viernes, 21 de noviembre de 2014

domingo, 26 de octubre de 2014

Un look para toda la vida


Ese es el look Nuevas Generaciones, tan inamovible como sus ideas.
Es como el elixir de la eterna juventud pero con trampa: es la juventud de los que nunca tuvieron juventud, de esos amigos y compañeros tuyos, normalmente de familia bien, que, mientras tú vivías tus años mozos como si no hubiera un mañana, ellos, asquerosamente responsables (al menos desde tu punto de vista) preferían encerrarse a casa a estudiar porque estaban, invariablemente, preparando unas oposiciones.
Y no unas cualesquiera: nada de sacar plaza de cartero, bibliotecario o administrativo en el ayuntamiento, ellos apuntan alto: de abogado del Estado, notario, registrador de la propiedad, inspector de Hacienda o diplomático no bajan.
Los cachorros peperos podrán ser unos mocosos, pero son unos mocosos ambiciosos.


Paradigma de esto es el pequeño Nicolás, que suena a cuento de los hermanos Grimm y el muchacho, en realidad, lo que da es mucha grima.
A mí por lo menos me causa una gran aprensión. Es como un minifloriano. O un protoaznar. O un embrión de Alejandro Agag. Una criatura a medio hacer, a la que le falta un hervor o dos, un engendro repelente y terrible que está empezando a tomar cuerpo ante tus ojos.
La gente le ve como un héroe, una máquina, un crac y a mí en cambio me da miedo. Me perturba sobremanera.
El pequeño Nicolás es como la invasión de un ultracuerpo imberbe que ha salido de una vaina del jardín del portavoz del PP para ocupar algún día su lugar.
Para definir la sensación que me produce solo se me ocurre un anglicismo: creepy.


El pequeño Nicolás es también el figurín perfecto del look NNGG o look pepero pour homme. Y ese look, junto a sus ojos angelicales, son las dos únicas cosas en él que no envejecerán jamás.
Es la gran ventaja de este estilismo, que el que lo luce lo mismo puede tener 20 que 40 años que uno como que no los distingue.
Al menos, tengan la edad que tengan, la camiseta de rugby a rayas, a ser posible de Ralph Lauren, la llevan con el mismo y desconcertante desparpajo. Lo que permite, además, herederla de padres a hijos y de estos a nietos sin la menor fisura generacional.
Pertenecer a las NNGG es cultivar un look preppy atemporal, sin fecha de caducidad, como de haberte quedado atrapado de por vida en un campus universitario... del Opus.

El look NNGG es como un gusano estilístico-temporal: empiezan con él de adolescentes y no lo cambian ya nunca.
Y para qué lo van a cambiar si va acorde con sus principios y valores: es aburrido, conservador, apolillado y de un modosito que repele.


Yo creo que es una estrategia de ambiguación. Una especie de pacto con el diablo que les permite parecer siempre una cosa imprecisa entre un joven viejuno y un señor de gomina jovial. Es un aspecto predecible y convencional que se prolonga toda tu vida y con el que las franjas de edad se confunden y difuminan. Hasta en la mentalidad.
No es que envejezca con ellos, sería más exacto decir que es un estilo que ya nació viejo; de ahí que despiste tanto y veintañeros y cuarentones nos parezcan intercambiables; ya dije una vez que estos peperos clónicos nos lo pondrían realmente difícil en una rueda de reconocimiento.

Es un look, no obstante, que permite ciertas libertades, así como para compensar tanta formalidad y porque ellos, aunque se sienten en una junta de directivos o aspiren a hacerlo, en el fondo tienen su corazoncito bohemio y a veces se ponen Un velero llamado libertad de José Luis Perales y hasta se emocionan escuchándolo.
Sobre todo cuando dice eso de 'Y en el cielo descubrió gaviooootas, tralará, azules como el mar...'


Pero a lo que iba. Es ese conato de espíritu bohemio que en el fondo tienen el que por otro lado les lleva, como válvula de escape, a cultivar ciertos toques de indómita rebeldía.
Su atuendo puede ser clásico y nada arriesgado, pero se permiten romper la formalidad de su estricto dresscode con atrevidas notas de color: verde lima, amarillo limón, rosa chicle... que violentan con osada pero calculada estridencia la triste monotonía de los tonos oscuros, nazarenos y pardos.
También se permiten un toque hippy y contestatario en las pulseras, con debilidad por las de cuero trenzado y, una vez más las de colores, predominando la combinación roja y verde de Gucci o el rojo y gualda de la bandera de España.

Pero donde más desafiantes se muestran es en lo capilar.
Entramos en el territorio de las melenas onduladas al viento, cuidadosamente despeinadas, los flequillos transgresores, las patillas de hacha o de bandolero romántico o ese contraste expresionista entre cabellos teñidos como ala de cuervo y barbas y bigotes canos.
Ahí están, para corroborarlo, Bárcenas, Agag, Moragas, Güemes, el mismo Floriano y, por supuesto, Aznar, el referente supremo, ese Cid Campeador renacido, el gurú neoliberal que escribió Cartas a un joven español.

Que no debía ser otro, vistos los acontecimientos, que nuestro pequeño Nicolás, sin duda su lector más receptivo, su pupilo más aventajado, ese aprendiz de brujo que, en un alarde de precocidad, ha superado al maestro tanto en lo ético como en lo estético.
Otros se ríen de sus aventuras, otros las jalean, a mí repito que este niño me da mucho miedo.
Bajo esa máscara de querubín se esconde un verdadero monstruo vestidito, eso sí, de lo más formal.


Ilustración 'Corazas de tela' por Cristóbal Fortúnez, de su blog faunamongola.

domingo, 14 de septiembre de 2014

Una gesta para recordar


A partir del 7 de noviembre de 1936, y durante casi tres años, el pueblo madrileño protagonizó una gesta sin precedentes en la historia del mundo y de las guerras, solo superada poco después por otro sitio igualmente atroz, el de Leningrado
Pero los madrileños, que son muy chulos, fueron los pioneros. Aunque sea un título triste que evoca días muy duros. 



Madrid fue la primera ciudad en la historia de las guerras en sufrir bombardeos masivos contra objetivos civiles. Un objetivo premeditado: los obuses de los cañones y las bombas de los aviones no buscaban infligir daño militar sino propagar el miedo y el derrotismo entre la población.
Quebrantar su moral.
Había un componente ideológico, por supuesto. A mediados de noviembre de 1936, iniciada ya la ofensiva sobre la capital, el periódico inglés The Times recoge las palabras que un Franco furioso dirige a unos periodistas portugueses:
'Destruiré Madrid antes que tener que dejárselo a los marxistas.'  


Otro título triste que ostenta Madrid es el de Ciudad Mártir. Lo comparte con otras ciudades del mundo como Dresde, Sarajevo, Nagasaki, Hiroshima o la antigua Stalingrado. Es decir, la liga de las ciudades devastadas por la guerra.
Porque muchos madrileños ignoran que su ciudad no dejó de ser bombardeada durante treinta largos meses, por aire y fuego artillero. 
Los madrileños de entonces supieron muy bien lo que era vivir un asedio inclemente y un hostigamiento incesante como el de Gaza.
Barrios enteros quedaron destruidos, y toda la ciudad quedó cosida a cicatrices espantosas en forma de socavones inmensos, mordiscos de metralla y edificios reventados.

Madrid estallaba en pedazos mientras los madrileños hacían su vida diaria movidos por el más salvaje instinto de conservación y adaptándose a las nuevas rutinas que había traído la guerra: bajar a los refugios, correr por las calles para guarecerse de las bombas, aguantar en las colas bajo la amenaza real de los proyectiles, escuchar el aullido de la alarma aérea, buscar a los muertos entre las ruinas, fumar cáscaras de patata, hacer jabón y pan en las casas, comer lentejas con gusanos.


Vivir era un milagro diario. 
Todos los habitantes de la ciudad sufrieron por igual la misma angustia, soportando bombardeos, hambre y frío, naciendo entre escombros, muriendo entre cascotes. 
Durante mil aciagos días este fue el panorama diario para el madrileño, que aun así se las apañó para seguir adelante con su vida en un afán desmedido de supervivencia.

El pueblo de Madrid se cubrió de honor y gloria, aunque resistir hasta el último día de la guerra le supusiera un altísimo tributo en dolor, miedo y privaciones sin cuento. 
Con todo, la ciudad superó la prueba de abnegación y mostró rasgos infinitos de heroísmo. 
Si el adjetivo ‘numantino’ reforzó su significado como algo esencialmente hispano, fue gracias a todos aquellos madrileños tenaces e irreductibles.


Todos fueron héroes, porque todos por igual compartieron las mismas calamidades, los mismos rigores y sacrificios en una ciudad que parecía invencible pero que, paradójicamente, tenía todas las de perder. Pero no solo hay que recordarlos como protagonistas de una gesta magnífica que asombró al mundo, sino también y principalmente como víctimas, porque en esta batalla, como en tantas otras, la gran sufridora, la gran perdedora, fue la población civil.



Y una app para que la revivas


A todos aquellos madrileños abnegados y heroicos está dedicada mi nueva app para Kolobee, La batalla de Madrid.
Un relato fragmentado en mosaico en el que todas las piezas encajan como en un puzle para dar una visión global y consistente de aquellas jornadas dramáticas.

Una visión de conjunto despiezada en 100 puntos informativos, ubicados en el mapa, que se dividen en diferentes categorías: el frente, la retaguardia, cultura y patrimonio y protagonistas. 
Un itinerario indispensable para los que quieran revivir este episodio a la vez fascinante y terrible de nuestra historia.


Disponible para móviles Android y iPhone, también para iPad y iPod touch.

Se puede utilizar con o sin conexión a Internet, sin merma de su contenido.
La puedes descargar aquí: