sábado, 17 de septiembre de 2011

We're in a desperate need of profetas eléctricos



Según la tradición, ha habido una serie de profetas o mensajeros de Dios que se han ido sucediendo para traer la Revelación a la humanidad. El primero, el padre de todos ellos, fue Abraham. Luego le seguirían Moisés, Isaías, Cristo, Mahoma...

Hablando de secuencias, me resulta muy curiosa la mentalidad de haber puesto la guinda al pastel que tienen los musulmanes. Para ellos, su religión es una versión perfeccionada que viene a culminar el ciclo iniciado por las anteriores.
Es decir, que bajo su punto de vista, el Islam sería la versión 3.0 de las religiones monoteístas, la cristiana sería la 2.0, la judía la 1.0 y la hindú, que es politeísta, la mayor aberración para ellos (bueno, eso y ser ateo), sería la 0.0.



Pero volvamos con los profetas, un producto tan típico del Medio Oriente como los dátiles o los kebabs. Ahora los sigue habiendo, con la única diferencia de que los sacamos en televisión en un programa de frikis junto a Carlos Jesús y Carmen de Mairena.
Nadie los tomaría en serio, por muy profetas que se proclamaran. No nos impresionarían, todo lo contrario. Lo más normal es que pensáramos: 'Qué loquito' y nos riéramos y no le diéramos más importancia.
Lo malo es que en su día se la daban, y mucha. Pero claro, entonces no existía la siquiatría moderna, que habría contemplado a todos ellos como interesantes cuadros clínicos.

Y es que cuando uno lee el Antiguo Testamento, o el Corán, a la conclusión que llega es que alguien voló sobre el nido del cuco. Los profetas no es que fueran visionarios, es que probablemente sufrían alucinaciones.
Lógico, por otra parte: el contexto en el que se desenvolvían era muy duro, por no decir extremo: paisajes áridos y pelados en los que un sol de justicia bíblica caía a plomo como un maná de fuego.
Suma a todo esto que solo se alimentaban de raíces y bichos y ya tienes la ecuación: cerebro derretido + cuerpo debilitado por el ayuno = festival de delirios.





Delirios que, por desgracia, siguen pesando en el mundo. ¿Y qué puedes hacer ante esto?, te planteas. ¿Cómo es posible que la gente siga dando credibilidad a unos profetas que cuando no eran unos esquizos eran unos flipados? ¿Es que no se dan cuenta de la incongruencia?
Pues no: misión imposible. Hasta el mismo Richard Dawkins, el ateo más militante del mundo junto a Christopher Hitchens, lo reconoce: la lucha contra la religión es una batalla perdida.
Lo declara en otro documental fascinante, 'God on the brain', que trata de algo que yo, no sé por qué, sospechaba desde hace tiempo: que el impulso religioso se encuentra localizado en una región del cerebro. Concretamente en el lóbulo temporal. Y contra esto no hay nada que hacer: estamos programados para creer. Es un impulso biológico como lo es el deseo de comer, de fornicar o dormir.

Así que para qué perder el tiempo discutiendo con una persona creyente. Y espérate que no sufra de epilepsia de ese mismo lóbulo temporal. Son los que más peligro tienen, profetas latentes. En el documental descubrieron que estos pacientes son más propensos a tener experiencias religiosas. Cuando padecen uno de estos episodios, sienten que se les aparece Dios, la Sagrada Familia al completo, un ángel resplandeciente o cualquier otra entidad sobrenatural.
Alucinaciones religiosas que los científicos del documental hicieron experimentar a voluntarios de todo tipo, entre ellos el mismo Richard Dawkins que, aunque no vio a la Virgen, sí admitió haberse sentido 'raro'.



De todos modos, para tener visiones de este tipo no hace falta vivir de ermitaño en el desierto ni someterse a un experimento de laboratorio. Un tripi (si es que alguien recuerda lo que era eso) puede ayudar.
La última vez que me comí uno fue en un FIB, hace ya unos cuantos años, y llegué a la conclusión de que Dios, si existía, no era un DJ sino electricidad. Esa fuente misteriosa de energía. Fue mi caída en el camino hacia Damasco. Todo me parecía eléctrico: los pelos de la gente, su ropa; veía rayos y descargas por todas partes, saliendo de los focos y luces, de los escenarios, de los amplificadores, recorriendo el suelo.
Y de repente lo sentí como algo omnipresente y poderoso y yo formaba parte de aquel flujo continuo de corriente y no tuve más remedio que rendirme a la evidencia.

El caso es que estamos en el siglo XXI y los profetas de la remota Edad del Bronce ya no nos sirven. Por favor, un poco de upgrading también en esto, no? Quiero decir, no puede ser que, en lo referente a profetas, nos hayamos quedado en la primera generación cuando ya vamos por el iPhone 5.
Aunque, en honor a la verdad, profetas eléctricos ya ha habido. Nikola Tesla sin duda fue el pionero. Luego vinieron Timothy Leary, Jimi Hendrix, Kraftwerk, William Gibson...
El último de esta gloriosa estirpe quizá sea Steve Jobs, pero se nos está consumiendo y pronto dejará huérfanos de líder espiritual a una legión de adoratrices de Apple. Así que hay que ir buscando relevo.
Hacen falta profetas eléctricos, porque la nueva Grecia será eléctrica y electrónica o no será.

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