lunes, 5 de diciembre de 2016

El socialismo no es nada Mad Men


Estos días, con la muerte de Fidel, se ha vuelto a hablar otra vez -y hasta la extenuación- de la escasez en Cuba.
Y sí, entre el embargo americano (que ha hecho mucha pupa, asfixiando la economía de la isla durante décadas) y lo que los propios cubanos llaman ‘el bloqueo interno’ y que no es otra cosa que el desastre de organización y gestión entre ellos, el estereotipo cuñadísimo del papel higiénico se cumple.


Otra cosa que no abunda en Cuba son las bolsas de plástico.
Lo que no deja de ser positivo: al menos allí no tienen esos problemas de hiperinflación que tenemos con ellas no ya en Occidente, también en China, donde las bolsas de plástico deben duplicar o triplicar ya la población, mientras que en el mar Mediterráneo no está muy lejos el día en que acaben flotando más bolsas que medusas.


Como en Cuba hay pocas jabas, no te ocurren historias para no dormir como la que yo viví una vez en Madrid, cuando, transitando por una calle solitaria, una ráfaga de aire levantó de repente ante mí un remolino gigante de papeles y bolsas de plástico que me produjo sudor frío.

No sabía qué hacer, si esperar, como Moisés, una revelación de esa imponente columna de desechos que parecía haber alzado Yavé, o salir por piernas, corriendo por mi vida, porque también me sentí amenazado, como si esas bolsas de plástico hubieran cobrado vida y fueran a atacarme.
Fue una de las experiencias más inquietantes que he tenido nunca.


Será por ese componente tétrico que tienen que en Irlanda llaman bragas de bruja a las bolsas de plástico que se quedan enganchadas y agitándose al viento en las ramas de los árboles.
Imagínate la escena: noche cerrada, tú errando por esos caminos de Irlanda y oyes el flapflapflap de una de estas bolsas en los arbustos de brezo y el susto te lo llevas.
En Cuba están a salvo de todo esto: ni hay tornados de plástico ni bragas de bruja de Halloween.


Allí las bolsas de plástico son un bien escaso, y las pocas que ves no llevan publicidad ni logo ni nada.
Son blancas, sin más, y no te negaré -acostumbrado como estoy a lo contrario- que las encontraba desnuditas, como que les faltaba algo, un logo, un diseño gráfico, unos colorines corporativos. Pero ahí está uno de los rasgos que definen un sistema socialista: no hay publicidad. Ni en la tele, ni en la calle ni en ningún lado.
Las pocas vallas publicitarias que hay se reservan para ensalzar la Revolución y sus héroes.
Cuba entera parece sometida a un Adblock.
Al principio no te das ni cuenta, tardas en reparar en ello pero, cuando por fin lo haces, tampoco es que la eches de menos.
La publicidad, digo.
Al contrario, no sabes lo que se agradece.


A algunos, sin el adorno colorido y ruidoso de la publicidad, les puede parecer un paisaje triste y desangelado.
Es lo que sentían muchos viajeros occidentales cuando visitaban los antiguos países europeos del bloque del Este. La impresión era siempre la misma: uniformidad y grisura.
Muchos de hecho sostienen que este fue uno de los más poderosos motivos por los que colapsó el campo sosialista (que dicen en Cuba). Les faltaba la fanfarria tentadora de la publicidad, con sus melodías más pegadizas que los solemnes himnos del Partido y eslóganes mucho más inspirados e ingeniosos que los revolucionarios.
En plena guerra fría, si algo hizo mella en el espíritu de muchos alemanes orientales, fue el escaparate vibrante, luminoso, sexy y multicolor en que se había convertido la Unter den Linden en Berlín Oeste.
Eso sí que minó la moral. Según estas opiniones, fue la más eficaz contrapropaganda.
Y es muy posible que tengan razón.


Pero chico, cuando no tienes la matraca cansina de la publicidad zumbando y asaltándote por todos lados en todo momento, qué tremendo descanso. Toda una cura de reposo, visual y mental. No hay alivio comparable a eso.
Tres meses sin que me rebosara el buzón de octavillas y folletos, tres meses sin spam, sin esas interminables pausas de 7 minutos para comerciales en televisión, sin tener que sortear las ventanas y pop-ups que se te abren al clicar en las noticias de un diario digital, tres meses SIN.
Toda una cura détox.
Lo mejor de todo: nada traumática. Es una terapia de choque de la que ni te enteras.


Porque se habla mucho de la contaminación por humos y de la lumínica pero muy poco de la publicitaria, que allí donde se despendola a gusto, es peor que la peste.
Lo que no sé es como no la ha demandado nadie todavía por acoso. Incordia a todas horas, en cualquier medio o soporte. No hay bicho más irritante y molesto. Desde que te levantas hasta que te acuestas, no te deja en paz. Es ubicua y superinvasiva: aturde, atora y satura hasta que te sale por las orejas.
La publicidad pone a prueba tu paciencia y tus nervios.


Así que no sabes lo que supone librarte de ella unos meses. Es casi como haber estado en un ashram. Qué depuración, qué purga, qué paz espiritual.
Don Draper será un tipo estiloso y muy sexy y el mundo de la publicidad y la Avenida Madison muy glamuroso, según Mad Men, pero en Cuba todo esto les importa un carajo.
Allí el glamur de Mad Men se cortó de cuajo el 1 de enero de 1959, porque lo cierto es que, antes de la Revolución, el sector de la publicidad en Cuba era boyante y daba trabajo a muchísimos y muy buenos profesionales: en la radio, por ejemplo, vivió una edad de oro. También en la televisión, en la que fueron absolutos pioneros.
Aquella tradición gloriosa se interrumpió de golpe, hasta el punto de que a día de hoy los cubanos, en esta materia, tienen que volver a aprender los principios básicos de la publicidad y el márketing.


Las paladares y pizzerías cuentapropistas, por ejemplo, se limitan a señalar su negocio con letreros y neones muy básicos y naif, sin ninguna creatividad ni picardía. Todavía no han aprendido esa noción básica de que, para prosperar, hay que distinguirse del resto. Lo de la imagen corporativa para ellos es un concepto exótico que todavía tienen que descubrir y explotar.

Por otra parte, las cajas para las pizzas que utilizan todas estas pizzerías son las mismas, suministradas por el estado: de poliespán blanco y solo algo más grandes que el estuche de un Big Mac. Las llaman termopacks y son todas iguales (bueno, de eso va el comunismo, ¿no?).
Genéricas y asépticas a más no poder.


Ante este panorama, a veces tenia momentos de debilidad y echaba de menos algo de salsa en el envase, un toque de color, un logo llamativo, una tipografía identificable a primera vista, no te digo que no. La cosa quedaba algo sosa sin ese toque creativo.
Porque lo cierto es que en el mundo de la publicidad hay mucho talento y mucha creatividad. Como también hay un sinnúmero de campañas y jingles que forman ya parte de nuestra memoria sentimental.


Además de que no hay copy que yo conozca que no esconda un escritor o una periodista.
El mundo de la publicidad ha evitado que mucha gente con vocación literaria se muera de hambre.
Y lejos de sentirse frustrados, les suele reportar una gran satisfacción personal: son profesionales de prestigio, ganan mucho dinero y hasta premios y, por encima de todo, trabajan jugando con el lenguaje, que es lo que les gusta.


Pero también es verdad que la publicidad es un puto coñazo.
Así que a todos esos profesionales de la publicidad que conozco, unas famous last words sin acritud: os aprecio y os admiro pero un mundo sin la plaga de la publicidad, a salvo de todos vosotros, no sé si es un paraíso socialista pero sí un auténtico nirvana.

lunes, 21 de noviembre de 2016

El sueño americano

'Americanos, blue jeans and chinos, Coke, Pepsi and Oreos...'

Siempre he tenido debilidad por esta rola de Holly Johnson, cuando dejó de cantar para FGTH y se lo montó en solitario. Me parece una parodia lúcida, bailable y divertida de lo que es el sueño americano, esa cosa mítica que ha llevado hasta allí a millones y millones de personas desde que se fundó el país. Todas querían alcanzarlo, disfrutar de su trozo de pastel.

'Existe un lugar donde un muchacho sin un centavo puede crecer y llegar a ser presidente...', comienza diciendo la letra. A día de hoy resulta mucho más irónica, cuando parece que ya solo pueden acceder al cargo los chicos millonarios de ricas familias. Pero es lo que tiene el sueño americano, que está disponible para todos, pobres y ricos, blancos, de tez morena o de color naranja. El sueño americano nació para no tener prejuicios. Y todo el mundo, en principio, debería tener derecho a él.
La letra sigue, hablando de Estados Unidos: 'Un reino mágico poblado por muñecas Barbie...' Como la modelo que aparece en el vídeo haciendo de azafata de concurso televisivo, Tracy Kirby, y que años después pasó tres años en la cárcel por hacer de correo de droga.
Es lo que tiene el sueño americano, ambivalente como todo, que también puede convertirse en la peor de tus pesadillas.



El American Dream tuvo una etapa pletórica y feliz, y por ello muy idealizada, que fueron los años 1950. La década que, con toda la intención, recrea el vídeo, que primero nos presenta a la típica familia blanca USA de clase media.
Su apellido Rockwell tampoco es fortuito: hace alusión a Norman Rockwell, el dibujante icónico del American Way of Life en las décadas de 1940 y 50.

Ninguno de los Rockwell tiene desperdicio: el padre podría trabajar de ejecutivo de cuentas en una agencia de publicidad, o quizá sea dueño de un negocio de coches de segunda mano. La madre es el paradigma de ama de casa conservadora, presbiteriana y de look clásico -collar de perlas y traje de chaqueta a lo primera dama- que vota republicano. La hija es una sana y rubia estudiante de look preppy mientras que el hijo es el típico nerd que o bien acaba en el MIT o en el Smithsonian Institute, de bibliotecario.

En torno a ellos, cocinándoles, sirviéndoles, limpiándoles la mierda, los Gómez, con Mamá Lupita al frente de una prole numerosa, sexy y alborotadora. Esta familia latina representa, frente a los aburridos y estirados wasp de los Rockwell, la savia nueva, el vigor renovado, la espontaneidad ruidosa, la chispa, la sensualidad, la alegría de vivir y la gozadera.
Justo la pasión latina y la sabrosura que le hacen falta a la hija Rockwell, que tiene toda la pinta de ser sexualmente frígida. Los Rockwell han perdido la vitalidad que a los Gómez les sobra. A los adocenados e insípidos Rockwell, los Gómez son lo más estimulante que les ha podido pasar en la vida.
Si esto no les convence, siempre puedes agitar ante ellos un buen fajo de billetes. El dinero en última instancia lo redime todo: que seas negro de gueto, chicano sin papeles o maricón de ceja depilada.
Los Gómez ganan el premio gordo del concurso de la tele y, ante la fuerza de persuasión de la guita, no hay más que hablar. De hecho, me gustaría presentarles a mi hija. Está en edad de casar, a ustedes les sobran los mozos y no sería mala idea lo de unir nuestras dos familias.

lunes, 14 de noviembre de 2016

Cyberpunk not dead


Al contrario, está más vivo que nunca. Con  ciberataques masivos que dejan tiritando la world wide web, con ataques de ansiedad cuando no hay wi fi, con filtración masiva de correos privados para tumbar a rivales políticos, con ataques de ansiedad cuando no hay likes, con Facebook convertido en una Stasi mundial, cuando tú googleas en Google pero Google te googlea a ti, cuando tu vida en la red social es más real que la vida misma y los verdaderos antisistema son los que no tienen huella digital, todos nos hemos convertido en neuromantes andantes y Monas Lisas aceleradas.
En plena escalada hacia el transhumanismo, una de las profecías cyberpunk se ha hecho al fin realidad: estar conectados a las máquinas, que es el único modo hoy día de estar conectado al mundo.
'I'm wired to the world', susurraba Alison Goldfrapp en Utopia. Ya hemos dado todos ese paso. Y lo que nos queda.
Todavía estamos lejos de alcanzar el clímax.


El cyberpunk sigue siendo visionario, como demuestra la serie Black Mirror en su versión más estilizada. Pero también lo pude comprobar en su versión más subte este domingo 13 de noviembre, en el búnker perroflauta del centro cultural La Tortuga.
Allá abajo, mientras la luna resplandecía en el cielo como una shiny disco ball, asistí a una performance radiactiva en la oscuridad, solo apta para hibakushas y hackers de disco duro sensible.
Sombras, cables, gadgets, luces, distorsión, ruidismo virtuoso y mística cyberpunk.
Había lírica, pero también había angustia.
Ideal para la era posTrump.


Si juntas a unos Clean Bandit mucho más valientes con al espectro doliente de Marylin Manson en una de esas cuevas de ladrillo visto de Madrid, el resultado puede ser desasosegante pero a la vez malignamente hipnótico, como un cuadro de El Bosco para tus oídos.

Con el título 'Escuchen y repitan', la performance estuvo a cargo de Thermite & Rumore con la Orquesta de Rumore.
El jueves 17 actuarán en Bilbao, dentro del MEM (Festival Internacional de Arte Experimental). Si estás dispuest@ a abrir tus canales habituales a otras frecuencias, #AltamenteRecomendable.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Cuando el multiculturalismo molaba



En el periodo after punk, en los primeros 80, se produjo una interesante y refrescante mezcolanza de razas, sexos, estilos e influencias. El punk y la nueva ola inyectaron a todo un chute de estimulante energía con ganas de explorar y experimentar sin prejuicios. La música pop y rock dejaba de ser asunto casi exclusivo de machos blancos europeos y americanos y añadía mujeres a las bandas o seres andróginos, se enriquecía con referencias étnicas y se hacía multicolor.

 

Se contagiaba de ritmos jamaicanos y percusión africana. Incorporaba mujeres a la batería o al cello -chicas de conservatorio con cresta mohicana-, rostros mulatos y ropas exóticas. Boy George, hijo de un inmigrante irlandés, se presentaba como un personaje ambiguo que reinterpretaba en clave pop el dress code ortodoxo judío.
Todo era sexy, sorprendente, liberador y divertido.



Y muchos llegamos a pensar que era el signo de los tiempos, que anunciaban un mundo ideal donde la integración se daba y era creativa, donde las diferencias sumaban y te hacían bailar.
Hoy parece un mundo perdido, como el de los dinosaurios, cuando en su día pareció posible.
Y yo me pregunto atribulado dónde ha quedado todo eso. Lo que parecía una evolución natural ha derivado en alarmante involución.
Y es triste. Ahora me ahogo en un discurso de odio, en un mundo cada día más polarizado.



Ahora lo diferente -inmigrantes, negros, musulmanes, judíos, la comunidad LGTB- se ve con hostilidad. Representan la amenaza. El enemigo.
A mí me parece una equivocación y un claro retroceso, por más que a muchos -cada día más- les parezca simplemente volver a poner a cada cual en su sitio.
Como la cosa siga así, me temo que volveremos a la estúpida y aburrida música de hombres blancos solo para blancos. Y yo no quiero vivir en un mundo AOR.
Quiero variedad, quiero alegría y quiero color porque la vida es precisamente eso.
 

jueves, 14 de julio de 2016

Catalanidad, catalanité, catalanisme




A mí lo del nacionalismo, sea el que sea, me da mucha pereza.
Es que es una forma tan absurda de mirarse el ombligo, pensar que el hecho de haber nacido en tu parchecito de mundo es un regalo de dios... El solipsismo del género humano no dejará nunca de sorprenderme con su ingenuidad y tontería.
Que yo sepa, tu lugar de destino en la tierra no es algo que se elige: no recuerdo que hubiera grandes aglomeraciones ni tumultos en la ventanilla de 'Para ser español, que es algo muy grande que no se puede expresar con palabras, hay que vivirlo, formularios aquí' antes de que me embarcaran en el útero-cápsula para este mundo.
Podía haber nacido en España como en Malawi, y a lo mejor en ese caso habría sido adoptado por Madonna o por Bruno y mi vida sería entonces un típico ejemplo de blaxploitation.





Lo que quiero decir es que uno nace donde nace sin más intervención que el azar, también conocido en los antros mejicanos como la puritita casualidad y, entre los filósofos, como la contingencia absoluta. Tampoco te lo asigna nadie, un comité de sabios cósmicos o un boleto premiado de la lotería interdimensional. Un bebé español es lo aleatorio hecho carne, no el orgulloso ganador de un premio disputadísimo.
Porque eso daban a entender aquellas pegatinas de los coches que decían: 'Ser español, un orgullo. Madrileño, un título', y yo recuerdo que me preguntaba: vale, sí, pero estos títulos ¿quién los da? ¿La universidad de Miskatonic? Y sobre todo, por qué méritos.
A lo mejor es eso, algo kármico. y debe ser que fui tan bueno en otra vida que me dieron a elegir entre ser una encarnación del lama, un miembro de la familia Von Trapp o español.
Podía haber escogido también catalán porque, después de visitar el Rosellón, me he quedado con la cosa de que me estoy perdiendo algo.
En el antiguo departamento francés de los Pirineos Orientales son aún más catalanes que en Cataluña.






Y sí, esto es posible. Nada como cruzar la frontera por La Junquera para encontrarse con la exaltación de lo catalán como nunca antes habías visto.
Que ellos son catalanes es algo que te dejan claro a cada momento. Te ves de repente expuesto a una sobredosis de catalanidad que hace que senyeras y barretinas te salgan por las orejas. O debe ser que he pillado el ambiente muy susceptible con eso de que Manuel Valls ha reducido departamentos y los ha integrado en una macrorregión con los occitanos y ellos dicen que de occitanos nada, que ellos son catalanes, más catalanes que nadie, más que los mismos catalanes.
Como consecuencia de esto, lo catalán está por todas partes: tiene hasta sección propia de congelados en el súper, lo que de repente hace de lo catalán algo muy exótico, como si tuvieras que elegir entre saltamontes adobados o escorpiones fritos.
Las calles, cómo no, aparecen en doble versión rue/carrer, y se supone que aquí la gent parla catalá, pero es más postureo que otra cosa: en realidad casi nadie lo habla. El catalán, sin embargo, tiene prioridad sobre el castellano en todos los paneles explicativos de sitios turísticos y monumentos.





Esto es lo llamativo: nadie hace un drama. Lo que en España se tomaría como una provocación, a este lado de la frontera se vive con una naturalidad pasmosa. Y eso que aquí lo catalán está tan sobreproducido que a veces, de tan folclórico, cae en lo kitsch: parece un poco parque temático, la feria de lo catalán 24 horas.
Tienen hasta su propia mascota: aquí no verás toros de Osborne sino siluetas de burro. O hasta burros vivos, que llevan a manifestaciones catalanistas en el centro mismo de Perpiñán, junto al Castellet, en el que el orador hablaba un catalán muy gago jaleado por un gentío de personas que lucían un total look catalán y desplegaban una senyera enorme, familias enteras de patufets.
Lo más curioso de todo es que este übercatalanismo te produce emociones encontradas: te puede resultar muy empalagoso, hasta repelente, pero también muy familiar. Es una sensación peculiar. Ambivalente.
Quiero decir, que estás en Francia pero esa reivindicación de lo catalán, quieras que no, te incluye un poco a ti.
A mí, extrañamente, me hizo sentirme como en casa.

viernes, 24 de junio de 2016

Procesión cívica


Siempre he envidiado el concepto de procesión cívica que tenían griegos y romanos, esos desfiles solemnes de soldados, tribunos, cónsules y nobles doncellas que celebraban algún ritual público y que ocupaban todo el friso alrededor de un edificio.
Como además creo que procesiones religiosas ya tenemos bastantes, quería inaugurar yo mi propia romería laica y republicana.

Que comenzó el sábado 18 de junio por la mañana, en el Centro Espagnol de Perpignan, donde daba una conferencia dentro del programa de actividades del Festival PAD. Primera escala de la ruta y primer momento emotivo: la sala donde daba la charla estaba dedicada a Antonio Machado. Una evocación muy especial, como creo que lo es para todo compatriota que no tenga la sensibilidad de un gato de escayola.
De este otro poeta mártir podría decir muchas cosas, pero creo que el texto que subtitulaba la placa sobre la puerta ya lo definía perfectamente: 'Insigne poeta español y hombre de bien. Vivió y murió fiel a sus ideales.' Yo no podría haber hecho mejor briefing de la figura de Machado.

Y precisamente porque también procuro ser coherente con mis ideales, hice a continuación lo que consideraba un deber de conciencia: peregrinar con devoción a visitar su tumba en Collioure.
Era la segunda escala en mi procesión cívica, y era inevitable. Llevaba años soñando con hacerla. Además, te lo ponen en bandeja: te montas en un autobús, la línea 400, que desde Perpignan te lleva hasta allí y que solo cuesta un euro.
Es el viaje de las mil rotondas -ese invento francés, después de todo- y llegué por fin a Collioure con síndrome Dragon Khan, pero nada más bajarme del autobús, mareado todavía, lo primero que hice fue buscar el cementerio donde esta enterrado el poeta.
Es un cementerio pequeño justo en medio del pueblo y al que se accede, quelle casualité, por la Rue de la République, a través de una pequeña calle lateral: la de Jardin Navarro.














La tumba no tiene pérdida: la reconoces enseguida, antes incluso de entrar.
Me emocioné nada más verla. El viaje había sido un poco desquiciante con tanta curva, pero había valido la pena: al fin veía mi sueño cumplido. No quería morirme sin presentarle mis respetos a Machado.
Me llamó la atención que el lugar estuviera tan solitario pero en el fondo lo agradecí: estos momentos íntimos se disfrutan mejor en soledad.

A un lado de la sepultura hay un buzón donde la gente deposita sus notas, sus mensajes, sus poemas. 
De todos ellos se hace cargo la Fundación Antonio Machado de Collioure, que los recoge y guarda.





Parado ante la tumba, no pude evitar pensar en lo mucho que debió llorar el poeta lejos del hogar, hasta el punto de morirse de pena.
 A él, como a medio millón de españoles más, les habían dado una patada en el culo, expulsándolos de su propio país otros españoles que aunque proclamaban una España grande en realidad era muy estrecha.
El poeta terminó sus días aquí después de huir en desbandada, con lo puesto, haciéndole sentir como una rata a quien era un hombre afable, sabio y tierno, tan tierno que al final lo enterraron con su madre.

El recuerdo de Antonio Machado es de los que causa estremecimiento, y uno no es de granito. Al final, sin querer, se me humedecieron los ojos y una lágrima cayó en la grava del cementerio, y en la grava cayó una lágrima.
De repente me sentí ridículo: no había preparado nada para la ocasión, tampoco le había traído nada: una flores frescas (la combinación ideal, rojas, amarillas y moradas), una nota para el buzón, un poema, algo.

Se me ocurrió imitar a otros y dejar sobre la lápida una piedra, a lo judío. Lo improvisé pero me pareció oportuno, como reconocimiento a un hombre justo. De todas formas, sentí que mi presencia era suficiente.
Bastaba con estar allí y dedicarle un recuerdo.
Lo realmente importante es eso: que nunca le falte nadie que se acerque a recordarle.
















Aprovecho para decir que el poeta está bien donde está. Repatriarlo sería contraproducente: esta tumba es memoria histórica neta y bruta, por no decir descarnada. Si se trasladara a España probablemente se haría justicia, pero a cambio perderíamos un recordatorio eterno de lo que significó aquella tragedia colectiva.
Claro que una cosa es dejar a Machado allí, cubierto por el polvo de un país vecino, y otra bien distinta es despreocuparse de él hasta extremos bochornosos.
Los únicos que miman la tumba son los franceses. En su momento -febrero de 2016, en el 75 aniversario de su muerte- tuvo que ser la villa de Collioure la que adecentara la tumba y la adornara con una efigie del poeta en bronce.
Esto lo teníamos que haber hecho nosotros, con nutrida representación oficial.
No sé cómo no se nos cae la cara de vergüenza.


Collioure, por lo demás, es un enclave muy pintoresco al borde del mar, un antiguo pueblo de pescadores a 30 km de Perpignan entre montañas verdes rematadas por atalayas y castillos.
Puro Mediterráneo y muy fotogénico.
.
A la izda., la playa urbana de Collioure, donde la Costa Brava pasa a hablar francés.
El pueblo no solo fue refugio de Machado, también de muchos pintores.
Entre ellos Matisse, que creó aquí el Fauvismo.


La siguiente escala en mi procesión cívica fue Argelés Sur Mer, a 25 kilómetros de Perpignan (parte de la ruta del mismo autobús, el 400).
Hoy es un holiday resort de largas playas, pero estas mismas playas hoy tan inocentes bajo este cielo azul, con sus bañistas locales y eurotrash, con sus hileras de chiringuitos y tiendas, fueron en su día campo de concentración de miles de republicanos españoles.

Habían cruzado la frontera en un éxodo masivo que provocó la caída de Cataluña en manos del ejército de Franco, y los hacinaron en un campamento improvisado aquí mismo, vigilados por soldados senegaleses y donde solo tenían arena, arena y más arena.


Más o menos a la mitad del largo paseo marítimo (o sentier litoral) se encuentra el monolito que lo recuerda, un sencillo menhir de piedra con una placa debajo en la que se lee:
'A la memoria de los 100 000 republicanos españoles, internados en el campo de Argelés durante la Retirada de febrero de 1939. Su desgracia: haber luchado por defender la Democracia y la República contra el fascismo en España de 1936 a 1939.
Hombre libre, recuérdalo.'

Y en efecto, hay que tenerlo muy presente aunque finalmente se ceda a la tentación de darse un baño en las playas de Argelés: lo que hoy es un luminoso lugar de vacaciones fue en su día un escenario dramático, con miles de españoles internados aquí mismo en condiciones infrahumanas.
Ellos, como Machado, tampoco merecen que se extinga el recuerdo.


Esto en Argelés Plage. En Argelés Ville, el pueblo, también puede visitarse otro lugar que te encoge las entrañas, el MUME o Museo Memorial del Exilio.
Toda la región del Rosellón está plagada de lugares que evocan la Retirada de 1939: en 2015, además, el primer ministro francés inauguró el Memorial de Rivesaltes, el campo de concentración donde iban a parar las mujeres y los niños. Debía haber ido acompañado del nuestro, pero bueno, un vaso es un vaso, un plato es un plato y de donde no hay no se puede sacar.
De haber sido un monumento a los triunfos de nuestra selección, habría estado el primero.
.
Me habría gustado completar mi particular procesión cívica visitando la tumba de Azaña, pero otra vez será: Montauban me quedaba demasiado lejos, a casi 200 kilómetros.
Mi procesión de todos modos no acaba aquí sino el domingo en España, cuando regreso: será bajarme del AVE en Atocha, dejar el petate y correr al colegio electoral.
Hay razones poderosas, pero esta vez además el hecho de votar será para mí como saldar una deuda moral. Con Machado y con todos esos presos españoles en campos de concentración infames como el de Argelés Sur Mer o el de Rivesaltes.
Cuando caiga mi voto en la urna, irá cargado de intención. De simbolismo.
A un modesto nivel personal, ya que nuestras instituciones pasan de todo, también se puede reparar una injusticia histórica.