martes, 14 de marzo de 2017

Enamorado de una máquina estricta

La noticia.

Deniz apretó el paso, atravesando barrios decrépitos que parecían habitados por zombis. Cada vez estaba más cerca. Ya podía ver las luces deslumbrantes del Distrito 69, ya podía escuchar el bullicio y la música, ya sentía con fuerza su vibración, a la vez reconfortante y malsana.

Deniz miró al cielo: era una noche sucia como un cubo de agua de fregar. De las que a él le gustaban: cubría todos los pecados. Especialmente en un lugar como el Distrito 69, el área metropolitana destinada a satisfacer los instintos más bajos: sexo, ludopatía, drogas y adicciones tecnológicas; no había en la ciudad otro lugar más depravado. El ruido eléctrico no para y tienes todo lo que necesitas. Durante el día huele a coliflor hervida y aceite lubricante, pero de noche apesta a fornicación y conciencia sucia. Y hay un lugar para todos. Incluido él, por supuesto. Lo que Deniz buscaba solo podía encontrarlo allí. Por eso, cuando finalmente alcanzó el umbral del Distrito 69, sintió un enorme alivio. Pronto, muy pronto, iba a volver a reunirse con él y a gozarlo, gozarlo hasta la extenuación.

Sin dudarlo un instante, Deniz se adentró en sus calles resplandecientes. A su alrededor centelleaban los reclamos: “El auténtico cibersexo: entra dentro, ajústalo y disfruta. Higiene y calidad aseguradas” “Conéctate a la expresión erótica: hardware, tu teléfono; software, tus fantasías más atrevidas” “Roboporno en vivo” “El viejo sueño guarro de la ciencia-ficción: el coño mecánico” “Mamadatronic, reina del porno de alta tecnología”.


El Distrito 69 abrumaba al infeliz que lo pisaba por primera vez con su inabarcable oferta de ciborgasmos y erotrónica.
Deniz ya era un veterano y se movía con soltura. Él iba a tiro hecho, sin distraerse más de la cuenta, caminando deprisa entre el gentío y los animados locales. Uno de ellos intentaba atraer clientes exhibiendo un dúplex sin género en el escaparate, realizado por androides de anatomía ambigua pero llamativamente adornados con pelucas de fibra óptica, bisutería de silicona y tangas fluorescentes. En otro, un poco más allá, podías imprimir en 3D el androide escort de tu elección, dentro de un amplio catálogo. O disfrutar de muñecas hiperrealistas hasta en su capacidad de fingir los orgasmos. Era la feria de lo cibergenital, abierta todo el año. Los sonidos eran tan promiscuos como el ambiente: de un local salía hardcore salsa; del siguiente, reguetón balcánico. Nada chirriaba en el licencioso Distrito 69, el territorio donde era soberana una nueva sexualidad nacida de una tecnología perversa.

A Deniz solo le prestaban atención los captadores, que le salían al paso ante la serie interminable de antros de baile y tecnoporno con nombres tan sugerentes como Robocock o Sex Machine. La competencia por atraer clientes era feroz.

‘Este es el night-club del futuro -decía uno, mientras le extendía un volante- Es muy democrático. Los chicos con los chicos; las chicas con las chicas; negros y blancos; capitalistas y marxistas; chinos y de todo… ¡Una gran mezcla! ¡Anímese!’

‘¡Caballero -le abordaba otro-, no se pierda nuestro circo de las perversidades! ¡El placer más refinado con las máquinas mejor engrasadas!’

Algunos eran tentadores, pero Deniz muy raramente se metía en un club que no fuera el suyo. Siempre iba al mismo. Por fuera podía parecer uno de tantos salones de sexo mecánico, pero los demás no tenían a Fuckzilla.

A él se dirigía cuando captó una conversación al vuelo entre dos amigos:
-¡No me lo puedo creer! -exclamaba uno-. ¡No me digas que nunca lo has hecho con un robot de cocina!
-Pues no, respondía el otro.
Deniz se paró un instante, desconcertado. ¿Un robot de cocina? ¿Es que se había perdido algo? Meneó la cabeza sin entender nada. La gente estaba llegando a unos extremos de desviación que daban miedo. Él por descontado no se incluía. Su caso era distinto. Él no era un hentai, lo suyo era especial: a él aquella cita mensual con su bruto mecánico le daba la vida. La robofilia, pensaba él, tiene unos límites. A su modo de ver, había cosas que ya eran puro vicio.


Deniz, por fin, llegó a su club.
En el display de diodos rojos sobre la entrada corría el siguiente texto: ‘Aquí encontrará satisfacción el esfínter más exquisito’. Y tanto, pensó Deniz sonriendo.
El portero le reconoció y retiró el cordón de la puerta. La taquillera, una eslava ajada con implantes por todo el cuerpo, le reconoció también y le saludó con un gesto seco. Deniz pagó con su DE (Dispositivo Electrónico) y se escurrió dentro del local. En la zona del bar, sobre el escenario, unos androides desganados hacían robotic dancing con música de Gary Numan.
Deniz fue hasta la barra y pidió una bebida energética con viagra incorporada. Sin perder un segundo más, se dirigió a la zona de cabinas.

Una servicial ladyboy tailandesa le facilitó lubricante, toallas y una tarjeta magnética con la que Deniz abrió la puerta de la cabina que le había sido asignada.
Una vez dentro se desnudó, doblando cuidadosamente su ropa y dejándola sobre un taburete de plástico.
Una de las paredes era en realidad una pantalla metálica que comenzó a elevarse con un zumbido suave.
Deniz juntó las manos y cayó postrado de rodillas cuando vio aparecer al otro lado, majestuosa, la máquina sexual que le hacía gemir como nadie: Fuckzilla, un pornorrobot de última generación, el dios de la penetración mecánica. La clave de su éxito: un brazo mecánico, a la altura de la pelvis, al que podían acoplarse un sinfín de imaginativos complementos, desde dildos de distinta forma y tamaño a accesorios rotatorios para una más que eficiente penetración en la que nunca decaía el ritmo, todo lo contrario: Fuckzilla era inagotable, el amante con mayor aguante que Deniz había tenido nunca.

Impaciente por empezar la sesión, Deniz se adhirió ansiosamente una serie de sensores en partes estratégicas del cuerpo. Era a través de esos sensores que Fuckzilla procesaba los datos y regulaba la fuerza y velocidad de la penetración. Esto es, cuanto más aumentaban los gemidos y el ritmo cardiaco del cliente, más empujaba y arremetía el pornorrobot. Deniz, en cualquier caso, siempre podía regular la intensidad con un mando a distancia.
Deniz había pagado por un servicio completo, lo que incluía poder escoger los complementos del brazo mecánico. Eligió un dildo gigante rematado en el glande por unos pinchos de látex y se volvió hacia Fuckzilla con expresión golosa y el culo en pompa.


El pornorrobot no se hizo de rogar y empaló con su brazo a Deniz, que enseguida comenzó a retorcerse de puro gusto. Fuckzilla jamás le defraudaba: programado para el placer, ejecutaba un kamasutra hipercinético sin dejar en todo momento de monitorizar el grado de excitación de Deniz a través de sus gemidos o el ritmo de sus pulsaciones. A más polirritmia, más fuerte embestía. Y era infatigable.
OOOOOOh síiiiiiiii, chillaba Deniz, sintiendo la fuerza bruta de aquel brazo dentro de su alborotado recto. Deniz solo se giraba para cambiar con avidez el accesorio del brazo: quitaba el consolador y ponía una lengua rotatoria o cualquier otro artilugio imposible de plástico.

OOOOh, síiiiii, por favooooor, asíiiiiiii, oh síiiii. Deniz entraba como en trance. Era un viaje al nirvana, un no bajarse del vértigo, desgarrado por dentro pero feliz, íntimamente conectado a una máquina implacable que no tenía piedad de él y a la que, pese a ello, Deniz pedía más. Y más. Y más. El pornorobot era incansable, pero él tampoco se quedaba atrás: parecía no tener bastante.
Aquella sensación salvaje y eléctrica le desbordaba por cada poro de la piel y Deniz, mientras Fuckzilla le zumbaba cada vez más fuerte con su brazo mecánico, tuvo al fin que aceptar la realidad, musitando de placer:

-Estoy… Uffffff... Estoy enamorado de una máquina estricta.

Y se volvió para gritarle entusiasmado:

-Te quiero, oh, sí, cabrón, dale fuerte ahí, oh sí, joderrrrrr, te quieroooo…

Poniendo los ojos en blanco, sintiéndose diluir, Deniz se corrió al fin en un orgasmo interminable. Oooooh sí, oooooooh…
Le pareció que los cimientos del edificio temblaban. Gritó tanto y tan fuerte que el ladyboy tailandés, alarmado, abrió la puerta.
Descubrió a Deniz desparramado sobre el piso, con expresión extasiada y abrazando con ternura los pies de su bruto mecánico.

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