martes, 29 de marzo de 2011

Para qué sirve un oso


Para bailar con él algo piripi...


Para trasplantarlo a una maceta...


Para rodar un videoclip...


Para morder a una reina...


O para abandonarlo en la calle, cosa que él jamás te haría. Y menos por parejas...

domingo, 13 de marzo de 2011

Post amarillo
















En estos días de permanente alerta amarilla, nada mejor que una entrada en este color.

viernes, 4 de marzo de 2011

La conjura de los necios


Verá usté, existen dos grupos de televidentes. Estamos, por un lado, todos los que conformamos esa masa informe de espectadores de la teluza, adictos en mayor o menor grado que con nuestra presencia en el sofá marcamos índices de audiencia y aupamos o tumbamos programas con un solo clic de mando.
Y luego están también los que, dentro de una programación cada día más excéntrica, forman una casta aparte: la de las brujas, tarotistas y charlatanes varios que invaden los canales a todas horas con su feria casposa de lo esotérico, muchos de ellos ilegales.


Yo los echaba a todos a la hoguera, pero no por brujos sino por cutres y feos. Al verlos percibe uno que lo estético y lo esóterico, por alguna razón, son dos mundos que no acaban de encontrarse.
Claro que para qué preocuparte de una dirección artística cuando te estás ocupando de algo tan importante como es el reino de la premonición y la ultratumba.

Obviando esos estilismos de pesadilla, esas mesas camilla y esos cromas como cromos de Figurine Panini, lo grave es que hagan picar a tanto incauto.
A mi compañera de vivienda, sin ir más lejos, que llama compulsivamente a estas líneas del tarot cada vez que le da el bajón porque su jefe, con el que se ha liado y está casado, no le hace todo el caso que ella quisiera.
Y claro, ella necesita saber y quiere saber si le ama él, si puede ser su amor. Eso no lo acaba de descubrir nunca del todo, por más que se deje una pasta indecente tratando de averiguarlo.


Un día la agarré por banda y le dije: "Mira, Lavi, no sé si sabes que tienes tiradas de tarot on line. Y son gratuitas." De hecho le enseñé algunas.
Para mi pasmo, me contestó: "Ay David, no sé, es que de estas no me fío..."
Ah, le dije, y de las otras sí. Pues sí, por lo visto sí, sin saber explicarme por qué.
Misterios de la condición humana, que me sorprende mucho más que los rituales de apareamiento de toda la fauna de la 2.

Yo entiendo que la incertidumbre galopante de la vida nos lleve a agarrarnos a estas cosas como a un clavo ardiendo. Pero ese es precisamente su aliciente, su curry y su paprika, que no sepamos lo que va a ocurrir mañana.
La vida, por definición, es imprevisible. Está todo por construir. O desbaratar, que también. Para prevenir sus fluctuaciones podríamos echar mano, si acaso, del cálculo de probabilidades, la teoría del caos y otras variables en las que no me voy a meter porque, francamente, me superan y yo no soy Michio Kaku (aunque en una cosa coincidimos: tenemos el pelo blanco).


"De los disgustos que me da la vida", respondía yo cuando, durante años y más años, la gente me decía '¡Hala, qué de canas tienes!'.
Y los disgustos, como las alegrías, ni son programables ni predecibles. Lo único que puede afirmarse con total seguridad es que la vida es muy lagarta. Basta conque tengas cualquier expectativa para que esta no se cumpla.

No falla, es automático: te vas de vacaciones todo ilusionado, después de haber preparado el viaje durante semanas, habiendo repasado una y otra vez, de forma neurótica, lo que metes en la maleta y es coger el avión, llegar a tu destino y zas: la maleta se ha perdido.
El resto del viaje, ni que decir tiene, también es un desastre: el hotel es cochambroso, el tiempo de lo más inestable y, para colmo, te pilla todo el jaleo de una revolución local y es un sálvese quién pueda, tu embajada no sabe, no contesta y tú has pasado, en un tris, de turista a refugiado.


Al revés también ocurre, por supuesto: cuando más recelo o aprensión sientes ante un proyecto, una relación o algo nuevo que se te presenta, mejor sale todo después.
La vida, ese fenómeno inexplicable que pugna por abrirse paso en un universo eminentemente hostil, repito que es muy lagarta.
Como también lo son las brujas rumanas, en pie de guerra contra su gobierno porque este pretende gravar sus actividades con un 16% de impuestos.
Todas a una se han rebelado, juntándose en un flashmob de represalia para lanzar conjuros contra sus políticos, vestidas de malva (el color que, al parecer, rechaza las malas intenciones) y arrojando al Danubio mandrágora y excrementos de perros y gatos.


Sí, sí, usted ríase, estimado lector, pero en Rumanía esto de la brujería se lo toman muy en serio. Hasta el punto de que los políticos de allí creen que ganan o pierden elecciones por culpa de ataques de energía negativa, velas negras y purés de sapos, culebras y bichos muertos.
Yo creo que ha sido eso, que los políticos, resentidos con ellas, han decidido fastidiarles el bisnes. Ellas ya digo que han protestado, pero de nada les ha servido la pataleta. Bueno, sí: para ensuciar más el Danubio, como si el río no hubiera tenido bastante con la marea roja del año pasado.


Lo cierto es que es una buena idea.
Don Miguel Sebastián, nuestro iluminado ministro de Industria, debería tomar nota (puntualizo: iluminado, pero con bombilla de bajo consumo).
Ya que toda esta chusma se aprovecha de los temores naturales de la gente, de su superstición y su ignorancia, y encima con precios por minuto abusivos, pues que apoquinen.
Lo que no puede ser es que se penalice fiscalmente a los fumadores o a los que usan coches contaminantes y esta patulea se libre. Y más cuando la mayoría de sus canales en la televisión son piratas, es decir, sangran el bolsillo de quienes llaman y se lo llevan todo crudo.
Habría que fiscalizarlos ya. Taxativamente, que viene de tax. Yo los gravaría hasta con un 25%.


Y total, sería una medida mucho menos absurda que otros raptos de lucidez del ministro (lucidez de horario restringido: a partir de las 6 de la tarde se apaga).
A mí por lo menos, si oyera al ministro anunciar esta medida, no me sacaría los colores de puritita vergüenza ajena como cuando la ocurrencia de las corbatas.
Quizá esta entrada, en el fondo, vaya de eso, de que si algo ha perdido definitivamente esta civilización es el sentido del ridículo.