domingo, 26 de marzo de 2017

5 cosas que probablemente no sabías del Islam

1. UNA BANDERA SAGRADA. La senyera (o ikurriña) musulmana por excelencia, la de Arabia Saudí, tiene categoría de sagrada en el país del oro y los chadores negros.
La razón: reproduce la shahada, la profesión de fe del Islam: ‘No hay más dios que Alá y Mahoma es su profeta’. Por eso la bandera de este país jamás se pone a media asta en señal de duelo: eso sería profanarla, rebajando la palabra de Dios.
Otros usos más frívolos se consideran, con más motivo, intolerables: la bandera tampoco puede usarse para camisetas, gorras, llaveros y otros artículos de merchandising patriotero/turístico.
La cosa llega a tal punto que, con motivo de la Copa Mundial de Fútbol de 2006 y ante la pretensión de la FIFA de que se jugara con un balón que incluía las banderas de todos los participantes, Arabia Saudí protestó: consideraban inaceptable que unos y otros patearan alegremente el lema sagrado del país.

La bandera de marras:
















Oops, perdón: me equivoqué. La bandera real de Arabia Saudí es esta:

2. TATUARSE ES HARRAM. Es decir, un acto impuro, sucio (frente a lo Halal). Como también depilarse las cejas, ponerse dientes de oro o separárselos por estética. Mahoma declaró sobre esto: ‘Alá maldijo a los tatuadores y los que se hacen tatuar, a las arrancadoras de los pelos de la cara y las que se lo hacen, y a las que se espacian los dientes para embellecerse’. 
Para los musulmanes más ortodoxos, el cuerpo humano tiene una gran sacralidad al ser creación de Alá; toda intervención que lo altere o modifique se considera un acto irreverente, una insolencia. 
Lo que Dios ha creado es perfecto, no hay necesidad de retocarlo ni de ponerle adornos. Por el mismo motivo, los piercings se consideran mutilación, y la práctica está prohibida salvo en las orejas. 



Estas prohibiciones también conciernen a los hombres según los sabios islámicos que, en cualquier caso, tampoco se ponen de acuerdo. Algunos de ellos se muestran más flexibles, autorizando a la mujer -solamente la casada- a depilarse el bigote o el entrecejo y hasta maquillarse, siempre que cuente con el consentimiento del marido. Otros son más intransigentes y prohíben en cualquier caso la depilación de la cara. 
En cuanto a los hombres, no se les permite cortarse la barba ni depilarse las cejas pero sí se les permite, en cambio, depilarse las manos, el pecho y el ano. Lo de su blanqueamiento lo dejamos para otro debate entre sabios islámicos.

3. MAHOMA SE TRAVESTÍA. O se montaba, que para el caso es lo mismo. No con cualquier ropa de mujer, eso sí: para sus momentos Ed Wood, al parecer, era muy exquisito, solo podía ser con prendas de la controvertida Aisha, la más joven de sus doce mujeres y también su favorita. 
Este hecho, recogido en hasta 32 libros islámicos, es objeto de enorme discusión, agarrándose unos y otros a diferentes traducciones del original árabe. 
Lo que parece ser cierto, porque así lo mencionan los jadices (recopilación de hechos y frases del profeta como complemento al Corán), es que el profeta tenía por hábito acostarse con ropa femenina. 



















Es más, según la recopilación de jadices de Al Bujari, el profeta en su momento confesó: ‘La revelación no me viene si llevo puesta otra ropa de mujer que no sea la de Aisha’. Lo que no sabemos es si completaba el atuendo con maquillaje de henna y kohl en los ojos. De ser esto cierto, yo me pregunto, ¿se le puede reprochar? ¿Acaso es delito querer estar divina para una revelación divina? Pues eso.

4. El Islam también produce sectas de lo más extravagantes.
Bienvenid@s al valle de las muñecas islámicas:




5. NUESTRO HOMBRE EN LA MECA. Domingo Badía y Leblich fue el primer español en pisar la ciudad más sagrada del Islam, donde pasó un mes disfrazado de árabe y desenvolviéndose como uno más bajo el nombre falso de Alí Bey.
Nacido en Barcelona en 1767, Badía fue un personaje de vida fascinante, un aventurero nato. Además de espía: trabajó en Marruecos como agente secreto de Godoy, al que se dirigía en sus cartas con el nombre en clave de ‘Miss Jenny Chapman’.
Él por su parte adoptó el nombre de Alí Bey, haciéndose pasar por un príncipe abasí, a lo que le ayudaba su dominio del idioma árabe. Su convincente impostura le hizo moverse como pez en el agua por todo el Magreb, Oriente Medio y Turquía.


Mimetizado con el ambiente, fue el perfecto infiltrado: nadie sospechaba de él. Llegó a ser invitado por el sultán de La Meca para barrer y limpiar la Kaaba, tarea reservada a muy pocos fieles porque suponía una distinción.
Cierto es que Domingo Badía no fue el primer occidental en entrar en La Meca -lugar a día de hoy tan hermético para los no musulmanes como entonces-, pero sí fue el único que lo hizo en calidad de hombre libre que realizaba todos los rituales de los peregrinos como uno más.
Alí Bey no dejó de viajar hasta el último día de su vida, mezclando la intriga política con una curiosidad científica insaciable. Murió en Damasco, en alguna fecha incierta entre 1818 y 1822; dicen que envenenado.

martes, 14 de marzo de 2017

Enamorado de una máquina estricta

La noticia.

Deniz apretó el paso, atravesando barrios decrépitos que parecían habitados por zombis. Cada vez estaba más cerca. Ya podía ver las luces deslumbrantes del Distrito 69, ya podía escuchar el bullicio y la música, ya sentía con fuerza su vibración, a la vez reconfortante y malsana.

Deniz miró al cielo: era una noche sucia como un cubo de agua de fregar. De las que a él le gustaban: cubría todos los pecados. Especialmente en un lugar como el Distrito 69, el área metropolitana destinada a satisfacer los instintos más bajos: sexo, ludopatía, drogas y adicciones tecnológicas; no había en la ciudad otro lugar más depravado. El ruido eléctrico no para y tienes todo lo que necesitas. Durante el día huele a coliflor hervida y aceite lubricante, pero de noche apesta a fornicación y conciencia sucia. Y hay un lugar para todos. Incluido él, por supuesto. Lo que Deniz buscaba solo podía encontrarlo allí. Por eso, cuando finalmente alcanzó el umbral del Distrito 69, sintió un enorme alivio. Pronto, muy pronto, iba a volver a reunirse con él y a gozarlo, gozarlo hasta la extenuación.

Sin dudarlo un instante, Deniz se adentró en sus calles resplandecientes. A su alrededor centelleaban los reclamos: “El auténtico cibersexo: entra dentro, ajústalo y disfruta. Higiene y calidad aseguradas” “Conéctate a la expresión erótica: hardware, tu teléfono; software, tus fantasías más atrevidas” “Roboporno en vivo” “El viejo sueño guarro de la ciencia-ficción: el coño mecánico” “Mamadatronic, reina del porno de alta tecnología”.


El Distrito 69 abrumaba al infeliz que lo pisaba por primera vez con su inabarcable oferta de ciborgasmos y erotrónica.
Deniz ya era un veterano y se movía con soltura. Él iba a tiro hecho, sin distraerse más de la cuenta, caminando deprisa entre el gentío y los animados locales. Uno de ellos intentaba atraer clientes exhibiendo un dúplex sin género en el escaparate, realizado por androides de anatomía ambigua pero llamativamente adornados con pelucas de fibra óptica, bisutería de silicona y tangas fluorescentes. En otro, un poco más allá, podías imprimir en 3D el androide escort de tu elección, dentro de un amplio catálogo. O disfrutar de muñecas hiperrealistas hasta en su capacidad de fingir los orgasmos. Era la feria de lo cibergenital, abierta todo el año. Los sonidos eran tan promiscuos como el ambiente: de un local salía hardcore salsa; del siguiente, reguetón balcánico. Nada chirriaba en el licencioso Distrito 69, el territorio donde era soberana una nueva sexualidad nacida de una tecnología perversa.

A Deniz solo le prestaban atención los captadores, que le salían al paso ante la serie interminable de antros de baile y tecnoporno con nombres tan sugerentes como Robocock o Sex Machine. La competencia por atraer clientes era feroz.

‘Este es el night-club del futuro -decía uno, mientras le extendía un volante- Es muy democrático. Los chicos con los chicos; las chicas con las chicas; negros y blancos; capitalistas y marxistas; chinos y de todo… ¡Una gran mezcla! ¡Anímese!’

‘¡Caballero -le abordaba otro-, no se pierda nuestro circo de las perversidades! ¡El placer más refinado con las máquinas mejor engrasadas!’

Algunos eran tentadores, pero Deniz muy raramente se metía en un club que no fuera el suyo. Siempre iba al mismo. Por fuera podía parecer uno de tantos salones de sexo mecánico, pero los demás no tenían a Fuckzilla.

A él se dirigía cuando captó una conversación al vuelo entre dos amigos:
-¡No me lo puedo creer! -exclamaba uno-. ¡No me digas que nunca lo has hecho con un robot de cocina!
-Pues no, respondía el otro.
Deniz se paró un instante, desconcertado. ¿Un robot de cocina? ¿Es que se había perdido algo? Meneó la cabeza sin entender nada. La gente estaba llegando a unos extremos de desviación que daban miedo. Él por descontado no se incluía. Su caso era distinto. Él no era un hentai, lo suyo era especial: a él aquella cita mensual con su bruto mecánico le daba la vida. La robofilia, pensaba él, tiene unos límites. A su modo de ver, había cosas que ya eran puro vicio.


Deniz, por fin, llegó a su club.
En el display de diodos rojos sobre la entrada corría el siguiente texto: ‘Aquí encontrará satisfacción el esfínter más exquisito’. Y tanto, pensó Deniz sonriendo.
El portero le reconoció y retiró el cordón de la puerta. La taquillera, una eslava ajada con implantes por todo el cuerpo, le reconoció también y le saludó con un gesto seco. Deniz pagó con su DE (Dispositivo Electrónico) y se escurrió dentro del local. En la zona del bar, sobre el escenario, unos androides desganados hacían robotic dancing con música de Gary Numan.
Deniz fue hasta la barra y pidió una bebida energética con viagra incorporada. Sin perder un segundo más, se dirigió a la zona de cabinas.

Una servicial ladyboy tailandesa le facilitó lubricante, toallas y una tarjeta magnética con la que Deniz abrió la puerta de la cabina que le había sido asignada.
Una vez dentro se desnudó, doblando cuidadosamente su ropa y dejándola sobre un taburete de plástico.
Una de las paredes era en realidad una pantalla metálica que comenzó a elevarse con un zumbido suave.
Deniz juntó las manos y cayó postrado de rodillas cuando vio aparecer al otro lado, majestuosa, la máquina sexual que le hacía gemir como nadie: Fuckzilla, un pornorrobot de última generación, el dios de la penetración mecánica. La clave de su éxito: un brazo mecánico, a la altura de la pelvis, al que podían acoplarse un sinfín de imaginativos complementos, desde dildos de distinta forma y tamaño a accesorios rotatorios para una más que eficiente penetración en la que nunca decaía el ritmo, todo lo contrario: Fuckzilla era inagotable, el amante con mayor aguante que Deniz había tenido nunca.

Impaciente por empezar la sesión, Deniz se adhirió ansiosamente una serie de sensores en partes estratégicas del cuerpo. Era a través de esos sensores que Fuckzilla procesaba los datos y regulaba la fuerza y velocidad de la penetración. Esto es, cuanto más aumentaban los gemidos y el ritmo cardiaco del cliente, más empujaba y arremetía el pornorrobot. Deniz, en cualquier caso, siempre podía regular la intensidad con un mando a distancia.
Deniz había pagado por un servicio completo, lo que incluía poder escoger los complementos del brazo mecánico. Eligió un dildo gigante rematado en el glande por unos pinchos de látex y se volvió hacia Fuckzilla con expresión golosa y el culo en pompa.


El pornorrobot no se hizo de rogar y empaló con su brazo a Deniz, que enseguida comenzó a retorcerse de puro gusto. Fuckzilla jamás le defraudaba: programado para el placer, ejecutaba un kamasutra hipercinético sin dejar en todo momento de monitorizar el grado de excitación de Deniz a través de sus gemidos o el ritmo de sus pulsaciones. A más polirritmia, más fuerte embestía. Y era infatigable.
OOOOOOh síiiiiiiii, chillaba Deniz, sintiendo la fuerza bruta de aquel brazo dentro de su alborotado recto. Deniz solo se giraba para cambiar con avidez el accesorio del brazo: quitaba el consolador y ponía una lengua rotatoria o cualquier otro artilugio imposible de plástico.

OOOOh, síiiiii, por favooooor, asíiiiiiii, oh síiiii. Deniz entraba como en trance. Era un viaje al nirvana, un no bajarse del vértigo, desgarrado por dentro pero feliz, íntimamente conectado a una máquina implacable que no tenía piedad de él y a la que, pese a ello, Deniz pedía más. Y más. Y más. El pornorobot era incansable, pero él tampoco se quedaba atrás: parecía no tener bastante.
Aquella sensación salvaje y eléctrica le desbordaba por cada poro de la piel y Deniz, mientras Fuckzilla le zumbaba cada vez más fuerte con su brazo mecánico, tuvo al fin que aceptar la realidad, musitando de placer:

-Estoy… Uffffff... Estoy enamorado de una máquina estricta.

Y se volvió para gritarle entusiasmado:

-Te quiero, oh, sí, cabrón, dale fuerte ahí, oh sí, joderrrrrr, te quieroooo…

Poniendo los ojos en blanco, sintiéndose diluir, Deniz se corrió al fin en un orgasmo interminable. Oooooh sí, oooooooh…
Le pareció que los cimientos del edificio temblaban. Gritó tanto y tan fuerte que el ladyboy tailandés, alarmado, abrió la puerta.
Descubrió a Deniz desparramado sobre el piso, con expresión extasiada y abrazando con ternura los pies de su bruto mecánico.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Esta millennial puede ser la nueva Einstein

Para celebrar el Día Internacional de la Mujer y sin postureo ninguno por mi parte -no puedo estar más orgulloso de mi sobrina Claudia Cea Pallol y de que me haya salido 100tífika, estudiando ingeniería industrial con notas excelentes-, he traducido este artículo dedicado a otra mente femenina privilegiada, Sabrina Pasterski
Por qué debería importarte: porque es una mujer intelectualmente inquieta y audaz que viene pisando muy fuerte en el mundo de la ciencia, amenazando con ponerla patas arriba. 
La fuente es una página de FB que se llama I fucking love science y que deberia formar parte del currículo escolar de todos los países del mundo mundial. Cuanto antes. 
Aquí puedes ver la nota original en inglés.
Y por supuesto, citar a la autora del artículo, Farah Halime.


Una de las cosas que hacen las mentes brillantes del MIT — además de, por supuesto, reflexionar sobre la naturaleza del universo y construir artilugios propios de la ciencia ficción — es certificar la navegabilidad de los aviones para el gobierno federal (de los EE UU). Así que cuando Sabrina Pasterski entró en las oficinas del campus una fría mañana de enero buscando el visto bueno para un avión unimotor que había ensamblado, podía haberse tratado de otro trámite rutinario. Salvo que, en esa ocasión, la diseñadora de aviones de pelo largo y ojos grandes plantada ante ellos tenía solo 14 años y ya había pilotado un avión sola. “No me lo podía creer,” recuerda Peggy Udden, una de las secretarias de dirección del MIT, “no tanto por lo joven que era, también porque se trataba de una chica.”
A ver, era 2016, y las chicas dotadas ni escaseaban entonces ni hoy en el MIT; casi la mitad de las estudiantes allí son mujeres. Pero había algo especial en Pasterski que no solo incitó a Udden a aprobar su modelo de avión, también captó la atención de los profesores más relevantes de la universidad. Ahora, ocho años después, la desgarbada Pasterski, a sus 22 años, es ya graduada por el MIT, candidata a doctorarse en Harvard y tiene el mundo de la física revolucionado. Sabrina está explorando algunos de sus aspectos más desafiantes y complejos, como también hicieron al principio de sus carreras Stephen Hawking y Albert Einstein (cuya Teoría de la Relatividad acaba de cumplir 100 años). Sus estudios se centran en escudriñar los agujeros negros, la naturaleza de la gravedad y del espacio-tiempo. Uno de los puntos de su investigación trata de comprender mejor el fenómeno de la ‘gravedad cuántica’. Sus hallazgos en este área podrían cambiar radicalmente nuestro conocimiento de cómo funciona el Universo.
Sabrina también ha llamado la atención de algunas de las personalidades más relevantes que trabajan en la NASA. ¿Alguien más? Jeff Bezos, fundador de Amazon.com y de la empresa de desarrollo aeroespacial Blue Origin, que le ha asegurado trabajo a su lado cuando ella quiera. Preguntado recientemente por e-mail si su oferta todavía seguía en pie, Bezos respondió a OZY: “¡Y tanto!”
Pero a menos que seas uno de esos fanáticos de la física que ya la conocen por sus artículos académicos, lo más probable es que no hayas oído hablar de Pasterski. De ascendencia cubano-americana y criada en los suburbios de Chicago, Sabrina no tiene Facebook, LinkedIn o Instagram ni tampoco smartphone. Lo que sí hace es actualizar con regularidad una página web libre de banalidades que se llama PhysicsGirl e incluye un extenso catálogo de logros y aptitudes. Entre ellos: “Localizar la elegancia dentro del caos.”
Pasterski descuella entre un número creciente de flamantes licenciados en Física en los Estados Unidos. Fueron 7 329 en 2013, doblando la cifra más baja que se había alcanzado en décadas: los 3 178 de 1999, según el Instituto Americano de Física
Nima Arkani-Hamed, profesor de Princeton y ganador del primer premio Fundamentos de la Ciencia, dotado con 3 millones de dólares, comentó a OZY que había oído ‘cosas estupendas’ sobre Pasterski de su asesor, el profesor de Harvard Andrew Strominger. Sabrina ha recibido también cientos de miles de dólares en subvenciones de fundaciones como la Hertz, la Smith y la National Science Foundation.
Pasterski, hablando a frenéticos trompicones, dice que ella siempre se ha visto tentada a desafiar lo que es posible. “Los años que pasé probando los límites de lo que podía conseguir fueron los que me llevaron a la Física”, declara desde su dormitorio universitario en Harvard. Aún así lo cuenta como si no supusiera ningún trabajo: habla de la ciencia como algo ‘elegante’ a la vez que pleno de ‘utilidad’.
Pese a su impresionante currículo, el MIT puso a Pasterski en lista de espera cuando solicitó su ingreso. Los profesores Allen Haggerty y Earl Murman no daban crédito. Gracias a Udden, los dos habían visto un vídeo de Pasterski construyendo su avión. “Nos quedamos con la boca abierta”, contó Haggerty. “Su potencial es incalculable”. Ambos decidieron apoyar su solicitud de ingreso, con lo que Sabrina al final fue aceptada, graduándose más tarde con una nota media de 5.00, la calificación más alta posible.
Hija única, Pasterski se expresa con cierta torpeza y salpica sus emails de emojis sonrientes y signos de exclamación. Cuenta que tiene un puñado de amigos íntimos pero que nunca ha tenido novio ni ha bebido alcohol ni ha fumado un cigarrillo. Como ella dice, “Prefiero mantenerme alerta, y espero ser conocida por lo que hago antes que por lo que no hago.”
Mientras sus mentores le auguran un gran futuro en la Física, ella parece tener los pies sobre la tierra. “Un teórico que te asegura que averiguará algo concreto en un lapso largo de tiempo casi te está garantizando que no lo hará”, afirma. E independientemente de la promesa de Bezos, el magnate de Amazon, la realidad para los egresados en ciencia en los Estados Unidos se presenta desafiante: un estudio reciente de la oficina norteamericana del censo muestra que solo en torno al 26 por ciento de esos graduados desempeñaban trabajos dentro de su campo, mientras que casi un 30% de los posdoctorados en física y química estaban en paro. A Pasterski este dato no parece afectarle. “La Física ya es bastante emocionante por sí misma”, declara. “No es como un trabajo de 9 a 5. Cuando estás cansada, duermes. Y cuando no lo estás, te ocupas de ella.”

domingo, 5 de febrero de 2017

Bienvenido, Mister Himmler

El aeropuerto de Barajas, engalanado para recibir a Himmler.

Sinceramente, no puede ser que en este país no se pueda hablar con normalidad de ciertas cosas. No es de recibo, por más que a muchos les parezca que sí, que haya un periodo de nuestra historia sobre el que haya que pasar siempre de puntillas, procurando no hacer ruido, sin molestar. Cuestión de estrategias ante un pasado molesto: los avestruces esconden la cabeza bajo el ala, nosotros lo barremos bajo la alfombra.

Himmler en Las Ventas, disfrutando de una tarde de toros en su honor.

Y esto no es para nada sano. Los esqueletos en el armario solo se pueden ocultar durante un tiempo: tarde o temprano hay que sacarlos a ventilar. Es como el grano que se infla de pus pero no revienta, una especie de podredumbre interna que prefiere dejarse pudrir más y más hasta hacer el ambiente irrespirable y la visión, borrosa. 
Y el pasado hay que exponerlo al foco, a la claridad. Aunque al principio nos escueza, el efecto es terapéutico: si se anima a las personas a soltar la mierda que guardan dentro, no sé por qué con un país va a ser distinto. Nadie dijo que el proceso no fuera doloroso, pero se siente un enorme alivio, liberados colectivamente al fin de una carga muy pesada. 

Himmler desfilando por Gran Vía.

No se pueden mantener zonas de sombra en nuestro pasado. Hay que derramar luz sobre todos sus rincones; bastante oscura es esa época ya para hacerla más oscura. Lo habitual en este asunto, sin embargo, es correr un tupido velo. Y si te atreves a descorrerlo para que entre aire y sobre todo luz aun a costa de descubrir mucho polvo y telarañas, siempre te vienen con los mismos reproches: ‘Qué falta hacía hablar de eso’.

La misma que hace que Mary Beard nos cuente cómo vivían los romanos. Es curiosidad histórica, es conocer nuestro pasado, a veces sin más intención que esa. Pero aquí hay ciertos callos sensibles que más vale no pisar. 
Así las cosas, fui consciente de que mi libro sobre la arquitectura franquista de posguerra, la que se construyó principalmente en Madrid y toda España en la década de 1940, iba a ser para muchos una provocación. Y más cuando me atrevo a tildarla de ‘arquitectura fascista a la española’.

Escolta de guardia mora y esvásticas al paso por Madrid del jerarca nazi que diseñó la solución final para los judíos de Europa.

Por supuesto, ante mi osadía de llamar a las cosas por su nombre, ya sabía de antemano que muchas personas me iban a arrugar el hocico como si estuvieran oliendo bosta fresca. Y que otras se iban a acercar al libro con una gran prevención. Contaba con ello. Era el precio a pagar y lo tenía asumido. Pero no me ha hecho cambiar mi opinión. Es más, me reafirmo: la arquitectura franquista de posguerra era una arquitectura fascista a la española, y datos como el que voy a dar ahora -y que no mucha gente conoce- no hacen más que darme la razón.


Entre mayo y octubre del año 1942 se celebró en Madrid una Exposición de Arquitectura Contemporánea Hispano-Alemana, inaugurada por el mismo Franco en el Palacio de Cristal del Retiro

Comisariada por Albert Speer, el arquitecto de Hitler, y patrocinada por Pedro Muguruza (autor del Valle de los Caídos y falangista acérrimo), la exposición fue todo un éxito, sobre todo político.



Sobre ella se dijeron entonces muchas lindezas rimbombantes, como que la monumental grandiosidad nacionalsocialista significaba ‘ensanchar las perspectivas del hombre, ensanchar las perspectivas del mundo…’ A los que la visitaron y comentaron, la nueva arquitectura germana les pareció ‘la fiel traducción del espíritu del Tercer Reich’. 
Alguien también escribió: ‘Las nuevas arquitecturas de España y de Alemania son paralelas al pensamiento político. El nuevo estilo de las construcciones en España es consecuencia lógica de una voluntad y un pensamiento colectivo. En el planteamiento y solución de estos problemas existe una clara coincidencia entre los dos países’.

O viva la amistad de los pueblos español y alemán, enlazados entonces por una parecida unidad de destino en lo universal. Mientras la muerte de 7 000 españoles empezaba a consumarse en el campo de Mauthausen, la España oficial de entonces vivía deslumbrada con el poderío invencible de Alemania, para la que los primeros años de la 2ªGM estaban siendo un triunfante paseo militar. 


Los generales africanistas españoles miraban a sus colegas alemanes con una envidia y una admiración que eran incapaces de disimular, por más que muchos de ellos fueran unos ceporros a los que las tácticas de la guerra moderna les parecían jeroglíficos de Ocón de Oro
Pero no solo los militares miraban sin disimulo a la Alemania nazi. También lo hacían los arquitectos españoles afectos al régimen, buscando inspiración para la nueva ‘arquitectura nacional’ que se pretendía construir aquí. Su objetivo: imitar la grandilocuente arquitectura alemana dentro de unas claves de estilo más españolas y enraizadas en nuestra ‘gloriosa tradición’.


Por eso, con motivo de la citada exposición, lo que aquí se esperaba era que, en un futuro próximo, ‘junto a nombres de arquitectos alemanes como Troots, Ruff y Speer, o de arquitectos italianos como Enrico del Debbio, el constructor del Foro Itálico, o Marcello Placentini, constructor del Estadio Urbis en la Roma de Mussolini, vivirán nombres de arquitectos españoles.’

Seguro que Pedro Muguruza soñaba con formar parte de ese nuevo Olimpo. La exposición, por cierto, se trasladó luego a Barcelona, donde al parecer, y según se cuenta aquí, provocó el mismo entusiasmo.


Así que denominar a la arquitectura franquista de posguerra como ‘arquitectura fascista a la española’ ni es exagerado ni está fuera de lugar, sobre todo cuando los hechos históricos lo vuelven a corroborar tan tercamente.


Bibliografía: ‘El Valle de los Caídos: los secretos de la cripta franquista’ de Daniel Sueiro (Sedmay, 1977-Argos Vergara, 1983).

domingo, 22 de enero de 2017

Llámame esnob que me pone muy cerdo


Todas las voces coinciden: Donald Trump ha llegado a la Casa Blanca gracias al apoyo decisivo de las clases rurales norteamericanas, la basura blanca que vive en caravanas y los rednecks del Medio Oeste, los de Biblia y semiautomática.
Todos esos desheredados del sistema que, hartos de que el establishment los ignore, le han hecho un monumental corte de mangas eligiendo a un supermillonario macarra que parece dispuesto a darles una buena patada en el culo a los políticos de Washington y a esos intelectuales y actores de Hollywood que les miran por encima del hombro y los tratan de forma condescendiente.

En Estados Unidos esa reserva de votos se ciñe sobre todo al centro y el sur del país, con su cinturón de la Biblia y ese estado guardián de las esencias de AmeriKKKa que es Texas.
En España, desgraciadamente, el cazurrismo-leninismo es una cosa mucho más extendida: no solo se desparrama a lo ancho como una mancha de aceite, pringando hasta el último de sus rincones, sino que también chorrea desde arriba (trickle-down) y desde abajo (trickle-up), en un flujo-reflujo continuo que hace que este no sea país para espíritus refinados. Este es un país tosco para gente tosca, donde triunfaron masivamente el eskai y el gotelé. Con eso te lo digo todo.


Aquí hace falta un buen pulido, empezando por arriba. Porque el problema principal de España es que nuestra élite -social, política y cultural- no es nada exquisita, al contrario, es de lo más convencional y cateta. Aquí los que mandan son más de palco VIP del Real Madrid, toros, procesión y antes todavía, con la reina Sofía, te iban a un concierto de música clásica; ahora que la nueva reina es indie, ya ni eso.
Siempre lo digo, a los Estados Unidos se les puede criticar por un millón de cosas, pero si algo tiene la élite de allí es que culturalmente se significa: cuando no te llenan la Metropolitan Opera House de Nueva York noche tras noche, financian la construcción del ala de un museo -que luego llevará su nombre, eso sí- o una nueva biblioteca pública.
Aquí lo que más se acerca a eso han sido los Botín con su festival de piano en Santander. Y pare usté de contar. Las señoronas de aquí se preocupan más de ir a misa y de ponerse en la cola de una jura de bandera por enésima vez, a ser posible con peineta y mantilla.


Eso cuando no bajan a la verbena o a la romería a mezclarse con la plebe y comer churros con las modistillas, adoptando su mismo lenguaje castizo y fetén.
Desde luego, cómo se notaba que la exreina Sofía -esa esfinge inescrutable a la que yo admiraba por su dominio absoluto de la inteligencia emocional- era extranjera. Más alemana que griega, todo hay que decirlo. Eso explica que fuera tan melómana y que introdujera aquí ese gusto delicado por la música clásica y sus grandes intérpretes. Ante el pasmo sobre todo de su marido, al que la actitud de su mujer debía desconcertar; no me extraña que se distanciaran.
Aquí, de toda la vida, los reyes han sido más de ir a la zarzuela o a la revista de cuplés picantes, de incógnito o no, con la única intención de liarse con alguna de las vicetiples o coristas. Esa campechanía borbónica que no se pué aguantar.
Ahora en serio, ¿alguien piensa en el rey emérito como en alguien que no tuviera unas aficiones más bien de macho ibérico bastante básico? El amor por la cultura a alguien se le nota, y don Juan Carlos, con todos mis respetos, ni lo tenía ni lo trasmitía.
Para qué pedirle más: era el rey perfecto para este país de cazurros donde la cultura ni se aprecia, ni se valora y además resulta sospechosa porque es un nido de rojos.
Aquí, de la choza al palacio, todo es cutre pero presuntuoso y el mal gusto es religión. España es el imperio de la caspa que, para colmo, se toma demasiado en serio a sí misma.



Con este panorama desolador, si desde las instituciones y el establishment no se muestra sensibilidad alguna, ¿qué se puede esperar en las ca(s)pas de abajo? Y esto se refleja en tantas y tantas cosas… En cómo tratamos nuestro patrimonio arquitectónico, por ejemplo. El escándalo más reciente: la demolición de la Casa Guzmán a la que alguien -cómo no, en un comentario de FB o de algún diario digital- describía como ‘cubículo desarrollista con persianas’.
Peor era la cantidad de gente que coincidía con esa opinión: la vivienda ya irremisiblemente perdida de Alejandro de la Sota era un adefesio y la nueva casa construida en su lugar era mucho más bonita, dónde iba a parar; eso era una casa-casa, con sus pisos, sus ventanas alineadas y el siempre distinguido tejado de pizarra.
Pa-le-tos, piensas, y el suspiro que sueltas te sale del alma y es posible que llegue a las costas de Florida con categoría de huracán.
Es que la realidad es muy dura: vives en un país de gañanes. ¿Esto me hace elitista? Sí, por favor: agitado pero no revuelto. Ración doble.


Llámame esnob, oh sí, oh siiiiiií, que me pone muy cerdo. Pero es que hechos como este, este otroeste también y otro más me dan la razón.
Bienvenidos al país donde la gente arrasa alegremente con yacimientos arqueológicos o el cementerio musulmán más grande después de la Jurado para construirse el 'chalet', que además, para terminar de rematar la faena, será de lo más feo y pretencioso, con balaustrada barroca de yeso, estatuas griegas de escayola por el jardín y carpintería metálica de aluminio por todas partes.
La ignorancia más atrevida, a la hora de exhibirse, es de una vulgaridad manifiesta.



A propósito de esto,  no hace mucho descubrí en youtube una serie de la BBC que me enganchó desde el primer episodio: Restoration Home. 3 temporadas y me ha dejado con hambre de más. Y sí, lo admito una vez más: soy un esnob y un anglófilo irredento; como para no serlo cuando comparas sensibilidades de aquí y de allá.
La serie trata de distintas casas y mansiones antiguas -hasta castillos- adquiridos por particulares y restaurados por ellos mismos con un amor y una dedicación que más quisiéramos aquí.
Entre ellos hay algún arquitecto y urbanista, pero la mayoría son gente corriente con los oficios más variados: desde la que lleva un estudio de diseño gráfico a un chico en paro pero muy manitas que se curra él solo toda una iglesia victoriana, pasando por profesionales de la construcción o un exportero de discoteca.
Todos sin embargo tienen lo mismo en común: el respeto hacia la arquitectura y la historia de la casa que han comprado y que tienen la intención de convertir en su nuevo hogar familiar.
No siempre cuentan para ello con subvenciones. En la mayor parte de casos, el dinero lo ponen íntegramente de su bolsillo.
Y no reparan en gastos porque para todos ellos invertir en un sitio para devolverle su historia y su identidad es motivo de orgullo.
Son muy conscientes de poseer algo único.


Un dato más: casi todos los edificios que aparecen en la serie tienen algún grado importante de protección, con lo que los nuevos propietarios se ven obligados a colaborar con la junta de conservación o la dirección de patrimonio local que supervisa directamente las obras, después de darles su aprobación.
Algo que los propietarios asumen sin problemas, aunque en ocasiones les fastidie no poder reformar la cocina como querían.
Aun así, acatan lo que les dicen. Aquí nos faltaría tiempo para hacerle una pedorreta al técnico de la dirección de patrimonio según saliera por la puerta para acto seguido decirle al albañil rumano al que se está pagando en negro que tire ese arco ojival para ampliar el dormitorio. ‘A mí no viene nadie a decirme lo que puedo o no puedo tocar. Es mi casa y hago en ella lo que quiero.’


Ole, ole y ole. Esa es la actitud. Tan española para mal. Aquí la gente está tan confundida que, si se encuentran una chimenea Tudor, la quitan rápidamente por viejuna y la sustituyen por una moderna, de serie y a ser posible con detallitos de latón dorado.
Ay, el latón dorado. Nuestra perdición. España es el reino del latón dorado. Mira que nos gusta.
A propósito de esto, en twitter acaba de de abrirse una cuenta-hilo, #PuertasDeMadrid, para inventariar gráficamente las pocas puertas de carpintería antigua que quedan en la ciudad. Y me parece muy bien. Pero también lanzo la pregunta: ¿con qué se sustituyeron la mayoría de esas puertas de madera, después del pertinente acuerdo de la junta de vecinos? Con otras de lo más vulgar, puertas de forja industrial que no tienen puñetera gracia ni encanto pero en las que, eso sí, no faltan los adornos de latón dorado.


Dentro de los portales ya ni te cuento. La gente es tan ridículamente pretenciosa que, en cuanto tienen oportunidad y presupuesto, arrasan con una decoración alfonsina, modernista o art decó para chapar todo con falso mármol y sustituir las lámparas antiguas por esos apliques guachafos de tulipa blanca y latón dorado.
‘Es que esto tiene más clase’, te dicen.
Y te preguntas por qué no los estrangulas. Por qué te contienes. Qué te lo impide.
En vez de eso, sensatamente, te limitas a poner los ojos en blanco y murmurar: ‘España, camisa de latón dorado de mi desesperación’. Para qué molestarse si en el fondo es una batalla perdida y, además, como se está viendo estos días, la idiocracia se está apoderando de todo.
Unos entran en pánico. Yo prefiero apartarme discretamente a un lado y dejarlos a sus anchas, a ver si revientan.


Sé que me está quedando una entrada muy Javier Marías, así como de cascarrabias tiquismiquis al que le irrita hasta su propia sombra, pero tal como están las cosas, me reafirmo: 'Je suis elitiste'. Pertenezco a esa clase urbana cultivada y liberal que desprecia a toda esa gente sin criterio, sin gusto, sin luces, sin estilo. Sí, los desprecio con todas mis fuerzas. Tanto como ellos me desprecian a mí.
Y si ellos no tienen intención de ceder -al revés: van camino de dominar el mundo-, yo tampoco. Sin sentir por ello ningún tipo de complejo o culpa, como no lo sienten ellos. Podrán ser la mayoría, pero no tienen razón. Claro que para qué molestarse en convencerlos de lo contrario, si no tienen remedio con lo poco que ponen de su parte: son como son y están encantados.
Además de que malditas las ganas que tengo de redimir a nadie. Bastante tengo con redimirme yo.

jueves, 5 de enero de 2017

El año en que morimos de cuñadismo


También conocido como 2016. Un año cenizo. Nefasto. A veces terrorífico. Un verdadero annus horribilis para la humanidad, más que eso, una ordalía.
En el que, para colmo, no han dejado de resonar en el ciberespacio español una serie de frases hechas, como esas locuciones grabadas que se repiten hasta casi volverte loco: 'Gracias por mantenerse a la espera. Su llamada será atendida en breve'.


Es fácil explicar este fenómeno: hay frases que se convierten ellas mismas en memes.
También tienen mucho que ver con el zeitgeist, esto es, ese espíritu inefable que sopla en cada época y que alienta histerismos y hipsterismos varios.
Algunas de estas frases-meme son refranes, lo que proporciona al ciberespacio español un acogedor ambiente tabernario, y es fácil imaginarte a la gente posteando con un palillo de dientes en la boca.


Ha sido intención de este post recopilar las 10 frases-memes de ese-año-del-que-usté-me-habla, después de un rastreo intensito en dos filones inagotables: los comentarios de usuarios en FB y los de los lectores de diarios digitales.


Como que, en este sentido, la prensa on line vapulea por goleada a la tradicional, la impresa. Son casi lo mejor, los comentarios de los lectores, influyentes o no, anónimos o multinick. Yo es que me lo paso como un adultescente cazando pokemons.
Ha sido la gran aportación de la prensa digital, ese rico salseo en la disparidad de opiniones y la desvergüenza trolera en los comentarios a sus noticias.
Comparado con esto, ¿quién se acuerda ya de aquella formalísima sección de 'cartas al director'? Por favor, qué cosa más aburrida y triste.


Y aquí van por fin, sin extenderme más:
Las 15 frases estrella de la ciberesfera española en 2016:

1. A disfrutar lo votado. Lo gracioso es que es un reproche indiscriminado: sirve para cualquier votante, tanto para los peperos como los sosialihtah del susanato andaluz como los podemoides de los ayuntamientos del cambio.

2. Con Mahoma/Alá no hay huevos. Otra variante: 'Esto no hay cojones de hacerlo en una mezquita', con lo que ya estamos tardando en hacer un reality en el que los concursantes tengan que ejecutar una serie escalada de actos provocativos dentro de una mezquita, de la que irán siendo expulsados por una turba de imanes furibundos y barbudos si no superan las pruebas. Y el que gane, a las Barbados.

3. No hay más ciego que el que no quiere ver. Que España sin su refranero sería media España.

4. España país de pandereta. Aquí no sé qué pensar. Se supone que asociar nuestro país a este instrumento tan elemental y rustico es como algo negativo, pero me permito recordar que fue una humilde pandereta la que dio todo su encanto y dignidad al Dancing Queen de Abba. Esto aparte, un instrumento que George Michael meneaba de forma tan sexy no puede ser tan malo.

5. Ganas de reabrir heridas. Hay cosas más importantes de las que ocuparse. Siempre en el contexto de la aplicación de la Ley de Memoria Histórica, la apertura de fosas, los bebés robados y otros X Files de la historia reciente española.

6. La gente tiene la piel muy fina (variante: se la cogen con papel de fumar).  Todo hay que decirlo: describen una realidad. He visto rayas de cocaína más anchas que el umbral de tolerancia de muchas personas en las redes sociales. No sé si Clint Eastwood tendrá razón al decir que nos hemos vuelto unas nenazas, pero sí es verdad que antes la gente encajaba mejor que les pisaran el callo.


7. Donde no hay mata no hay patata. Más refranes. A veces tienes la impresión de haber parado a tomar algo en un bar de Talavera de la Reina.

8. Cuando el tonto coge el camino (o la linde) se acaba el camino pero el tonto sigue. Refranes non-stop. ¡No se quede sin el suyo! Yo personalmente esta pereza mental la entiendo: ¿para qué vas a aportar algo de ingenio propio al debate si ya cuentas con este vasto tesoro de sabiduría popular? Además de que son sentencias incontestables.

9. Esto es lo que produce el buenismo y el dejar entrar a todo el mundo. Que suelen ser también los que escriben esto: 'Que respeten las costumbres de mi país como yo en su país tengo que respetar las suyas.' El mismo nicho.

10. Ironía modo on. Al parecer, hay que hacerle ver a la gente que estás siendo irónico porque algunas personas no distinguen estas sutilezas y se lo toman todo al pie de la letra. ¿Te lo puedes creer? Pues sí. También lo usan los imbéciles que piensan que los demás somos incapaces de captar una ironía.


Más, por supuesto, un millón de frases con la palabra cuñado o cuñadismo en ellas, del tipo 'ya salió el cuñado', 'cuñadismo en estado puro' o, simplemente, 'cuñaooo'.



Por último, de entre todos los leídos en la prensa digital, quisiera destacar un comentario de Ramón Lamas en eldiario.es para el que va My choice award 2016:

'¿No es tan humano un culo bonito como una inteligencia brillante?'

No podría estar más de acuerdo.