jueves, 19 de noviembre de 2015

El blues de Roma

'Infundiremos el terror en los corazones de los no creyentes'
Corán, 3:151.

'Ahí está Roma. Entraremos en ella y esto no es mentira.'
Comunicado de Daesh.


Roma.
Pinceladas después de la hecatombe.
Cuatro de cada cinco ciudadanos sufren de severo estrés postraumático.
Los muyahidines penetraron en la ciudad a sangre y fuego.
En la Via Della Conciliazione, que conduce al corazón del Vaticano, obispos y cardenales pendulean colgados de las farolas.
Su aspecto, más que nunca, es el de tétricos espantapájaros.
Las romanas no se han dejado intimidar por las nuevas medidas y se han echado a la calle a protestar: las burkas no les permiten manejar bien las motos y scooters.
Como en cualquier otra ciudad tomada a los cristianos, todos los campanarios funcionan ahora de minaretes. Los racimos de megáfonos que cuelgan de ellos emiten puntualmente los cantos del muecín. Los romanos escuchan lo de Alá es grande las cinco veces de rigor y sus almas vencidas se encogen.
El efecto que produce en mí, sin embargo, es de suma irritación. Sobre todo la oración de la madrugada, que te despierta a horas intempestivas: una religión que te levanta a rezar con las gallinas es sencillamente inhumana.
Aunque procuro cerrar la ventana de mi cuarto, la lánguida letanía que llama a la oración, reverberada en mil ecos, se filtra por las paredes sacándome de la cama y también de quicio.
Hay otros ruidos que escucho fuera y que también me alteran los nervios: pasos apresurados, carreras, ráfagas intermitentes de disparos, alguna lejana explosión, sirenas de ambulancia y el motor de una camioneta Toyota que pasa a toda velocidad. El bullicio normal de la ciudad de Roma ha sido sustituido por esto.

Me hospedo en una fonda miserable del Trastévere. La ventana de mi habitación da a la calle y hasta aquí me llega el ajetreo del barrio con más carisma de Roma. También suben los olores: pasta cocida, orina de gato, humo de incendios, neumáticos quemados, sangre rancia, gasolina. El nítido sonido de una televisión atraviesa los tabiques. En un principio me sorprende porque pensé que habían cortado la señal. Luego presto atención. Están dando las noticias.
La basílica de San Pedro, informa el locutor, ha sido convertida por decreto en mezquita mayor de Roma. Las estatuas de los santos y las Vírgenes, destruidas. No se salvó nada de la furia iconoclasta de los yihadistas: lo destrozaron todo, la Pietà de Miguel Ángel, las esculturas de Bernini… Los frescos de las estancias de Rafael fueron tapados con pintura y decorados después con versículos del Corán. La Capilla Sixtina ha corrido la misma suerte.
Los Museos Vaticanos sucumbieron al pillaje y todos sus tesoros han sido vendidos en el mercado negro.
El papa, por su parte, compartió el mismo destino de sus obispos y cardenales y fue también ahorcado.
El momento de la ejecución fue grabado con un móvil y puede verse en youtube.