lunes, 5 de diciembre de 2016

El socialismo no es nada Mad Men


Estos días, con la muerte de Fidel, se ha vuelto a hablar otra vez -y hasta la extenuación- de la escasez en Cuba.
Y sí, entre el embargo americano (que ha hecho mucha pupa, asfixiando la economía de la isla durante décadas) y lo que los propios cubanos llaman ‘el bloqueo interno’ y que no es otra cosa que el desastre de organización y gestión entre ellos, el estereotipo cuñadísimo del papel higiénico se cumple.


Otra cosa que no abunda en Cuba son las bolsas de plástico.
Lo que no deja de ser positivo: al menos allí no tienen esos problemas de hiperinflación que tenemos con ellas no ya en Occidente, también en China, donde las bolsas de plástico deben duplicar o triplicar ya la población, mientras que en el mar Mediterráneo no está muy lejos el día en que acaben flotando más bolsas que medusas.


Como en Cuba hay pocas jabas, no te ocurren historias para no dormir como la que yo viví una vez en Madrid, cuando, transitando por una calle solitaria, una ráfaga de aire levantó de repente ante mí un remolino gigante de papeles y bolsas de plástico que me produjo sudor frío.

No sabía qué hacer, si esperar, como Moisés, una revelación de esa imponente columna de desechos que parecía haber alzado Yavé, o salir por piernas, corriendo por mi vida, porque también me sentí amenazado, como si esas bolsas de plástico hubieran cobrado vida y fueran a atacarme.
Fue una de las experiencias más inquietantes que he tenido nunca.


Será por ese componente tétrico que tienen que en Irlanda llaman bragas de bruja a las bolsas de plástico que se quedan enganchadas y agitándose al viento en las ramas de los árboles.
Imagínate la escena: noche cerrada, tú errando por esos caminos de Irlanda y oyes el flapflapflap de una de estas bolsas en los arbustos de brezo y el susto te lo llevas.
En Cuba están a salvo de todo esto: ni hay tornados de plástico ni bragas de bruja de Halloween.


Allí las bolsas de plástico son un bien escaso, y las pocas que ves no llevan publicidad ni logo ni nada.
Son blancas, sin más, y no te negaré -acostumbrado como estoy a lo contrario- que las encontraba desnuditas, como que les faltaba algo, un logo, un diseño gráfico, unos colorines corporativos. Pero ahí está uno de los rasgos que definen un sistema socialista: no hay publicidad. Ni en la tele, ni en la calle ni en ningún lado.
Las pocas vallas publicitarias que hay se reservan para ensalzar la Revolución y sus héroes.
Cuba entera parece sometida a un Adblock.
Al principio no te das ni cuenta, tardas en reparar en ello pero, cuando por fin lo haces, tampoco es que la eches de menos.
La publicidad, digo.
Al contrario, no sabes lo que se agradece.


A algunos, sin el adorno colorido y ruidoso de la publicidad, les puede parecer un paisaje triste y desangelado.
Es lo que sentían muchos viajeros occidentales cuando visitaban los antiguos países europeos del bloque del Este. La impresión era siempre la misma: uniformidad y grisura.
Muchos de hecho sostienen que este fue uno de los más poderosos motivos por los que colapsó el campo sosialista (que dicen en Cuba). Les faltaba la fanfarria tentadora de la publicidad, con sus melodías más pegadizas que los solemnes himnos del Partido y eslóganes mucho más inspirados e ingeniosos que los revolucionarios.
En plena guerra fría, si algo hizo mella en el espíritu de muchos alemanes orientales, fue el escaparate vibrante, luminoso, sexy y multicolor en que se había convertido la Unter den Linden en Berlín Oeste.
Eso sí que minó la moral. Según estas opiniones, fue la más eficaz contrapropaganda.
Y es muy posible que tengan razón.


Pero chico, cuando no tienes la matraca cansina de la publicidad zumbando y asaltándote por todos lados en todo momento, qué tremendo descanso. Toda una cura de reposo, visual y mental. No hay alivio comparable a eso.
Tres meses sin que me rebosara el buzón de octavillas y folletos, tres meses sin spam, sin esas interminables pausas de 7 minutos para comerciales en televisión, sin tener que sortear las ventanas y pop-ups que se te abren al clicar en las noticias de un diario digital, tres meses SIN.
Toda una cura détox.
Lo mejor de todo: nada traumática. Es una terapia de choque de la que ni te enteras.


Porque se habla mucho de la contaminación por humos y de la lumínica pero muy poco de la publicitaria, que allí donde se despendola a gusto, es peor que la peste.
Lo que no sé es como no la ha demandado nadie todavía por acoso. Incordia a todas horas, en cualquier medio o soporte. No hay bicho más irritante y molesto. Desde que te levantas hasta que te acuestas, no te deja en paz. Es ubicua y superinvasiva: aturde, atora y satura hasta que te sale por las orejas.
La publicidad pone a prueba tu paciencia y tus nervios.


Así que no sabes lo que supone librarte de ella unos meses. Es casi como haber estado en un ashram. Qué depuración, qué purga, qué paz espiritual.
Don Draper será un tipo estiloso y muy sexy y el mundo de la publicidad y la Avenida Madison muy glamuroso, según Mad Men, pero en Cuba todo esto les importa un carajo.
Allí el glamur de Mad Men se cortó de cuajo el 1 de enero de 1959, porque lo cierto es que, antes de la Revolución, el sector de la publicidad en Cuba era boyante y daba trabajo a muchísimos y muy buenos profesionales: en la radio, por ejemplo, vivió una edad de oro. También en la televisión, en la que fueron absolutos pioneros.
Aquella tradición gloriosa se interrumpió de golpe, hasta el punto de que a día de hoy los cubanos, en esta materia, tienen que volver a aprender los principios básicos de la publicidad y el márketing.


Las paladares y pizzerías cuentapropistas, por ejemplo, se limitan a señalar su negocio con letreros y neones muy básicos y naif, sin ninguna creatividad ni picardía. Todavía no han aprendido esa noción básica de que, para prosperar, hay que distinguirse del resto. Lo de la imagen corporativa para ellos es un concepto exótico que todavía tienen que descubrir y explotar.

Por otra parte, las cajas para las pizzas que utilizan todas estas pizzerías son las mismas, suministradas por el estado: de poliespán blanco y solo algo más grandes que el estuche de un Big Mac. Las llaman termopacks y son todas iguales (bueno, de eso va el comunismo, ¿no?).
Genéricas y asépticas a más no poder.


Ante este panorama, a veces tenia momentos de debilidad y echaba de menos algo de salsa en el envase, un toque de color, un logo llamativo, una tipografía identificable a primera vista, no te digo que no. La cosa quedaba algo sosa sin ese toque creativo.
Porque lo cierto es que en el mundo de la publicidad hay mucho talento y mucha creatividad. Como también hay un sinnúmero de campañas y jingles que forman ya parte de nuestra memoria sentimental.


Además de que no hay copy que yo conozca que no esconda un escritor o una periodista.
El mundo de la publicidad ha evitado que mucha gente con vocación literaria se muera de hambre.
Y lejos de sentirse frustrados, les suele reportar una gran satisfacción personal: son profesionales de prestigio, ganan mucho dinero y hasta premios y, por encima de todo, trabajan jugando con el lenguaje, que es lo que les gusta.


Pero también es verdad que la publicidad es un puto coñazo.
Así que a todos esos profesionales de la publicidad que conozco, unas famous last words sin acritud: os aprecio y os admiro pero un mundo sin la plaga de la publicidad, a salvo de todos vosotros, no sé si es un paraíso socialista pero sí un auténtico nirvana.

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