sábado, 11 de mayo de 2013

La huella



Antes, hace no mucho tiempo, te animaban a pasar por este mundo dejando huella. Ahora no, ahora tienes que hacer todo lo posible por reducirla.

El último hit entre los urbanitas con conciencia verde: Oh, yeah, baby, let's get organic, que cantaría Marvin Gaye o Barry White con un susurro sudoroso, sexy y sucio sobre una base soul o funky.
Eso venga, vamos a ponernos orgánicos y a gastarnos un platal en productos cultivados ecológicamente, que es lo guay, pero luego algo tan básico como es reciclar la basura como que no mola tanto.
Muchos de los que corren a firmar on line contra los trasgénicos y el monopolio de Monsanto son también los que luego, sin que les tiemble el pulso, siguen embutiendo toda su basura -orgánica, envases, vidrios, papel- en la misma bolsa.
Cuando se lo reprochas, continúan poniendo las excusas de siempre.

Supongo que no es mucho pedir un poco de coherencia. Tampoco hay que llegar al extremo de la norteamericana Melissa Schweisguth, mujer auto-sostenibílisima que lleva sin botar nada al tacho de la basura desde 2006.
Lo suyo es un ejemplo de compromiso serio: se abastece de agua de lluvia, nunca compra comida envasada sino a granel y, cuando sale a comer fuera, lleva sus propios cubiertos y servilleta. Los escasos desechos que produce los composta, recicla o reutiliza, a veces como relleno de almohada.
Según cuenta ella misma, se limita a vivir de una forma coherente con sus valores.



Ahí está la clave, el quid de la cuestión, la pata por la que se tambalea toda la mesa: lo verdaderamente insostenible entre muchos de los conversos al nuevo credo de lo sostenible es la coherencia.

La mayoría de la gente que conozco sigue viviendo como si no hubiera un mañana sin recursos naturales. Yo pensé, ingenuamente, que con la crisis se daría un cambio de paradigma y que la gente, como en una nueva posguerra, volvería a zurcir calcetines, a remendar la ropa, a apagar obsesivamente las luces 'que no se usan' y a escurrir el bote de aceite hasta la última gota.
Pero no, lo único que ha pasado es que la orgía consumista simplemente se ha ralentizado. Está casi en punto muerto, pero latente, porque la actitud de la mayoría de la gente sigue siendo la misma. A ver quién renuncia a una forma de vida tan gratificante y cómoda cuando ya la ha conocido.
Como mucho, la rebaja a low cost.



A todos nos preocupa la naturaleza y su degradación, pero también surge el conflicto entre la realidad y nuestros deseos. Se da una contradicción flagrante que más vale tratar con sentido del humor, así nos evitamos el desánimo o el berrinche.
Es lo que hacen las niñatas de Haim en su vídeo de 'Falling' -por cierto, pedazo de rola- en el que se las ve retozar por el campo como amazonas desmelenadas, en una comunión casi mística con la naturaleza y una estética y fotografía hippie-setentera que es como si Fleetwood Mac o Las Vírgenes Suicidas se fueran de picnic.

Pero es al final del vídeo cuando llega el momento revelador y su carga de ironía: después de una intensa jornada de integración campestre, llega el padre de una de ellas con el coche y las recoge para llevarlas de vuelta a casa.
O lo que es lo mismo, a la calefacción, la ducha y el agua caliente, la comida en la nevera, las redes sociales, el ADSL y ese móvil inteligente por el que, antes que prescindir de él, mataríamos a cuatro gatitos y cinco ponis de color rosa.

Para qué nos vamos a engañar: por muy insostenible que sea la situación del planeta, resulta muy duro sacrificar tanta comodidad desechable, tanta y tan apetecible oferta en los lineales de los supermercados y en los escaparates, tanto usar y tirar, total para qué arreglarlo si comprarlo nuevo me sale más barato, y que se hundan todas las fábricas de Bangla Desh.



Estamos atrapados en un círculo vicioso del que es muy difícil salir. Nos cuesta renunciar a una serie de cosas que ya consideramos básicas, casi más que el agua que bebemos o el aire que respiramos, aunque luego nos escandalicemos al leer cosas como esta o firmemos en contra de la mercantilización del agua.
Para lo cual, por cierto, Coca-cola ya nos está preparando de forma sibilina con su publicidad reciente: no es que esté refrescando al mundo desde 1886, es que lo está hidratando. Es decir, ya nos van mentalizando para cuando terminen de poner su logo también al agua del grifo.

Espero al menos que te den a elegir sabores y una dosis prudente, sobre todo por las mañanas, de prozac o cafeína, y por las noches -y solo para adultos-, de diazepam o cualquier otro sedante que ayude a domar el estrés y conciliar el sueño.
Si hasta es posible que salgamos ganando, porque hay que reconocer que el agua del grifo, tal y como está conceptuada actualmente, es bastante aburrida.

lunes, 29 de abril de 2013

Película de terror alemán



Subtítulos:

"Espere, joven, por mucho que corra no podrá escapar del desempleo"

¡Gran éxito de crítica y público entre los votantes demócratacristianos de la Renania y la Baja Sajonia! 
¡Triunfadora absoluta en el Festival de Berlín! 
¡El público de los países del sur de Europa ya tiembla... de MIEDO!

Dirigida por Angela Merkel, cierra así la magistral trilogía que inició con "Die Schneiderin" (La recortadora) y a la que siguió "Austerität über alles".

jueves, 4 de abril de 2013

El Reverendo es un speed freak



Lo leo en la pared de un retrete público y sonrío con cierta sorna. Eso dicen de mí, que soy un loco de la velocidad. Pero es porque no me conocen bien; se quedan en lo superficial.
Si me conocieran de verdad sabrían que las cosas importantes me las tomo con calma. Como extender la palabra del Señor. Es la misión de mi vida y hoy día, en este mundo vuelto del revés, hace más falta que nunca.

Recorro ciudades y estados predicando el Evangelio, a bordo de un Rolls Royce Phantom III cabriolet de 1939, con su complicado motor V-12, su suspensión frontal independiente y sus accesorios de plata pura, incluyendo el radiador.
Cuando zumba por la autopista, parece un bólido de mercurio brillante.

Le he aumentado la potencia al motor, porque tiene que ser rápido. Cuestión de supervivencia. Las carreteras no son nada seguras. Primero hay que eludir los controles policiales, después los del ejército israelí… Si entre medias no te asalta una emboscada de alguna de las guerrillas de resistencia locales. Pero yo no temo nada. Recito como un mantra el salmo 27 del Rey David: “Cuando se acercan a mí los malhechores, son ellos, mis adversarios y enemigos, los que tropiezan y sucumben”.

El mundo se ha vuelto un lugar verdaderamente antipático. Uno ha de saber cuidarse. Y créanme, yo sé. Como suelo decir, si no puedes salvar un alma, líbrate de ella. Mi vieja Smith & Wesson del 38 me ayuda mucho. Siempre duermo con ella bajo la almohada.
Bueno, con ella y con la Biblia.



Porque vivimos tiempos de Apocalipsis, y yo tengo muy presente lo que dice el Libro Primero y Último, el Único Libro: “Vinieron un día los hijos de Dios a presentarse delante de Yavé y entre ellos estaba Satán (Job 1,6)”. Y es cierto. Satán reina entre nosotros.
El autor de este blog ominoso en el que ocasionalmente aparezco lo expresa de otra manera: “Esta es una de esas épocas en que la razón humana se halla presa dentro de un círculo en llamas.”
Yo le miro con desprecio. No es más que un intelectual. Se limita a abrir su ventana a la mañana radiactiva, escuchar los sonidos de la crisis y dar luego su opinión. Yo hago algo más. Yo actúo.

Porque soy un hombre de acción, cualidad muy necesaria en un periodo histórico agitado e intenso como es este.
Llega una noticia de última hora a mi pantalla agrietada de LCD: Después de haberse anexionado ya Turquía, Grecia y Bulgaria, Israel insiste en que Rumanía y Albania representan una amenaza para su seguridad… Al parecer, amenaza con invadir también estos países.

El autor de este blog, al oír la noticia, gruñe y dice:
“La seguridad de Israel ha de tener unos límites.”
“Ya -respondo-, pero ellos no opinan igual.”
“¡Cualquier día los tengo metidos en el salón de casa!”, exclama.
“No te sorprendas -le digo-; tú eres un peligro para Israel y para todo el  mundo.”
“¿Para ti también?”
“Prueba.”



Mientras él y yo nos provocamos, en el Extremo Oriente se cierne el invierno nuclear. En realidad el conflicto atómico lo iniciaron India y Pakistán, pero Corea del Norte se puso nerviosa y arrasó también con sus misiles a su vecina de abajo, Japón y parte de China

Ajeno a todo esto, mi Rolls Royce Phantom III descapotable parece volar por la carretera. Aparto una mano del volante para conectar la radio.
Habla el general Henry MacLoud, Comandante Supremo de Europa, con su voz bravucona y áspera: “Hace muchos años que los europeos intentan defenderse de las agresiones, del asesinato perpetrado desde las sombras, del sabotaje y la subversión… Ahora los europeos y los norteamericanos han decidido tomar conjuntamente la iniciativa… ¡Y golpear allí donde duele!”

Demasiado tarde para Europa, pienso. 
Apago la radio y pongo música, con el volumen a tope.
Oportunamente, mientras me rodea un paisaje devastado, suena el 'World destruction' de Afrika Bambaataa y John Lydon..
Mi Rolls se desliza como una flecha de plata por la carretera.
Tengo que ir sorteando los baches producidos por las bombas. Creo que no queda una sola carretera intacta en el mundo: todas están picadas por la viruela de los proyectiles.



¿Qué ha podido pasar? ¿Cómo hemos podido volvernos tan malvados, tan locos? Apelo a mis feligreses desde mi púlpito de prístino cromo, pero no me saben contestar.
La Biblia lo hace por ellos: “Todos los seres humanos nacen imperfectos, con malas inclinaciones y deficiencias (Génesis 6:5-Deuteronomio 32:5).”

Yo, lo admito, tampoco he sido un santo en este infierno. Pero en mi descargo diré que a mí me atacaron y me defendí. Me odiaron y odié. Pero ansié delirantemente, hasta las lágrimas, que me amaran… Aunque ya es demasiado tarde para esto también… ¿Me queda algún sentimiento?, me pregunto mientras atravieso veloz una región de vagabundos, humo y disturbios… ¿Adónde vas tú, Reverendo, en tu reluciente coche a través de la noche? La verdad, ignoro mi destino.
Sólo sé que hoy por hoy sigo vivo en medio del caos y la convulsión. Pero yo no me preocupo y aprieto a fondo el acelerador, porque Dios está conmigo.