martes, 2 de noviembre de 2010

La casa de los lagartos




Este es -o al menos era- el mote popular de un céntrico edificio de Madrid al que distingue, como detalle decorativo, una serie de lagartos que sujetan su cornisa repantigados al sol.
Los de esta casa son de mentira, por supuesto. Los de la mía están todos vivos y coleando. Y son unos cuantos. Mi casa parece una reserva natural de lagartijas y lagartos.
Todavía ahora, cuando el calor aprieta en lo que los hombres y mujeres del tiempo llaman pomposamente "las horas centrales del día", veo lagartijas correteando y escurriéndose por grietas y rendijas con esa velocidad de rayo.



No es que me queje, para nada. Peor es lo de un amigo mío, Sandro Ausina, que hace años se compró un pedazo de selva en la República Dominicana y se construyó un bungaló sostenible para vivir lejos del mundanal ruido.
Hace poco estuvo en Madrid y celebró su cumpleaños en la casa del nuevo director de la Compañía Nacional de Danza, Hervé Palito.
En la encantadora velada, que me hizo sentir un poco como el personaje de una novela de Jane Austen (con el inevitable toque Paris Hilton que demandan los tiempos), Sandro me contó que existen allí unas arañas gordas y peludas, como tarántulas, que se llaman cacatas. No solo las hay por todas partes, es que se te cuelan en casa.
Ay de ti como te cruces en su camino y te piquen: su veneno no es letal pero sí muy irritante. Son como ortigas con patas, además de muy territoriales, con lo que el bueno de Sandro tiene censadas dos en su propiedad. Una vive en el jardín. La otra dentro de la casa. Y bueno, como él me decía, al final te acostumbras a verla allí. Mientras no te pongas por delante, la convivencia es posible.



Desde luego, si me dan a elegir entre entre tarántulas o lagartos como animal de compañía, me quedo con estos últimos. Es más, estoy encantado conque la casa esté plagada de ellos.
Supongo que a algunos esta alternativa les parece igual de repelente. A la gente los bichos que reptan les suele producir bastante yuyu, por ese absurdo prejuicio que considera inmunda a toda criatura que se arrastra. En su defensa diré que ellos al menos lo hacen con entera dignidad, y no como muchas personas que conozco.




No obstante, de entre toda la fauna reptiliana que habita mi hogar, destaca por singular una happy family de tres salamanquesas bien dotadas de ventosas, de hábitos nocturnos y color mortecino.
Viven en el jardín, bajo las vigas del porche. En verano salen por las noches a hacer posados que no interesan a ningún paparazzi. Y nosotros mientras cenamos fuera sin que nos moleste su presencia, todo lo contrario, fascinados por ella, despreciando esas leyendas urbanas que afirman que son venenosas o, una especialmente ridícula, que te escupen y te quedas calvo.
Todo mentira. La única verdad es que es una especie muy beneficiosa, por la cantidad de insectos de los que te libran.

A mí, tan dado a combinar el pensamiento racional con el mágico, me gusta imaginar también que son las protectoras de la casa. Una especie de custodios o guardianes, trabajando en equipo con el genius loci que ya tenemos, el que me salvó de las llamas hace unos meses con sus raps providenciales en la pared del vecino.
He buscado en google lo que puede simbolizar un lagarto y he encontrado que guardan estrecha relación con el símbolo solar por su afición al sol, por más que las salamanquesas sean eminentemente nocturnas, que es algo que me encanta de los animales porque los hace mucho más atractivos y misteriosos.

Pero ya no es solo que me sienta identificado con ellas por sus sanas costumbres, es que son mis salamanquesas, las tengo mucho cariño y punto.
A una de ellas especialmente, aunque no sabría decir cuál (no llego al extremo de reconocerlas ni de haberlas puesto nombre). La conozco desde que era un bebito y se metía en verano en mi cuarto a pasarse las horas muertas parada en la pared, cerquita de la luz.
Era superchiquitita y blanca, casi trasparente. Me despertaba una ternura increíble, era una cosita adorable. Y mírala ahora lo grande que está y el color que tiene. Sea la que sea de las tres, cuando la contemplo ahora crecida y hermosa siento sin querer un orgullo que, sin pretender sonar blasfemo, se aproxima al de un padre.

6 comentarios:

El blog de Tetuán por BeaBurgos dijo...

Jajaja, son salamandras. Se distinguen porque tienen las patitas redondas. Son super simpáticas, aunque a veces te pegan unos sustos... Yo tengo también una cantidad de ellas en casa, aunque se quedan en la terraza, por suerte no entran. Madre mía, las tuyas han criado.

David Pallol dijo...

Seguro? Yo también tenía la duda, pero me guié por esas ventosas de superheroínas Marvel que tienen.
En cualquier caso, sean salamandras o salamanquesas, lo que sí son es muy salás...
Ahora están tranquilitas, hibernando.
A ver con el deshielo si la familia se mantiene o ha aumentado...

Matilde dijo...

Tu entrada me recordó esta vivencia:
Llevaba varios días viendo una preciosa salamanquesa en el techo de mi terraza que en cuanto yo aparecía se escabullía veloz pared abajo para esconderse detrás de una jardinera. Me encantaba saber que estaba ahí. Quise compartir la alegría del hallazgo con el niño sin que mi marido se enterara porque él ha dejado siempre bien claro que en casa ni un bicho. Aunque en este caso “bicho” habría sido un insulto él no lo habría entendido; es cuestión de educación y lo que se aprende de pequeñito es difícil de cambiar. Como nos íbamos para todo el día dejé un dibujo bien grande de nuestra huésped en la mesa de la cocina para que el niño lo viera al levantarse y, en una esquina, la palabra terraza. No conté con que mi marido, un santo, no sólo porque hasta su nombre lo diga, tuviera que volver a por algo y viera mi dibujo.
A los 2 ó 3 días me dijo muy circunspecto que la salamanquesa ya no estaba en casa, además de la cantinela de siempre. ¿Qué quieres que crie aquí y nos aparezcan hasta en la cocina? No quiso decirme “cómo había dejado de estar”. En el mejor de los casos iría a parar al jardín del vecino.
Hace poco, nada más abrir la puerta, en el vestíbulo, me topé con otra salamanquesa minúscula pero igual de bonita que la anterior. Estaba despistada, asustada. Corría sin rumbo de un lado para otro. Traje rápido al niño, estábamos los dos solos, y también vio a esta segunda. No hay palabras para describir la carita que pone ante cualquier animalillo. Mientras cavilaba que era lo mejor que podía hacer por ella, se coló por una rendijilla de la puerta del vecino.
- No te preocupes. No pasa nada. Vamos a concentrarnos y a desear, tú y yo muy fuerte, pero que muy fuerte, que el vecino sea tan miope que confundiría a Spiderman con una araña o tan forofo de todos los animalitos que su casa parece la jungla de Tarzán.
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He leído en alguna parte que en la llamada casa de los lagartos lo que en realidad luce son salamandras.

David Pallol dijo...

Preciosa anécdota, y es que las salamanquesas, o estos "bichos" sin más según tu marido ;-) tienen definitivamente una cualidad mágica.
Y hablando de arañas, y muchos otros insectos, que sepáis que tú y tu niño estáis ahora más a salvo de ellos gracias a vuestras mascotas a ras de tierra.
Un saludo y mil escamas!

sandro ausina dijo...

Bea ...ya te vale, las salamandras son anfibios y no viven en las terrazas de madrid. David está en lo cierto, son salamanquesas, la común (Tarentola Mauritanica). Son animales que en muchas culturas creen que traen buena suerte tenerlos en la casa. Yo aquí en mi retiro de República Dominicana cohabito con dos especies, una de hábitos diurnos y muy diminuta, y otra nocturna y de gran tamaño, hasta 25 cm. Son tan familiares que las saludo cuando las veo y me paro a preguntarles que tal les va. Por suerte nunca me han contestado, parece que mi nivel de hermitañismo no ha llegado al punto de locura. Pallol, querido, anímate a conocer a las primas de tus salamanquesas. Crúzate el charco antes de que sea imposible hacerlo.

David Pallol dijo...

A ver, a ver, que tengo muchas ganas de haceros una visita a ti y a tu cacata...
Un besazo, Sandro!