primera vista, no te digo que no. La cosa quedaba algo sosa sin ese toque creativo.
Porque lo cierto es que en el mundo de la publicidad hay mucho talento y mucha creatividad. Como también hay un sinnúmero de campañas y jingles que forman ya parte de nuestra memoria sentimental.


Además de que no hay copy que yo conozca que no esconda un escritor o una periodista.
El mundo de la publicidad ha evitado que mucha gente con vocación literaria se muera de hambre.
Y lejos de sentirse frustrados, les suele reportar una gran satisfacción personal: son profesionales de prestigio, ganan mucho dinero y hasta premios y, por encima de todo, trabajan jugando con el lenguaje, que es lo que les gusta.


Pero también es verdad que la publicidad es un puto coñazo.
Así que a todos esos profesionales de la publicidad que conozco, unas famous last words sin acritud: os aprecio y os admiro pero un mundo sin la plaga de la publicidad, a salvo de todos vosotros, no sé si es un paraíso socialista pero sí un auténtico nirvana.