jueves 19 de noviembre de 2009

Échale la culpa al googie


Esto es, a la arquitectura googie, ese estilo futurista que puso de moda La Aguja Espacial de Seattle en 1962 y que seguramente ha protagonizado más de un falso avistamiento de platillos volantes.
Porque a eso precisamente es a lo que recuerdan muchos de estos enormes frisbees hi-tech encaramados en lo alto de esbeltísimos cilindros, como los nuevos totems space age plantados en medio de la ciudad. O del campo, pues también se hizo muy popular para depósitos de agua, áreas de servicio y torres de control.

En Madrid poseíamos un ejemplo intachable de arquitectura googie, hasta que algún iluminado tuvo la genial idea de convertirlo en macetero gigante. Me refiero a la torre con restaurante circular arriba que todavía, aunque fatalmente adulterado, sirve de símbolo al Parque de Atracciones de Madrid.
De hecho, desde su inauguración y durante muchos años, hasta su transformación en un nido de lianas mutantes, su nombre oficial era El Platillo Volante.


Ese es el gancho de la arquitectura googie: por un lado la sonoridad sexy de su nombre, como de baile de los años 40 interpretado por big band; por otro ese aspecto indefinido y andrógino.
Seguro que desde un principio, con la histeria colectiva por los OVNIS en pleno auge, sus siluetas ambiguas dieron motivo a más de una confusión.
La gente creía estar viendo un platillo volante entre las nubes o tras la niebla y en realidad se trataba del restaurante panorámico recientemente inagurado en la torre de televisión.
Era la escasa vista o las condiciones metereológicas, se excusaban luego algunos.
Otros simplemente insistían: "¿La torre? Naaa, yo lo que vi fue un OVNI."

Son los denominados ufólatras, adoratrices de una nueva religión que ha venido a sustituir los mitos y dogmas antiguos por otros que van más allá y cambian el concepto de "cielo" por el de "espacio exterior". Esta religión, la ufolatría, sí que se dispara al infinito. Es su meta, su templo, su campo de estudio y oración.
Convencidos también de la existencia de seres ultraterrenales, a estas alturas ya no se arrodillan ante dios ni amo, pero sí se postrarían en el acto ante la aparición de unos seres humanoides en un encuentro en la tercera fase.


A este nuevo culto le está pasando como al de los cristianos evangélicos, que se está expandiendo a la velocidad del universo. Y como ocurre en cualquier secta, contagia a todo tipo de gente: inculta o cultivada, rica o pobre, ciudadano corriente y moliente o celebrity excéntrica.


Me estaba acordando de repente de la ida de olla que tuvo hace poco Robbie Williams, que llegó a marcharse a vivir al desierto, en una tienda, durante meses, esperando contactar con algún borrachuzo cocainómano de la amplia comunidad intergaláctica para irse juntos de farra (sin negar por ello que hubiera detrás una búsqueda espiritual màs elevada).


Ahí están también las pasmosas declaraciones de la primera dama de Japón, por si no tenían bastante con el drama en palacio de una emperatriz deprimida y anoréxica. A la buena señora le ha dado por decir, ignoro si después de enchufarse una buena garrafa de sake, que visita el planeta Venus con cierta regularidad y que se comunica con seres de otros mundos, en los que cree a pies juntillas, tan juntillas como los puede llevar una geisha.


¿Qué quieres que te diga? Échale la culpa al googie: él también es responsable en parte de tanto disparate, pudiendo ser confundido con naves espaciales que abducen caniches con su rayo succionador.
Que yo sepa no existe ningún caso documentado, pero estoy convencido de que estas construcciones avanzadas han ayudado al delirio o trance místico de más de un ufólatra fanático.
La fe no es que sea ciega, es que distorsiona la visión.

miércoles 11 de noviembre de 2009

La mirada del fantasma

Pensé ingenuamente que el desafortunado incidente con el Doctor Sardonicus se trataría de un caso aislado, pero no. En la base están todos muy crispados.
Al hallarse Marte en su perihelio, la tormenta de arena se ha convertido en global y afecta a todo el planeta, envolviéndolo como una pompa de jabón celestial.
Lejos de mejorar, la cosa se pone cada vez peor. Es una situación opresiva e incómoda a la que uno no acaba de acostumbrarse.
Por lo demás, si no fuera por estos molestos vendavales, la vida en este planeta sería hasta cierto punto llevadera. Sólo hasta cierto punto.
Este es un planeta duro de amar. Cuesta aprender a quererlo, a sentirlo como tu hogar. Marte es un desierto terrible con un clima muy severo, una esfera yerma y desolada que vista desde el espacio semeja una naranja picada por chancros negros. Entre ellos destaca una hendidura inmensa: es el cañón Valles Marineris, de 4.000 kilómetros de longitud y siete de profundidad.
Parece la gigantesca cicatriz de alguna operación quirúrgica que le hicieron al planeta.



En ese momento, interrumpiendo bruscamente mis reflexiones, retumbaron dos golpes en la habitación.
Sordos, violentos, lúgubres.
Tras una breve pausa retumbaron de nuevo, bum, bum.

Me sobresalté:

-¡Por todos los asteroides troyanos! ¿Se puede saber qué es eso?

Un ayudante, encogido, miedoso, susurró a mi lado:

-Son raps, mein Herr.

-¿Raps? -me sorprendí-. ¿Estamos hablando acaso de esa música recitada infernal que tanto gusta a ustedes los jóvenes?

-No, mein Herr -aclaró el muchacho con un hilo amedrentado de voz-. Los raps son los golpes típicos del fenómeno poltergeist. Llevamos escuchándolos varios días. Algunos compañeros están aterrados. Los vigilantes, de noche, se niegan a hacer la ronda en solitario.

Después el ayudante se agachó y musitó:

-Ya sabe, mein Herr; hay gente que dice que la base está encantada...

Parpadeé perplejo, aun sin ser ni mucho menos la primera vez que lo escuchaba. No entendía lo que ocurría a mi alrededor. La realidad tal y como yo la había conocido parecía escabullirse por la puerta de atrás; nada parecía tener sentido.
En torno mío la superstición ganaba terreno minuto a minuto, palmo a palmo, mente a mente.

La histeria colectiva llegó al paroxismo con la súbita aparición, en paredes y pasteles de queso, de diversas y desasosegantes teleplastias.
Aquí fue cuando todos perdieron definitivamente cualquier atisbo de raciocinio. Hasta nuestro eminente colega japonés, Toshio San, normalmente tan zen, propuso una solución poco ortodoxa:

-La conciencia de alguien debe hallarse profundamente turbada -anunció-. Quizá debiéramos someter a todo el personal a una terapia hipnótica.

Lo que faltaba, el colmo de las insensateces: ponernos a hacer regresiones, como si estuviéramos en el colegio.
Que no cuenten conmigo. Me resisto a dejarme contagiar por este pánico medieval. ¡Que la base está embrujada! Seamos serios, por favor. En mi vida he oído más solemne tontería.

Yo no tengo en cuenta estos disparatados rumores. El Profesor Moebius, en cambio, se los toma demasiado en serio; a este paso va a provocarse una úlcera.
No hace más que refunfuñar a todas horas porque unas teorías enloquecidas ya no puedan excluirse aduciendo al sentido común.
Le escucho y no puedo evitar menear la cabeza caritativamente. Yo no soy tan pasional como él; hay que mantener las distancias.
Yo prefiero no hacer caso de los chismorreos anticientíficos y seguir normalmente con mi vida. A mi poco exigente manera, soy feliz aquí.



Para un científico abnegado como yo, habitar este planeta es por lo demás una oportunidad única.
De noche, acostado en esa litera de tortura, cruzo los brazos tras la nuca y me dedico a contemplar el paisaje por la escotilla.
El panorama, si no hay tormenta, es mágico y arrebatador.
Al caer la tarde, especialmente, el rosa pálido de esta atmósfera sutil se torna rojo tostado, como el cristal de un frasco de Farenheit.
Y eso que hablar de atmósfera es ser muy espléndidos, ya que lo que aquí hay es algo sólo similar a ella, muy ligera, eso sí, aunque con una presión equivalente a la que impera en la Tierra a 30 kilómetros y medio de altura.
Para terminar, es absolutamente irrespirable: contiene un 95% de dióxido de carbono.

Esto no es precisamente un balneario. Pero a mí me da igual; me encierro en mi despacho y escruto el firmamento con mi telescopio de precisión nuclear.
Es entonces cuando verdaderamente me siento a gusto en este planeta. No me des más, no lo necesito. Esta es mi vida.
Mi mayor placer consiste en abrir mis sentidos a las profundidades del espacio y observar las estrellas pasando los límites del ultravioleta y del infrarrojo... O estar sencillamente sentado en el solario de la base, impregnándome de energía solar a través de la piel mientras oigo con deleite el murmullo de las bandas de radiación de Van Allen y el latido musical de los púlsares...

Bum. Bum.

Que, debo añadir, no se parecen en nada a estos raps impertinentes que nos aturden desde hace días.
Curioso y misterioso fenómeno, este de los raps, del que me he informado bien. Al parecer obedecen ciertas leyes regulares: suenan siempre de dos en dos o de tres en tres, con pausas en medio.
Lo hacen además en franjas horarias más o menos fijas, lo que, en mi opinión, convierte a estos duendes traviesos en rutinarios funcionarios del más allá.

Yo en cambio, para esto de los raps, tengo otra explicación. No sé si fidedigna pero al menos respetable. No cabe duda de que, con la tormenta, el personal de la base está experimentando una gran presión. La gente está muy susceptible, con el ánimo bajo, sensitiva.
Yo atribuyo estos fenómenos extraños a la gran sobrecarga de tensión síquica que hay en el ambiente. Las fuerzas gamma están desatadas. Son los poderes ocultos de nuestros propios cerebros los que, mal canalizados y agobiados, provocan estos anómalos sucesos.
Nadie, sin embargo, parece darse cuenta. Incapaces de aportar otra explicación, dicen que son fantasmas. Utilizaré para definir esto un término arcaico muy oportuno: paparruchas. Añadiré otro: sandeces.



Hay personas convencidas de que sobre este antipático planeta gravita una especie de maldición. No es sólo su superficie oxidada, su presión colosal, su alma muerta. Dicen que es otra cosa, como un aura turbia, una carga negativa, un gafe extraño.
Y lo dicen con miedo.
Yo no empatizo nada, lo siento.
A veces creo que soy un caso demasiado especial. Yo sólo temo la insaciable voracidad de un agujero negro.
A mí, si acaso, sólo me asustan las espectrales siluetas que se dibujan en las Pléyades.
O sostener, a través del telescopio, la Mirada del Fantasma, al sur de la nebulosa 30 Doradus, con sus dos puntos blancos como ojos, en realidad burbujas muy calientes de oxígeno e hidrógeno, que parecen mirarte y condenarte al infierno.
Porque la Mirada del Fantasma hace justicia a su nombre. Parece el rostro de un demonio cósmico, una máscara de Agamenón colgada del cielo o, ya que hablamos de ellas, una teleplastia sideral, brillante, imponente y sobrecogedora, formada por gases y estrellas.
Esta, esta sí que me infunde pavor, y no las que brotan en nuestras paredes o en el pan con sésamo de nuestras hamburguesas.

martes 3 de noviembre de 2009

Last night a poltergeist saved my life

Hace unos meses le dediqué un post a esa situación espantosa que es despertarte con la casa ardiendo. Y digo espantosa porque ahora, al contrario que entonces, lo sé por propia experiencia.
Estuve a punto de convertirme en el amante de fuego de Mecano, achicharrado en el incendio de mi casa.
Ocurrió la noche siguiente a Halloween, con luna casi llena y uno de esos vendavales en que los aullidos del viento ponen la piel de gallina.



Había encendido tres velas blancas en mi cuarto, sobre la mesa junto al PC, de las que van metidas en una funda o carcasa de plástico rojo. Ya lo había hecho otras veces sin mayores consecuencias. Esta vez, en cambio, podían haber sido fatales de no ser por mi vecina.

Mi vecina es de Segovia y católica militante; hasta hace dos años vivía su marido, tan religioso como ella, y entonces les pusimos el mote de Los Flanders.
Él murió poco después, de cáncer, y ella se quedó con las dos mellizas que tuvieron juntos, más otro cuatro niños que tenían en acogida.
Tres de ellos son hermanos, dos niñas y un chico, Ángel, que la noche que pudo acabar en tragedia cumplió los designios de su nombre.

Pero volvamos al momento en que encendí las velas en mi cuarto. O mejor a un rato después, cuando ya dormía a pierna suelta. El giro fatal del destino se produjo al prenderse el recipiente de una de las velas: el plástico se derritió y la cera inflamada se derramó como lava.
Yo, durmiendo como un bendito, no me enteré de nada. El fuego, mientras tanto, quemaba ya un lado de la mesa e iba consumiendo todos los consumibles a su alrededor: mi conector inalámbrico Belkin con su soporte, medio ratón y tres cuartas partes de altavoz...

De haber seguido su curso, se habría extendido rápidamente por la habitación: justo al lado de la mesa estaba el cesto de mimbre para la ropa sucia; encima, la caja de madera de la persiana; un poco más allá la ropa del armario, que estaba abierto... Si llego a despertarme diez minutos después, me habría sentido como Juana de Arco mientras las llamas ascendían hasta su nariz romana y sus walkman empezaban a fundirse...
O probablemente no habría llegado ya a despertarme, sofocado por el humo negro y ponzoñoso que despedían el plástico y los componentes eléctricos quemados.

Estado en que quedó la mesa - Pallol Press ©

Fue entonces, en el punto crítico, exactamente a las 4.30 de la mañana, cuando llamaron a la puerta.
No a la de mi habitación, a la de casa. Y con insistencia.
El timbre me despertó y me encontré con la mesa en llamas. Asustado como pocas veces en mi vida, la modorra del sueño me desapareció en un segundo; jamás me había espabilado tan pronto. Y reaccioné todo lo rápido que pude, conteniendo a duras penas el pánico.
El timbre de la puerta, mientras tanto, no dejaba de soñar, dingdong, dingdong. Clara y Alejandra, que viven conmigo, ya se habían despertado para entonces y se habían asomado a la puerta de su cuarto preguntándome: David, ¿qué pasa? ¿Quién llama a estas horas? ¿Qué es todo este humo?

Pero yo no podía atenderlas, como tampoco iba, de momento, a abrir la puerta, por más que siguiera sonando. Mi orden de prioridades estaba claro: lo urgente era apagar el fuego.
Fui al baño, agarré la papelera, volqué su contenido y la llené de agua en la bañera. Volví corriendo al cuarto y la vacié sobre las llamas; para qué más, fue como echarlo en aceite: aquello de repente fue una falla.
Entonces, en un rapto de lucidez, recordé que para apagar un fuego lo mejor es una manta, una toalla o una pieza de tela; de algo tiene que servir ver tanta tele.

Cogí una sudadera vieja y comencé a golpear con ella el fuego hasta que por fin lo apagué. Entonces, un poco más calmado, bajé por fin a abrir la puerta.

Fuera estaba mi vecina, la Flander, que nada más verme dijo enojada:

-Oye, por favor, a ver si dejáis de hacer tanto ruido que fíjate qué horas son y me habéis despertado a todos los niños...

Yo, sin tiempo a asimilar tanto shock, le pregunté confundido:

-¿Ruido? ¿Qué ruido?

-El de esos golpes que se oían al otro lado de la pared del cuarto de Ángel y que fue el primero al que despertaron. No sabes cómo sonaban, una barbaridad. Al principio pensé que era una ventana que os habiaís dejado abierta, y como hace este viento... Pero no, los golpes claramente venían de dentro, de la habitación que da a la de Ángel, esa que tenéis siempre cerrada...

Yo no sabía de qué golpes estaba hablando. Tampoco Clara y Alejandra:

-¿Qué quería la loca esa? -me preguntaron luego al subir- ¿De qué golpes habla, si aquí no hemos oído nada?

Esta era la cuestión: unos golpes tan fuertes que retumbaban en casa de la vecina y que se producían dentro de la nuestra los tendríamos que haber escuchado.
Lo raro era que no nos hubieran despertado también a nosotros.
Pero ahí está el insondable misterio, que los golpes que la vecina me describió al día siguiente como "de golpear repetidamente contra la pared el cabecero de una cama" sólo los oyeron ellos, en la casa de al lado.
Unos golpes que salían, además, de una habitación normalmente vacía.
Aquella noche también lo estaba.



Desde entonces pienso en esto maravillado, desconcertado y con algo de miedo.
No sé a qué se debió este poltergeist tan oportuno que alertó a los vecinos, si a un emisario celestial, un ángel guardián o al genio de la casa.
Aun sin poder explicarlo, se trató de un prodigio inexplicable, un milagro en toda regla.

Quizá relacionado con las hondas creencias católicas de mi vecina, más receptiva por tanto a servir de médium, o conque su hijo adoptado, el primero al que despertaron los ruidos, casualmente se llame Ángel y actuara como tal...

Lo ignoro. De lo que sí estoy convencido, después de darle vueltas y más vueltas, es de que esa noche se dio algún tipo de manifestación sobrenatural o intervención divina.
Un heraldo paranormal avisó a nuestros vecinos, librándome de morir asfixiado por el humo tóxico o, lo que es peor, quemado.
Y no sólo a mí, a las que viven conmigo.

Alguien, allá arriba o al otro lado, nos libró de un destino al ast, alertando a los vecinos con sus golpes perentorios para que vinieran en nuestra ayuda.
Podéis pensar lo que queráis, pero lo que he contado es verídico y la conclusión es la misma: gracias a unos extraños y providenciales raps, hoy estoy vivo para contarlo.

miércoles 28 de octubre de 2009

Rezando a los aliens


La tormenta en el exterior no cesa y algunos compañeros míos, aquí en la base, están perdiendo la compostura.
Esta mañana, al entrar en el laboratorio de un modo quizá excesivamente sigiloso, sorprendí a mi colega el Doctor Sardonicus hincado de rodillas en el suelo y, aparentemente, orando.
Dirigía una mirada devota hacia arriba y juntaba las palmas de las manos.
Sus labios musitaban algo similar a una letanía.
Atónito, le pregunté:

-¿Se puede saber qué está haciendo?

Él se volvió y, con una mirada transida, me dijo:

-Estoy rezando a los aliens para que aplaquen la furia de los elementos...

-¡Los aliens -exclamé-, menudo timo! ¿Dónde están? ¿Es que acaso los ha visto alguien alguna vez?

-Herr Sputnik -observó el Doctor-, me permito recordarle que son muchos los abducidos y contactados que así lo atestiguan.

-Bah -objeté yo-, una panda de chiflados. Me refiero a personas en su sano juicio. Hasta ahora sólo hemos hecho caso de un puñado de iluminados.

-No son iluminados -terció Sardonicus-. Son portadores de la verdad.

Yo hice un ruido gutural de desdén y argüí:

-La verdad es que los extraterrestres no existen, no están en ningún lado. Son pamemas, majaderías. El hombre las inventa para no sentirse tan solo y desamparado.

El Doctor Sardonicus se mantuvo firme:

-Los aliens existen.

-¿Dónde está la prueba? -repuse yo, acalorado-. Una prueba cierta, real, a la que yo pueda atenerme. Decimos que los ETs existen, creemos en ellos pero nunca vienen. Los ufólatras afirman que el Mesías Alien ya llegó en 1947 y fue martirizado en Roswell, Nuevo Méjico. Y llevan siglos hablando de una segunda y definitiva venida. Pero no ha sucedido ni sucederá nunca, porque los aliens, le repito, no son más que una fantasía inventada para aliviar nuestra inconmensurable soledad en el Universo. Es duro reconocerlo, pero esta es toda la verdad que encontrará ahí fuera: estamos solos. Completamente solos.

El Doctor se soliviantó:

-¡Usted… Usted es un repugnante ateo!

Le respondí con frialdad:

-No soy más que un científico. Por tanto, positivista, materialista y empírico.

-¡Hereje de bata blanca!

-Yo preferiría que fueran oscuras, así se disimularían las manchas, pero no nos dejan elegir.

-No soporto su cinismo.

-Ni yo su fanatismo.

-Cada vez sois menos. Sucumbiréis.

-Mientras exista una mente libre, jamás.

-Lo que usted llama mente libre es una mente corrompida.

-No más que vuestra hipocresía.

-No es hipocresía, es fe.

-Una fe ciega, sin fundamento.

-No, se equivoca: es una fe que nos guía en la oscuridad a través del camino. Nosotros, los humanos, apenas lo hemos recorrido. Los aliens, por el contrario, están más avanzados espiritualmente. Por eso los denominamos también “Los de la mitad del camino”. Ellos, por ventura para sus almas, están en un plano intermedio entre nosotros y los ángeles.

-¿Los Ángeles de California?

-No, los ángeles del Señor.

-Y esos ángeles, ¿cuántas divisiones tienen?

-Ríase si quiere, pero nuestra esperanza de sobrevivir a los tiempos oscuros que se avecinan depende de lo que tardemos en decidirnos en contactar y cooperar con los Grises...



Ah, claro, los Grises; se me olvidaban. Uno de los dos grupos de alienígenas. Los santos. Las almas grandes. Nuestros veladores en el hiperespacio. No hay más azuzar un poco a cualquiera de estos exaltados religiosos, y te contarán maravillas de ellos.

-Son increíblemente inteligentes -explicaba enfebrecido el Doctor Sardonicus-, con grandes poderes telepáticos, generosos y amables. Quieren colaborar con nuestro gobierno para salvar la Tierra de los desastres ambientales. Nos aman, pero no quieren forzarnos a hacer nada. Nuestro gobierno tiene que dar el primer paso.

-Ya, comenté yo con notorio escepticismo.

El Doctor Sardonicus no se amilanó por mi agresiva indiferencia y prosiguió:

-Se lo podrá creer o no, pero lo cierto es que se está librando una tremenda batalla en el subespacio galáctico entre los bellos y espirituales Grises y los reptilianos.

Tampoco podían faltar en el show, los reptilianos. Tienen entrada de primera fila. Son, para que nos entendamos, los malos de la película, una feroz tribu de extraterrestres muy feos, los demonios de esta excéntrica teología.
El primero que se refirió a ellos fue uno de esos seudocolegas que tanto desprestigian la profesión, Courtney Brown. En su surrealista libro "Cosmic Voyage" los llama “reptilianos” porque los describe con la piel como los reptiles, de color naranja y verde.
Se supone que son nuestros enemigos. Si hay que hacer caso de estas disparatadas teorías, albergan la malsana intención de cruzarse con los humanos para crear una nueva raza de híbridos.
Ya hay reptilianos en la Tierra: viven dentro de una montaña secreta.

-También tienen una base de mando en la luna -agregó el doctor sólidamente convencido-, que no vemos porque es invisible.

No pude evitar enarcar las cejas.
Los devotos de los aliens se tragaban toda suerte de estrambóticas leyendas. Esta candidez mental puedo entenderla en una persona ignorante y primaria, pero ¿en un científico como él?
Para mí era algo inconcebible y chocante, pero al Doctor Sardonicus sus delirios no le parecían, como a mí, una flagrante contradicción con su formación de hombre de ciencia.

-De acuerdo -le concedí-. Suponiendo que efectivamente existan, ¿quiénes son esos reptilianos, de dónde vienen?

El Doctor suspiró abatido y dijo:

-No se sabe con seguridad si de un pasado lejano o de un futuro remoto. Lo que sí se sabe con absoluta certeza es que son ellos los que abducen terrícolas y los llevan a sus naves espaciales para realizar con ellos actos inmencionables.


La tormenta sopló en ese momento con más fuerza, con un aullido sobrenatural que pareció subrayar las siniestras palabras del doctor, al que le noté la piel de gallina.
También yo, sin poder evitarlo, tuve una reacción electroconvulsiva, es decir, sentí un escalofrío. Mi rigor científico se había tambaleado.
Me marché de allí dando un portazo, más enojado conmigo mismo que con el doctor.
Sus absurdas supersticiones me habían afectado, y eso era para mí algo sencillamente intolerable.
Los aliens. Los reptilianos. Bah. Patrañas, patrañas, patrañas, me repetía malhumorado entre dientes, caminando a zancadas por los pasillos hasta la nave-dormitorio.
Allí me recosté indignado en la litera y me zambullí en la sacramental lectura del Discurso del Método
de Descartes.
Necesitaba desesperadamente reconciliarme con mis principios y mis propósitos.

martes 27 de octubre de 2009

Reformulemos


La pregunta no es ¿crees en los ovnis?
sino más bien ¿creen los ovnis en mí?



(foto de Jordi Socías-Cover Press)

sábado 17 de octubre de 2009

Ella me cegó con su ciencia



-¡Por la lupa de Einstein! –rebuznó con tedio el Profesor Moebius, despegando la cara de una escotilla-. Mirar la superficie de Marte resulta tan superficial…

Ni por un instante se me ocurrió refutar a mi eminente colega.
El paisaje de este planeta es pedregoso y arisco, tiene toda la razón, pero lo mismo se puede decir de ellos, mis compañeros de proyecto.
El Profesor Moebius, para empezar, es alto, escuálido y casi traslúcido. Parece llevar caspa en los hombros, pero en realidad se trata de microcultivos de bacterias; es un workahólico incapaz de dejar el trabajo atrás en el laboratorio.
El cuerpo del Doctor Sardonicus, por su parte, recuerda de modo alarmante a Fobos, el mayor satélite marciano, que tiene forma de patata.
Toshio San, por último, es tan diminuto como Deimos, el otro satélite, apenas una roquita que podría muy bien adornar uno de sus jardines zen.

Ellos, mis colegas, son prácticamente los únicos seres humanos con los que mantengo una relación estrecha, y esto más que nada por la inevitable proximidad física dentro del laboratorio.
No hay mucha carga de emotividad personal; es, ante todo, una relación profesional entre lo envenenado, lo cordial y lo aséptico. Tampoco quiero más. No tengo vida sentimental apreciable, ni la deseo. Me parece una pérdida de tiempo. Yo me debo en cuerpo y alma a la ciencia.
Hay quien es feliz ignorando el cosmos. Otras personas, más atentas a los cielos y su verdad inescrutable, se dedican a explorar sus reinos y hacerlos parte de sus vidas. Yo soy una de ellas.
Estamos hablando de una vocación sagrada. Yo no soy científico, señores, sino novio de la ciencia. Ella es mi esposa, en la salud y en la enfermedad y hasta que la muerte –ese incomprendido fenómeno físico- nos separe.
Así pues, toda mi energía sexual, la que podría desperdiciar fornicando por ahí, prefiero concentrarla en mis investigaciones y experimentos, todo hay que decirlo, con excelentes resultados.
Antes todavía me masturbaba triunfalmente después de haber concluido un trabajo; ahora ya ni eso.
No es que esté desganado, la palabra más exacta sería asexual. El sexo ya no me interesa. No quiero distraer mi atención hacia algo tan secundario y del todo prescindible.
He llegado a considerar la castración para contener mis pulsiones sexuales. No habría sido ni mucho menos el primero en el club: Orígenes, el más importante de los padres de la iglesia después de San Agustín, se cortó los testículos con el mismo fin.


No creo, con todo, que llegue nunca a ese extremo. Aunque a veces me planteo cosas, cosas como si no debería buscar una compañera, alguien, por muy machista que suene, que me tenga las batas bien blancas y planchadas.
Se lo pueden imaginar: viviendo solo soy, como buen científico, una zona cero, así que supongo que una mano femenina le vendría bien a mi vida. Pero qué más da. La ciencia detenta prioridad absoluta.
Edison, el Mago de Menlo Park, dormía siempre vestido. Einstein nunca se peinó. ¿Qué importancia tiene, ante el altar de la ciencia, tu aspecto físico o cómo mantengas de recogido tu hogar?
Prefiero observar el polvo de estrellas a limpiar el polvo de casa.

Pero sí, quizá debería contar con alguien a mi lado, una especie de apoyo emocional, un complemento, un refuerzo.
La misma naturaleza parece dictar esta recomendación. Entre los billones de estrellas del firmamento, más de la mitad posee una o varias compañeras; son las llamadas estrellas dobles. También las hay múltiples, en perenne orgía sideral.
Por si esto fuera poco, muchos planetas son polígamos. Saturno cuenta con más de 30 lunas; Júpiter tiene al menos 24 y Urano, entre grandes y pequeñas, hasta un total de 27; todo un harén de satélites.
Pero estos promiscuos ejemplos no me animan.
A mí sólo me gusta enredarme con formulaciones complejas. Lo más cerca que he estado de una “orgía” es la fiesta de año nuevo que celebré con mis colegas en el labo, bebiendo sucedáneo de champán en vasos de plástico; demasiado deprimente quizá como para que cuente.
Por otro lado, mis únicos triángulos amorosos han sido isósceles y escalenos, aunque una vez tuve, lo confieso, una indecorosa aventura obtusángula, es decir, una relación de ángulos algo obtusos.
Pero uno se repone pronto porque en realidad las matemáticas son el amor de su vida. Antes que ir de mujer en mujer, prefiero rebotar entre ecuaciones de la elipse y ecuaciones de la hipérbola.
Ya ni siquiera recurro al porno. Me aburre. No sé si mi caso es grave, doctor.

Sardonicus me miró con atención por encima de sus gafas, situadas en la punta de la nariz.

-A ver, tiéndase, me dijo, señalando un diván de cuero negro.

Me tumbé en él. El cuero negro contrastaba con el bruñido metal de las paredes. Me sentía cómodo y hablé:

-Pues verá, a mí sólo me gusta acariciar la cabellera de Berenice, y tengo sueños húmedos en los que mi subconsciente fantasea con desflorar la constelación de Virgo. Pero nada más. Ningún deseo real por el sexo femenino. Pero yo lo he asumido.

-¿Sí?

-Sí. No hay que hacer ningún drama de ello. Mi entrega absoluta a la ciencia tiene algo de ascética y monacal. Yo pienso que hay que reservarse la energía sexual y canalizarla hacia mejores fines. Procrear también, pero ideas. ¿No le parece mucho más elevado y sublime?

-Eh, sí, sí… Pero digo yo que habrá tenido usted alguna novia…

-Sí… -reconocí, después de exhalar un melancólico suspiro -. Una vez tuve una. Se llamaba Fräulein Doktor.

-¿Era bonita?

Dudé.

-No sabría decirle... Lo que sí recuerdo es su impresionante currículo. Cuando la conocí era profesora en el departamento de Matemáticas Aplicadas y Física Teórica de la Universidad de Cambridge, Reino Unido, así como licenciada en Física y Astronomía en la Universidad de Columbia y doctorada en el MIT…


El Doctor Sardonicus dejó de hurgarse pensativamente la nariz para preguntar:

-¿El MIT?

-¡Parece mentira, doctor! ¡El Massachussets Institute of Technology!

-Ah, claro, claro; por supuesto. Bueno, sigamos. ¿Qué más cualidades tenía esa mocita?

-Cualidades no, cualificaciones –le corregí algo pedante-. ¡Pero eran tantas! No pude menos que rendirme. Yo era un joven impresionable, y ella había trabajado sucesivamente en el Instituto Canadiense de Astrofísica Teórica y en el Centro de Astrofísica de Partículas de la Universidad de California, Berkeley. ¡El sueño de cualquier matemático ambicioso! Su inteligencia se me antojaba insultante. A veces, más que amarla, la odiaba.

El Doctor Sardonicus, perspicaz, apuntó:

-Ahí empezaron los problemas…

-Así es –admití, suspirando esta vez con dolor-. Lo nuestro, sencillamente, no pudo ser. Nos distanció la insalvable rivalidad entre colegas. Nuestra relación se la cargaron los celos, pero los profesionales. Fue agotador en todo momento, un duelo a muerte de egos. Ella no soportaba que mi nombre sonara para el Nobel y yo no soportaba que ella estuviera más solicitada que yo para dar conferencias. Fueron cosas así, pequeñas bolsas de basura que no se lleva el camión y se acumulan ahí fuera, en la puerta de casa. Un día, por fin, todo se fue a la mierda.

-Pero, por lo que veo, le dejó huella.

-Oh, sí. Era un bombón, una auténtica muñeca, pero no sé cómo decirle… –sonreí -. Ella, sobre todo, me cegó con su ciencia.

miércoles 14 de octubre de 2009

Viajeros del espacio


Nadie los entiende, se quejaba en su momento ese gurú del cosmos más sicotrónico que era Timothy Leary.
No siempre es así, como demuestra esta placa que descubrí sobre la entrada del número 37 de la calle Virgen del Portillo, en el madrileño Barrio de la Concepción.
Siempre que descubro una placa de estas la miro con curiosidad, a ver qué notorio intelectual o prohombre (o prohembra) de la nación vivió en el edificio.
Y mira por dónde, cuando esperaba encontrarme con un literato, un pintor o un crítico taurino, me topo con una especie de Nikola Tesla cañí, un Carl Sagan castizo.

Lo mejor de todo es cómo describen a don Arturo: ilustre sabio en rayos cósmicos.
Ahí es nada. Menudo título. Además de poético es definitivamente diferente, original, imponente y hasta divertido, porque suena a personaje de cómic de Tintín, uno de aquellos científicos tremendamente despistados y de pelo excéntrico o alborotado que abundaban en sus libros (siempre me llamó la atención la simpática fascinación que sentía Hergé por los hombres de ciencia, y cómo los caricaturizaba).

Después de leer la placa, mi imaginación se desbocó. Veía al señor Duperier trabajando sin descanso en su humilde laboratorio casero, improvisado con material homologado y aparatos diseñados por él mismo con chatarra recogida de la calle y cacerolas viejas, haciendo experimentos con ultrasonidos que provocaban de vez en cuando una fuerte vibración que hacía temblar los cimientos de la casa...


Una imagen no precisamente inspirada por las limitaciones que en este país cazurro han padecido siempre los abnegados hombres y mujeres de ciencia, sino por el hecho cierto de que el estado franquista jamás le dejó traerse del exilio un completo laboratorio que le habían donado sus colegas, los físicos británicos (sí, don Arturo fue también uno de esos cerebros a la fuga a los que el nuevo amanecer de España más bien les pareció un crepúsculo).

Este último dato lo descubrí googleando su nombre, algo a lo que me resistí durante un tiempo porque prefería dejarlo así, rodeado de todo su encanto y su misterio. Cuando finalmente lo hice, venciendo mis reticencias, lo que leí no me defraudó en absoluto; como se suele decir, acrecentó su leyenda.

Y me sentí en la obligación de reivindicar la figura de este físico sobresaliente que llegó a sonar para el Nobel en 1958 y que hoy está olvidado por todos salvo por los que fueron sus vecinos, lo que no deja de ser una injusticia histórica y un triste sino.
Y aquí, entretanto, nuestros políticos recortando el ya mezquino presupuesto destinado a la investigación y la ciencia con la excusa de la crisis.
Luego pregonan lo de que hay que invertir más en I+D o cambiar el modelo económico, pero me huelo -como tantos otros- que, en cuanto superemos el parón, seguiremos -como siempre- atragantándonos de ladrillo.