viernes, 17 de diciembre de 2010

Arquitectura & Consumismo

Una asociación de lo más oportuna en unas fechas como estas, con su delirio colectivo de compras y gastos. Viene a cuento también porque El Corte Inglés, ese gigante del comercio español, ha abierto parte del nuevo edificio que ha levantado en el solar que ocupó la Torre Windsor, aquella joyita de la arquitectura metafísica de los años 70 que se consumió en una cremá espectacular hace casi seis años.
El Windsor, en efecto, ardió como una falla insuperable en un incendio de lo más fotogénico, registrado por una multitud de madrileños con sus móviles a pie de calle.
Ya decía Goebbels que nada como un incendio para excitar la imaginación del populacho, y en eso coincidía con otros pirómanos de alto standing como Nerón.

De alto standing eran precisamente las oficinas del Windsor, sustituidas ahora por un cilindro trasparente construido, paradójicamente, por una empresa nada trasparente, probablemente la más opaca de España.
Nadie en este país sabe nada de su política interna o de sus prácticas empresariales.
Nadie la somete a escrutinio, nadie la critica, nadie se atreve a cuestionarla.


Hay una explicación para esto. El Corte Inglés ejerce un tipo de censura muy especial y refinada: la económica. Son los que más invierten en publicidad en cualquier medio, con lo que ese medio tiene las manos atadas -y lo más importante de todo, la boca sellada- si no quiere perder unos ingresos regulares y sustanciosos. El Corte Inglés se asegura esta ley del silencio con sus presupuestos para publicidad.
A lo que a veces hay que añadir una censura directa sobre algunos libros cuyo contenido no les parece agradar, práctica controvertida que se remonta a 1992, cuando lograron que desapareciera del mercado la "Biografía de El Corte Inglés" de Javier Cuartas, donde se desvelaba la cara oculta de estos grandes almacenes.
Una censura, por cierto, que también sufrí yo con "Ladrón". Claro que tenían motivos para negarse a venderlo: en el libro dedicaba al menos un par de capítulos a contar mis aventuras de chorizo adolescente en El Corte Inglés, citándoles con total desparpajo.
Les debió de parecer mucha desfachatez, y no les culpo por ello.



Lo que no les perdono es que sean tan horteras.
Solo hay que ver esos horrorosos jerseis de fibra que llevan sus empleadas, una especie de skijama a rayas negras, azules y verdes que además de feo no favorece absolutamente nada.
De verdad que repele que te atiendan con esos uniformes, a lo que hay que sumar el maquillaje peleón de la mayoría de dependientas, con lo que el conjunto es lo más antisexy que he visto en mi vida.
Aunque para qué cuidar la imagen corporativa cuando tu nombre está más que consolidado y no tienes competencia.
Aun así los herederos del señor Areces deberían aprender de una compañía de bandera como Air France, que a lo largo de su historia ha encargado algo tan representativo como sus uniformes a figurones de la moda como Dior, Balenciaga o Christian Lacroix. O Iberia mismamente, que en este sentido cuenta también con una historia muy digna.
De vez en cuando, no te digo que no, los de El Corte Inglés aciertan con una campaña de publicidad atractiva, como aquellos spots en los que los rayos de sol se abrían paso en el cielo nublado de un Madrid que revivía la dolce vita.
En esa campaña il pericolo numero uno era la donna; arquitectónicamente hablando, ese mismo peligro lo encarna El Corte Inglés.
El tema de los uniformes es infamante, pero lo peor de todo son sus edificios, una colección de engendros arquitectónicos de los que no se salva ni uno.


En La Luna de Madrid, mítica biblia de la modernidad en los 80, tenían una sección que a mí me encantaba. Se llamaba Mis horrores favoritos, y estaba dedicada a la arquitectura más deplorable que podía encontrarse en la capital. Pues bien, una de estas secciones, a doble página, se la dedicaron en una ocasión a los cortes ingleses del centro de Madrid, y con toda la razón. Macizos, de color gris, perfectamente intercambiables, parecen todos clones del búnker del Tío Gilito.
Sin ninguna concesión estética, sirven estrictamente para una función: ser contenedores de consumo con muros ciegos para que los clientes que estén dentro no se distraigan de sus compras y apetencias mirando al exterior.
Es como la disposición de los productos en los lineales de un supermercado o aquel excitante color rojo que decoraba antes los VIPS, que te hacía consumir rápido y marcharte enseguida: está todo muy estudiado.
Lo que no quita para que el resultado sea espantoso.
Sus creativos de publicidad aciertan a veces con campañas como la antes citada, pero a los que trabajan en su estudio de arquitectura deberían echarlos a todos. Por predecibles, por aburridos, por ese feo código de estilo del que no sea apean.
El estudio de arquitectura de El Corte Inglés, al igual que el gremio de controladores, debería ser intervenido.

El Corte Inglés no es, con todo, el único malo de la película. En general la arquitectura consumista tiende peligrosamente al kitsch, como demuestran los centros comerciales que brotaron como setas en los Años del Ladrillo.
Me viene de repente a la cabeza Las Rozas Village, esa especie de homenaje decó a la arquitectura de los indios Pueblo o recreación de la ciudad de Santa Fe que sin embargo, en la distancia, parece Marrakech.
O el derroche versallesco de materiales nobles que puedes encontrar dentro del Plaza Norte 2, que no sé todavía cómo no se han organizado ya bandas de rumanos para entrar por la noche y arramblar con los mármoles, las lámparas de estilo veneciano y las columnas y obeliscos de lapislázuli, malaquita, porfirio y ónix.
Yo no quiero dar ideas, pero les saldría mucho más a cuenta que succionar kilómetros de cable de cobre.


Dentro de este despliegue de ostentación y estilo dudoso de la arquitectura comercial destaca especialmente El Corte Inglés, y la cortylandia de cristal que remplaza al añorado Windsor lo confirma una vez más.
El edificio, que todavía no ha sido inaugurado oficialmente y está sin terminar, ya ha abierto al público seis de sus 22 plantas.
No tanto por esa manía de inaugurar las cosas a medio hacer tan típica de este país sino, más que nada, por no perderse el jolgorio consumista de la temporada navideña, que por mucha crisis que haya no deja de ser uno de los picos del año.

Centrémonos de todos modos en el edificio en sí, un tubo de cristal que te aspira hacia arriba, planta por planta, para atraparte en una mareante espiral de compras. Un edificio sin gracia que parece uno de esos horteras rascacielos chinos.
Lo único interesante es la marquesina sobre la entrada, que preveo servirá de cobijo para toda la gente que a partir de ahora se citará ahí, que en Madrid es tradición quedar "en la puerta del Corte Inglés" y este no va a ser menos.
Lo que sí distingue a este, con sus cristaleras a la calle, es que en él se han saltado la norma del muro ciego, lo que me parece un gesto de audacia sin precedentes.
¿Está empezando a cambiar algo en la empresa más misteriosa de España?
Necesitaríamos unos wikileaks para saberlo...

2 comentarios:

Matilde dijo...

Hay una tienda que acaban de inaugurar y entra de lleno en este apartado. Para mí es la peor de todas. Plaza de Callao, entrada por Preciados. La recuerdo por la exclusiva tienda que tenía en el bajo de ropa para niños y bebés. El resto debían de ser viviendas. Ahora todo el edificio es de una conocida marca de ropa uniforme que presume de ser diferente. Todas las plantas cegadas, en penumbra. La única luz entra por ventanas que dan a un patio interior atestado de cuerdas con sus productos y focos que iluminan sólo y directamente a montones ingentes de ropa. La oscuridad y el agobio señores del local. Casi no hay sitio para andar. Se me quitaron las ganas de curiosear. Un martirio.

Anónimo dijo...

Es verdad! parecen bunkers como la casa de tio Gilito! no me había dado cuenta de lo horroroso que son sus edificios, en Barcelona tenemos uno enorme en la misma plaza de Cataluña, una mole gris y fea que tan sólo destaca el verde del logotipo-triangulo que han puesto en medio del gris. Un artículo excelente. Bravo.