miércoles, 9 de julio de 2008

Panteón




A veces, en medio de tanta gente, uno se siente solo.
Y otras, en medio de panteones clonados en su mediocridad, se encuentra con sorpresas como esta.
Un diseño limpio, distante, enigmático, conceptual, de inspiración zen y aristas austeras, un monumento abstracto como corresponde a esa suprema abstracción que es la muerte.
Un cubo casi metafísico, como sacado del fondo de un cuadro de Di Chirico... Aunque yo habría ido más allá -total, que le queda a uno ya que perder- y, llevando la metafísica y lo conceptual al extremo, no le habría puesto puerta.
Sin dejarse arrastrar por delirios dadaístas, lo cierto es que, lejos de excesos barrocos de orlas, guirnaldas, columnas, jarrones y angelotes, lo espiritual, como mejor se expresa, es con el minimalismo.
La forma desnuda, ascética.
La pureza destilada.
Lo esencial.
De eso precisamente se trata, ¿no?
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Reflexiones aparte, quisiera resaltar dos detalles.
Uno es la entrada, enmarcada con un quicio saliente de granito, proyectándose en el espacio como si realmente fuera la boca de un túnel espaciotemporal.
La puerta, con esos perros guardianes en las aldabas que quizá sean los que vigilan el checkpoint del infierno, es sin duda una pieza de carpintería exótica, una interesante muestra de artesanía antigua comprada probablemente en un zoco de Marrakech.
El otro detalle digno de mencionar es la cuña sobre el nombre de la familia a la que pertenece el panteón, a la que sólo le falta un buda sentado delante y en la que parece imposible dejar otra cosa que no sean varillas de incienso.
A la vista de estos panteones híbridos, la conclusión es obvia: Oriente está por fin chocando con Occidente en nuestros cementerios.

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