viernes, 14 de diciembre de 2007

Es mi fiesta y lloro si quiero

Si hay algo que abunda estos días son las fiestas. Cuando no organizas tú una tienes que acudir a un montón de ellas. Están las de empresa, las familiares y esas a las que vas invitado por el amigo de un amigo de un amigo. Es decir, que si te llamaran del anatómico forense para reconocer el cadáver del anfitrión, no serías de gran ayuda porque no le conoces ni de lejos. Pero da igual. Tú le echas morro y te presentas. Será que no lo has hecho veces. Y siempre puedes llevarte un souvenir de la casa –un cenicero mono, por ejemplo- o arruinar los muebles de IKEA derramándoles copas por encima. Según cómo te lo montes.
Yo procuro siempre montármelo lo mejor que puedo. Mi filosofía particular es que la vida es una fiesta, y las fiestas no duran eternamente. Llega un momento en que se acaban, y entonces tienes que decidir si te lo has pasado bien o no. Y yo, cuando terminan, quiero sonreír de satisfacción, pensando que me lo he pasado realmente bien.
Esta no es una excepción. Cuando entro, me encuentro el piso abarrotado de gente. Los hay bailando en el salón, hablando en los sofás, explorando las habitaciones y, cómo no, el inevitable corrillo en la cocina. El baño, como siempre, está ocupado, con cola fuera, y no precisamente de gente apremiada por la necesidad. O sí, pero de otro tipo. Mucho más urgente y acuciante: la ansiedad que provoca la adicción a la drogadicción, que canta mi amiga Elvis.
Uno de los que se impacientan en la puerta del servicio, caminando desquiciado de un lado a otro, lo expresa muy gráficamente:
—¡Dos rayas más y soy un tigre!
Rrrrrrrr. Qué fiera. Pero le entiendo. A mí me pasa más o menos lo mismo: es meterme una rayita y me siento, al instante, crazysexycool. Tratamiento de shock, me va de maravilla. Por supuesto que se puede discrepar, es sólo que yo cuento la feria según me va. Otros te dicen que sólo con música y gente sube de tono el ambiente. Pues no; hacen falta también otros aditivos. A veces tanta candidez me desconcierta.
En ese momento interrumpe mis reflexiones el amigo al que había enviado a buscar drogas. Su cara lo dice todo: misión cumplida.
—¿A quién le has pillado?, pregunto.
—A ese camello.
Me señala un brasileño que parece un muñeco hinchable de Ricky Martin.
—¿Le conoces?
—No, pero me ha dado un argumento irresistible.
—¿Qué te ha dicho?
—“Tengo un coca increíble; la misma que se cargó a Carmina Ordóñez.”
No lo puedo impedir: me relamo. Y ordeno:
—Hazte unas lonchas ya mismo. Y que sean generosas. Esta noche vamos a tirar los tabiques.
Los nasales, me refiero. Sin perder un segundo nos vamos al baño. Overbooking dentro y fuera, así que decidimos colarnos en algún cuarto a ponernos las rayas. Al final, como siempre, las hago yo. No tardo nada en ejecutar la operación. A veces pienso que si hubiera una olimpiada de esto, yo estaría en el podio con Kate Moss. He puesto, en un pispás y sobre la carcasa de un cedé, dos tiros como medianas de la autopista del Mediterráneo; solo falta plantarles adelfas. Sorbo la mía con un turulo improvisado y es tal mi ímpetu que me la incrusto directamente en el cerebro, sin darme tiempo a metabolizarla. Es mi método: lo inspiro todo hondo para inspirarme mejor.
Con la cara hacia arriba y apretando con un dedo la mitad de la nariz, le digo a mi amigo:
—Cariño, dame el pésame.
—¿Por qué?
—La nariz. Se me ha muerto.
Mi amigo se solidariza enseguida:
—¿Pongo otra?
—Ya estás tardando.
Mi amigo obedece encantado. Estamos en el mismo barco. Ah, viciosa existencia voraz. Te empuja con sus inaplazables exigencias. Elegantemente consumidos, tienes razón, esto no es la buena vida. Pero qué quieres que te diga, I’m loving it. La seducción del mal tiene mucho de alcalina.
Salimos de la habitación mordisqueándonos compulsivamente los labios y nos mezclamos un poco con la concurrencia. Parloteo con unos y otros como si me fuera la vida en ello, con turbolocuacidad, el típico síndrome postprimerarraya. Para definir mi estado mental nada como el estribillo de aquel hit de las Pointer Sisters: estoy tan excitado, y no puedo disimularlo, estoy a punto de perder el control y creo que me gusta. Sí señor: me gusta. Además, para eso está hecho el control: para perderlo. No en vano me he ganado una justa reputación como maestro de los excesos. Tampoco es que me preocupe. La reputación es como la arena de los gatos. Puede cambiarse cada día. Yo de hecho la cambio.
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La fiesta está en su apogeo.
En el pasillo cazo al vuelo una conversación entre dos chicas. Una de ellas es un icono vivo de la anorexia. La otra, maravillada, le pregunta:
—¿Cómo consigues tener tan buen tipo?
—En todo el día sólo tomo un Special K.
—¿Un tazón?
—No, un copo. Una caja me dura años.
No puedo evitar sonreír con indulgencia. Sí, ya lo sé: vanidad, vanidad y todo vanidad… Pero me encanta. En vista de que la fiesta está cada vez más animada, llamo a otro amigo para que se venga. Después de un par de timbrazos me cuelga. Al minuto recibo un sms:
“Stoi con 1 xulazo n la kma, superdilatada. Yamame luego, bso.”
No sabe lo que se está perdiendo. Saco unos restos de MDMA de un bolsillo del pantalón y mi compadre y yo nos metemos una buena dosis, mojando la yema del meñique dos veces en el fondo del saquito de plástico. Después vamos a servirnos una copa, bailamos un rato, mantenemos un puñado de conversaciones idiotas y oímos una buena ración de charlas insustanciales.
En estos devaneos me presentan a un tipo muy exótico; parece un fakir o un príncipe hindú. Una vez más acierta mi intuición. Intrigado, le pregunto:
—¿De dónde eres?
—Indio —me contesta—. De Cachemir.
—Anda —le digo—, como mi jersei.
Por su cara deduzco que no capta fácilmente mi sentido del humor. Es igual. No voy a perder el tiempo con un público tan poco receptivo, así que le dejo y me voy a dar una vuelta. Me topo con mi amigo, que fue por unas copas. Está sonando música española. No reconozco la canción ni quién la canta. Le pregunto a mi colega quiénes son.
—Amaral, me responde.
—¿Amaral? —le digo sorprendido—. ¿Qué es eso, un precepto chino como “amaral a Dios sobre todas las cosas”?
—No, es un dúo, me aclara él.
—¿Músico o cómico?
—No sabría decirte…
Dejémoslo ahí. No me gustan los debates inútiles, por eso me largo enseguida de los chillouts donde se discute si Goofy es un perro o no. En ese momento, y como leyendo mi pensamiento, mi amigo dice:
—No sé si estoy fatal o fenomenal, pero me inclino por ambas cosas.
Le miro con empatía y digo:
—Te entiendo. A mí me pasa lo mismo.
Aunque, para ser sinceros, no me siento nada mal. Empiezo a notar la confortable y brumosa sensación del MDMA desperezándose en mi cuerpo. No sé por qué, quizá por el maridaje perfecto, me da por sacar un bote de poppers. Le ofrezco a mi amigo. Es la primera vez que lo prueba. Lo hace con cierta aprensión y, antes del subidón, declara:
—Huele a piscina, pero me encanta.
Ese es mi chico. Segundos después se tambalea. Cuando se recupera, va a sentarse en un sofá. El subidón le rebosa por los poros. Dobla la cabeza y se deja llevar. Mi amigo ha perdido la conciencia de todo y se ha sumergido en las regiones del éxtasis. Yo, por el contrario, siempre me zambullo en ellas sin perder conciencia de nada. Es sólo cuestión de autodisciplina.
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Por supuesto, como en tantas otras fiestas, no podía faltar el momento ex and the city. Inesperadamente, de la nada, surge un antiguo novio. Reacciono dando un respingo, como si fuera su fantasma. En realidad lo es. No voy a decir ese tópico del manual del despecho que es la frase: “Para mí ha muerto”. No he tenido que molestarme en matarlo: ya lo ha hecho por mí el tiempo.
Aun así, su inoportuna presencia me irrita sobremanera.
—¿Qué haces aquí? —le digo muy arisco—. Te dije que esperaras en el coche.
De eso hace ya tres años, pero para qué entrar en detalles. Lo que no quiero es rayarme, eso es todo. Tengo un pedo muy guay y no quiero echarlo a perder con inoportunas interferencias. Para colmo me pide tabaco. Mascando el desprecio le digo:
—Un cigarro no te doy porque un cigarro ahora vale mucho más que tú.
Luego me siento estupendo porque a todos nos gusta comportarnos a veces como una mujer fatal. Además, tengo debilidad por las punch lines, por más que esta en particular la haya sampleado de Paquita la del Barrio, tremenda crooner cantinera. Pero me sirve perfectamente para dejar a mi ex con un palmo de narices. Vuelvo a perderme por la fiesta, tratando de encontrar algo interesante o divertido o qué sé yo, porque ya estoy alcanzando ese punto de no retorno en el que ya no sé lo que quiero ni, en el fondo y mientras vaya así de puesto, me importa.
Lo cierto es que ahora mismo ocupo un lugar ideal, ese mundo de colocón perfecto en el que no estás demasiado arriba ni demasiado abajo. El punto exacto. Lo que yo llamo la meseta. Cuando el cosmos, milagrosamente, es todo armonía y tú vibras con él en la frecuencia justa.
Regreso junto a mi amigo, moviéndome por los pasillos como si caminara por la luna. Me siento junto a él en el sofá, le meneo un poco el muslo y le digo:
—¿Qué tal estás?
Él abre los ojos y me mira bovinamente, sonriendo como un buda feliz. No contesta nada, se limita a modular retozonamente un mugido de placer:
—Mmmmmmm.
Jamás una sola letra ha querido decir tanto.
Me retrepo en el sofá, cierro los ojos y le agarro la mano, intentando viajar con él, conectar nuestros colocones, ser un espía síquico en esa house of love que es su mente.
Es el momento del buen filin sensitivo, de comunión, de compartir el nirvana.
Permanecemos así un rato, sentados en el sofá y retroalimentando nuestro paraíso artificial, hasta que mi amigo, de repente, se vuelve hacia mí y con la mirada pastosa pero brillante me dice:
—Me da miedo morir. ¿Qué es lo que habrá luego?
Me pilla desprevenido. No sé qué decir e improviso:
—Supongo que será como una especie de after.
—¿Tú crees?
—En realidad no lo sé, pero estate seguro de que lo que sí habrá es un Corte Inglés.
Mi amigo sonríe, me abraza, me da un beso y me dice:
—Qué buen rollo contigo. Feliz navidad.
—Feliz navidad, respondo yo y justo en ese mágico momento, sin venir a cuento, me acuerdo de que en casa tengo una colada por tender. Lleva en la lavadora dos días. Se me va a pudrir la ropa.
Pensando en esto me rayo un poco.
Cómo me jode en esos momentos de felicidad aterrizar bruscamente en la ordinariez de la vida.

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