Mostrando entradas con la etiqueta basura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta basura. Mostrar todas las entradas

domingo, 3 de abril de 2016

Obsolescencia empalada

O como leí una vez por ahí, 'no confíes en un PC que no puedas tirar por la ventana'.

Foto: Sonia Martínez.

martes, 3 de marzo de 2015

Entre el cielo (penthouse)


En una ciudad como La Habana las calles son un bullicio constante, pero llega un momento que agobian. No por el tráfico, que en ese sentido da gusto: comparado con el de Madrid el de aquí es como un chiste, un simulacro, un quiero y no puedo. Pero sí por ese humazo negro que expelen coches, camiones y guaguas y que como te atrape una nube te convierte en Vengador Tóxico; aquí lo de la gasolina sin plomo parece ser que todavía no ha llegado y lo que suelta el tubo de escape de muchos de ellos es un eructo de hidrocarburo directamente extraído de las profundidades del Averno.

Entrada al edificio del restaurante en calle E.

Otro motivo para querer escapar del nivel de calle es el estado de las aceras, por las que te mueves sorteando baches, hoyos y fallas tectónicas con una coreografía más o menos grácil de zancadas y saltos. Luego está la mucha mierda desparramada por todos lados: La Habana es una ciudad muy sucia y los habaneros, en general, son de lo más cochino. Lo tiran todo al suelo, sin ningún miramiento. Tampoco ayuda el hecho de que las papeleras no abunden.


Suma a esto la muy desagradable manía que tienen los cubanos machos, adultos y niños, de pasarse el día escupiendo al suelo. Más otra fea e irritante costumbre: la de llamarse unos a otros como si fueran perros, silbándose o bisbiseándose desde el otro lado de la calle, desde los carros, desde las puertas. Lo hacen también para dirigirse a mí, lo que no deja de repatearme. Cuando me piden fuego, bueno, ‘fosforera’ en argot local, lo hacen y yo les riño: “Se dice ‘oiga’ o ‘disculpe’, a ver si mostramos un poco de respeto”.


Qué se le va a hacer, los cubanos son así, un poco asilvestrados. Así que para evadirse de estas calles llenas de churre, como dicen ellos, humo mutante y modales primitivos, nada como subirse un rato a las alturas, lo que no deja de ser un cambio radical y un alivio. También porque los habaneros están sabiendo sacar partido a sus muchos rascacielos con sus panoramas de quitar el hipo. Es allá arriba donde La Habana muestra de repente un lado más interesante, sorprendente y hasta sofisticado. Para cenar, por ejemplo, con vistas de la ciudad en cinemascope.


Hay, para empezar, una propuesta más convencional en la cocorota del Focsa, ese edificio imponente pero horrendo, anticipo del brutalismo que vendría luego. El restaurante se llama La Torre y se ubica en la planta 33. Está muy enfocado a los yumas de criterio más predecible con lo que lo descarté desde el principio, por más que cuente con vistas impresionantes. Preferí ir a otro del que me hablaron y que sonaba mucho más tentador, el Porto Habana, un paladar privado que lleva una pareja gay mundana que ha vivido en Europa y que quiere ofrecer algo distinto. Y vaya si lo es. Es una propuesta realmente original que bien merece una visita.

Recibidor.

Está en el nº 158 de la calle E.
Desde la calle se aprecia claramente porque la terraza, acristalada, está iluminada por guirnaldas de bombillas de colores, lo que recuerda a ese último piso de supervivientes en un bloque del Londres de 28 días después.
La impresión es la misma y no deja de cuadrar en una ciudad de supervivientes natos como es La Habana. Está en el piso 11 de una torre de 25 plantas, gemela de otra, construidas ambas en esa era prolífica de rascacielos que fueron aquí los años 50.


Se trata de un piso decorado con un gusto a veces acertado, a veces discutible: lo mismo reconoces valiosas piezas de anticuario que esa tendencia a lo kitsch del mariquita que se cree refinado y cuelga lámparas de cristales como las que tu abuela tenía en su casa y cortinones dorados como de película de Visconti. Pero insisto en que es de lo más diferente y original que ofrece La Habana.
El plus está en las vistas: toda la parte baja del Vedado for your eyes only, que cantaría Sheena Easton.


A original, repito, no le gana nadie. Pides, por ejemplo, ir al baño y tienes que atravesar un dormitorio muy cuco con su cama de matrimonio hecha y sus mesitas de noche. Y el baño en cuestión te da hasta reparo utilizarlo, no vaya a ser que salpiques unas gotas fuera de la taza y venga el dueño de la casa y te saque los colores. La sensación es de estar invadiendo la intimidad de un hogar que no es el tuyo aunque lo hayan convertido en restaurante temático. De lo más curioso.

Lo que no sé es si, cerrado el restaurante, hacen vida allí y la pareja duerme y chinga en esa misma cama, que ya digo que cuando la atraviesas para ir al baño da un poco de pudor. Pero la idea me encantó. Yo no sé cómo a alguien no se le ha ocurrido hacer lo mismo en su piso de la torre de Aluche o del barrio de la Estrella, porque estoy seguro de que triunfaría.


En cuanto a la comida, a su favor diré que los muchachos se esmeran, pero claro, con las limitaciones propias del país. De entrante pedí un ceviche de pescado (escrito ‘seviche’ en la carta) sin su ingrediente principal, ese que lo define: el cilantro. Aquí a la carencia le echan imaginación y salieron del paso con pimienta negra y una vinagreta, aunque sin cilantro no hay color, por mucho que improvisen. Después pedí un pollo grillé y me trajeron ese engendro de laboratorio que aquí llaman ‘bistec de pollo reestructurado’, esto es, deshuesado, despiezado y vuelto a unir en una amalgama de filete compacto.


El maitre era precisamente uno de los gays propietarios, que se escamó conmigo al ver que no dejaba de hacer fotos y resultaba algo impertinente con mis preguntas y bastante insolente cuando me levantaba de la mesa y decidía explorar a mi aire el resto del apartamento. Con lo que decidió ignorarme, sin hacerme más caso que a un gorrión muerto que había traído el gato y delegando en una subalterna, atenta y simpática, el atenderme.

Vista del Vedado desde la terraza.

Pero yo supe tomarme mi revancha, y no premeditada, que es como mejor salen. Cenando en una mesa, junto a mí, había un grupo de canadienses. Cuando llegaron a los postres, el maitre prima donna, en un inglés por otra parte irreprochable, les dijo: ‘We have a special tart’. Los canadienses dieron un discreto respingo pero optaron por callar.
Yo en cambio no: cuando él dejó su mesa y pasó por mi lado, le pincé la camisa y le atraje discretamente hacia mí: ‘Cari, hablas un inglés excelente, pero, en vez de ofrecerles tarta, les has dicho que tenéis una puta especial. Porque eso significa tart, puta. ¿No decís vosotros cake en vez de tarta o pastel? Pues eso tenías que haber dicho, cake. Te lo digo para la próxima vez’, concluí con mi mejor sonrisa. Ver su cara coloradota, su parpadeo, su divismo de repente por los suelos fue todo un poema.


Duelo de coronas aparte, el Porto Habana tampoco me resultó barato, lo que era de esperar en un sitio con ciertas pretensiones. Para desquitarme decidí ir a tomarme una copa siguiendo mi itinerario de vértigo. Y me dirigí al Magic Flute, otro piso elevado en la esquina de la calle L con Calzada, concretamente un ático o penthouse, como dicen los cubanos.

Está en la décima planta y hay que subir en ascensor, que se abre directamente al local. La parte cerrada es bar decorado a lo pub inglés, con profusión de maderas, mostrador acolchado de eskai y tarima para conciertos: su especialidad es la música en vivo. Con todo, el mayor atractivo del Magic Flute es su terraza con piscina, donde también puedes sentarte a tomar una copa y que, tal y como está concebida, podría situarse perfectamente en Miami o en Madrid (a mí, vagamente, me recordó a la terraza del Hotel Oscar Room Mate en Chueca).
Lo cierto es que en La Habana está surgiendo una noche que se acerca cada vez a nuestros estándares de ocio. El Magic Flute es buena prueba de ello.

El dormitorio.

Desde la terraza, además de la visión en 360º de la ciudad, se toca el cielo y, si alargas la mano, casi tocas también el edificio, justo enfrente, que ha sido durante todos estos años la Oficina de Asuntos Americanos y que dentro de poco volverá a ser lo que fue antes del triunfo de la Revolución: la embajada de los EE.UU.

Estoy convencido de que ese día, cuando regrese al edificio el ajetreo diplomático, los funcionarios gringos subirán en manada al Magic Flute a tomarse un relajante coctelito after work. El Magic Flute lo llevan Rember y Richard Egües, padre e hijo respectivamente.
Rember fue un notorio músico cubano, y es de esos ancianos con guayabera y gorra beisbolera o sombrero panamá a los que todo el mundo llama ‘maestro’; tuvo un programa de TV en la década de 1970 y también estuvo en las fuerzas armadas cubanas.


De lo más afable, se sentó un rato a hablar conmigo. Y me contó: ‘Yo quería un sitio en La Habana donde tocaran y actuaran los mejores intérpretes de cualquier género, me da igual. Me he inspirado en los jazz clubs que conocí en París, pero este local está abierto a todo tipo de música. Porque parece que en Cuba es todo reguetón y no. Esta isla ha sido muy importante en el conjunto de la música latinoamericana. En su día no había artista de renombre que no viniera a actuar también aquí. Te hablo de un Jorge Negrete, de un Lucho Gatica, de un Nat King Cole… Yo quiero recuperar eso. Quiero que La Habana vuelva a ser una escala imprescindible en el circuito de un artista que quiere triunfar en Latinoamérica.’

Selfie en el baño del Porto Habana.

Yo nomás asentía mientras daba sorbos a mi cóctel La vida en rosa, riquísimo aunque cortito y mirando de vez en cuando la noche estrellada de la ciudad.
‘Claro que ahora –prosiguió él- este es un sitio que se puede abrir. Hace 20 o 30 años no. Había mucho prejuicio, era todo muy dogmático. Fíjate que los platos de la batería y las escobillas estaban prohibidos porque los usaban los músicos de jazz, y el jazz era música del enemigo, decadente, capitalista. Afortunadamente todo eso se ha superado, y creo que es un momento excelente para abrir un sitio como este. Yo siempre quise abrir en La Habana un club así.’

En el ático del edificio azul se encuentra el Magic Flute.

También me contó que en su día, cuando era militar, estuvo en Praga, en Alemania del Este, en Rusia, Vietnam… ‘Lo de Vietnam es impresionante –me comentó-. Están mucho mejor que nosotros. A ellos la libreta (de racionamiento) solo les duró un año. Y tienen mucha mejor relación con los norteamericanos, y fíjate la guerra tan salvaje que libraron con ellos…’

Ante el cambio que se avecina, su opinión fue esta: ‘Aquí pasará como en Rusia cuando Gorbachov, que me pilló allí. De la noche a la mañana empezaron a verse Mercedes y BMW por las calles. Fue una cosa totalmente repentina. Yo creo que aquí pasará lo mismo. Y ya está. Sin más traumas.’

Actuación en vivo.

‘Fidel Castro es un genio –continuó-, pero la Revolución es como un niño chico, que va tanteando, que se quema cuando toca algo caliente… Digamos que va aprendiendo. Está claro que algunas cosas se han hecho mal, y yo fui siempre el primero que las critiqué. Como lo de estatalizarlo todo en la Ofensiva Revolucionaria de 1969, hasta el puesto de granizados. Está bien que el país guarde para sí las riquezas nacionales y nacionalice los sectores estratégicos, pero de ahí a que el Estado tenga que llevar un restaurante… Al final es un desastre, todo papeleo y burocracia. El Estado no está para llevar restaurantes, eso hay que dejárselo a la gente.’

La terraza.

Hablando con el maestro me di cuenta de que, al menos la gente mayor, respeta masivamente a Fidel. Es más, le veneran. La gente más joven ya es otra historia: en la reverencia al líder se está abriendo, o se abrió hace tiempo ya, una brecha generacional. Y eso que en la TV (tevé dicen aquí) salen continuamente reportajes donde las UJC (Juventudes Comunistas) protagonizan un acto de afirmación, un desfile o cualquier cosa y ves a jóvenes hablando al micro con esa pasión ortodoxa de otros tiempos, pero no se corresponde con la realidad.

La piscina.

Y si bien la conversación con Rember no tuvo desperdicio, la anécdota más jugosa de la noche me ocurrió al llegar al edificio aerodinámico donde se encuentra el Magic Flute: después de que un portero negro enorme como un armario, a lo Notorious BIG pero en cubano, me diera la bienvenida abajo, entré y me topé de bruces en el portal con una reunión de vecinos como la de cualquier finca de cualquier ciudad de España. Allí estaban todos desperdigados por el portal, sentados o apoyados cansinamente en las paredes, mientras el que parecía ser el presidente de la comunidad, un señor mayor, les regañaba.


‘Parece que os está cayendo una buena’, comenté por lo bajo mientras esperaba un ascensor que no llegaba nunca. Algunos vecinos me miraron y sonrieron; una resopló y otra, muy expresivamente, puso los ojos en blanco. El presidente les reprochaba estar derrochando el agua de la cisterna, o tanque, como lo llaman ellos, el depósito comunal en la azotea del edificio. Y que no era plan, compañeros. Y el ascensor que no bajaba. Y yo aguantando el chorreo como un propietario más, sintiéndome cada vez más incómodo en aquella situación inesperada y absurda.


‘Esto no se puede consentil –les amonestaba-. No se puede desperdisial el agua, y se está hasiendo…’ Y justo cuando, albricias, llegó abajo el ascensor, le escuché terminar la reunión con un viejo eslogan comunista: ‘Así que ya sabéis, de cada cual según su capacidad y su inteligencia y a cada cual según sus necesidades’, que fue una forma muy política de decir: ‘No gastéis más agua de la que vayáis a nesesital, cojoneh’.

Ya dentro del ascensor pensé una vez más, sonriendo: surrealista Cuba. Y la dejas o la tomas, la adoras o te desquicia, que este conflicto entre embrujo y desesperación es lo que le da todo su encanto a esta condenada isla.

Especialidad: cócteles.

sábado, 21 de septiembre de 2013

Toy story IV

SINOPSIS:

Juanito, que ha dejado de llamarse así para convertirse en Juan, ha tomado una decisión drástica: deshacerse de los juguetes de su infancia, a los que ha metido en una caja de cartón y ha abandonado en la calle.

Juanito, que fue un niño adorable, ahora que es adolescente se ha portado como un desalmado.
Será el pavo, la tontería de la edad, que te vuelves arisco y difícil, el caso es que sus juguetes no dan crédito.
Primero porque, en vez de tirarlos a la calle, podría haberlos llevado a algún centro para que se entregaran a familias necesitadas y así seguir cumpliendo su función: llenar de alegría e ilusión la vida de otros niños.
Muchos de los juguetes están todavía en buen estado. ¿Por qué no les dio una segunda oportunidad?

Tampoco se explican que se haya deshecho con tan malas formas de ellos, unos juguetes que han sido, durante años, sus más leales compañeros de juegos.
Unos juguetes que ahora están tristes, desahuciados, y que, en cuanto nadie pase por la calle, dejarán su postura estática e inexpresiva y cobrarán vida para quejarse amargamente por su destino y por lo ingrato que ha sido Juanito, que les ha impuesto un ERE brutal después de años de servicio.

Indignados, y con motivo, resuelven primero formar una asamblea donde discutir el nuevo escenario y plantear soluciones.
Seis horas después de intenso debate, decide tomarse la primera medida: hacerle un escrache en la puerta de casa a Juanito.

A esta acción le seguirán trepidantes aventuras que harán las delicias de grandes y pequeños y que incluirán antidisturbios, risas y lágrimas, tertulianos de derechas reclamando la ilegalización de todos los juguetes por etarras, protestas formales de la embajada china, romances imposibles entre superhombres de plástico y muñecos de peluche y un giro final inesperado que demostrará de una vez por todas que, con los juguetes, no se juega.

sábado, 11 de mayo de 2013

La huella



Antes, hace no mucho tiempo, te animaban a pasar por este mundo dejando huella. Ahora no, ahora tienes que hacer todo lo posible por reducirla.

El último hit entre los urbanitas con conciencia verde: Oh, yeah, baby, let's get organic, que cantaría Marvin Gaye o Barry White con un susurro sudoroso, sexy y sucio sobre una base soul o funky.
Eso venga, vamos a ponernos orgánicos y a gastarnos un platal en productos cultivados ecológicamente, que es lo guay, pero luego algo tan básico como es reciclar la basura como que no mola tanto.
Muchos de los que corren a firmar on line contra los trasgénicos y el monopolio de Monsanto son también los que luego, sin que les tiemble el pulso, siguen embutiendo toda su basura -orgánica, envases, vidrios, papel- en la misma bolsa.
Cuando se lo reprochas, continúan poniendo las excusas de siempre.

Supongo que no es mucho pedir un poco de coherencia. Tampoco hay que llegar al extremo de la norteamericana Melissa Schweisguth, mujer auto-sostenibílisima que lleva sin botar nada al tacho de la basura desde 2006.
Lo suyo es un ejemplo de compromiso serio: se abastece de agua de lluvia, nunca compra comida envasada sino a granel y, cuando sale a comer fuera, lleva sus propios cubiertos y servilleta. Los escasos desechos que produce los composta, recicla o reutiliza, a veces como relleno de almohada.
Según cuenta ella misma, se limita a vivir de una forma coherente con sus valores.



Ahí está la clave, el quid de la cuestión, la pata por la que se tambalea toda la mesa: lo verdaderamente insostenible entre muchos de los conversos al nuevo credo de lo sostenible es la coherencia.

La mayoría de la gente que conozco sigue viviendo como si no hubiera un mañana sin recursos naturales. Yo pensé, ingenuamente, que con la crisis se daría un cambio de paradigma y que la gente, como en una nueva posguerra, volvería a zurcir calcetines, a remendar la ropa, a apagar obsesivamente las luces 'que no se usan' y a escurrir el bote de aceite hasta la última gota.
Pero no, lo único que ha pasado es que la orgía consumista simplemente se ha ralentizado. Está casi en punto muerto, pero latente, porque la actitud de la mayoría de la gente sigue siendo la misma. A ver quién renuncia a una forma de vida tan gratificante y cómoda cuando ya la ha conocido.
Como mucho, la rebaja a low cost.



A todos nos preocupa la naturaleza y su degradación, pero también surge el conflicto entre la realidad y nuestros deseos. Se da una contradicción flagrante que más vale tratar con sentido del humor, así nos evitamos el desánimo o el berrinche.
Es lo que hacen las niñatas de Haim en su vídeo de 'Falling' -por cierto, pedazo de rola- en el que se las ve retozar por el campo como amazonas desmelenadas, en una comunión casi mística con la naturaleza y una estética y fotografía hippie-setentera que es como si Fleetwood Mac o Las Vírgenes Suicidas se fueran de picnic.

Pero es al final del vídeo cuando llega el momento revelador y su carga de ironía: después de una intensa jornada de integración campestre, llega el padre de una de ellas con el coche y las recoge para llevarlas de vuelta a casa.
O lo que es lo mismo, a la calefacción, la ducha y el agua caliente, la comida en la nevera, las redes sociales, el ADSL y ese móvil inteligente por el que, antes que prescindir de él, mataríamos a cuatro gatitos y cinco ponis de color rosa.

Para qué nos vamos a engañar: por muy insostenible que sea la situación del planeta, resulta muy duro sacrificar tanta comodidad desechable, tanta y tan apetecible oferta en los lineales de los supermercados y en los escaparates, tanto usar y tirar, total para qué arreglarlo si comprarlo nuevo me sale más barato, y que se hundan todas las fábricas de Bangla Desh.



Estamos atrapados en un círculo vicioso del que es muy difícil salir. Nos cuesta renunciar a una serie de cosas que ya consideramos básicas, casi más que el agua que bebemos o el aire que respiramos, aunque luego nos escandalicemos al leer cosas como esta o firmemos en contra de la mercantilización del agua.
Para lo cual, por cierto, Coca-cola ya nos está preparando de forma sibilina con su publicidad reciente: no es que esté refrescando al mundo desde 1886, es que lo está hidratando. Es decir, ya nos van mentalizando para cuando terminen de poner su logo también al agua del grifo.

Espero al menos que te den a elegir sabores y una dosis prudente, sobre todo por las mañanas, de prozac o cafeína, y por las noches -y solo para adultos-, de diazepam o cualquier otro sedante que ayude a domar el estrés y conciliar el sueño.
Si hasta es posible que salgamos ganando, porque hay que reconocer que el agua del grifo, tal y como está conceptuada actualmente, es bastante aburrida.

lunes, 25 de abril de 2011

El arte es basura




Cuando pasé por la calle y me encontré con esto, lo primero que pensé es cuánta razón tiene este hombre.
Después de exhalar un suspiro, pensé lo segundo: no somos nada.

Enseguida corregí esta tendencia a ser cenizo y ponerme en el peor de los casos, que para eso es primavera, la vida no deja de ser bella y hay que ser optimistas.
A lo mejor, me dije, aquel cuadro en la vía pública, tan bien colocadito, formaba parte de una intervención artística en la calle, dentro de alguna campaña cultural organizada por el ayuntamiento de Pozuelo.

Pero luego pensé, ¿Kandinsky? Ni hablar. En todo caso, si finalmente el ayuntamiento de Pozuelo se decidiera a hacer algo así, sería con láminas de Carlos Sáenz de Tejada, Inmaculadas de Murillo o los cuadros opuspop del fundador de los kikos. Algo más a tono con el espíritu de la localidad.
Pero Kandinsky definitivamente no. Demasiado vanguardista. Y además bolchevique. Este tipo de cosas no entra dentro de su programación.

Al final era todo mucho más espontáneo: en una casa habían decidido botar a la calle un cuadro deteriorado por la humedad.
Pero ante una explicación tan prosaica, a uno le gusta fantasear.
Lo cierto es que esta es una forma como cualquier otra de llevar el arte a la calle.
Al menos hasta que pase el camión de la basura.

martes, 16 de noviembre de 2010

Paradoja visual


No pudo por menos que llamar mi atención, siempre en estado de alerta ante lo potencialmente curioso, estrafalario, fascinante o, como en este caso, contradictorio y chocante: un contenedor con la etiqueta "salud mental" rebosante de bolsas de basura.
Este cubo de basura se irguió ante mí como un grizzly y me habló como una zarza ardiente.
De repente reconocía en él una elocuente metáfora de nuestra sociedad y del colosal conflicto que vive, dividida entre buscar desesperadamente un estado de salud mental vía libros de autoayuda, yoga al vapor, cruzadas por lo natural, visitas al sicoterapeuta o siquiatra o estancia en un spa o ashram y que, sin embargo, no puede evitar llenarse la cabeza de mierda y porquería vía política, religión, economía, televisión, cultura para las masas, astrología, ídolos con pies de paja, celebridades zafias o líneas del tarot.
A veces los objetos se nos pueden presentar de una manera, pero hay que tener la intuición de saber interpretarlos como lo que realmente son.
Este, por ejemplo, no era un simple contenedor: era un signo de los tiempos.

domingo, 6 de septiembre de 2009

España por los suelos



¿Será la crisis, será ZP?

¿Será la rosa, será un clavel?

¿Será por H, será por B?

El caso es que ya veis cómo me he encontrado a España: tiradísima.

jueves, 11 de junio de 2009

Isla basura


No sé si habéis oído hablar de ella. En inglés se llama Garbage Island, que me parece un título cojonudo para una versión trash de Supervivientes, algo así como llevar viejas vedettes del Paralelo, drag queens cuarentonas y travestis desechadas por Fangoria a una isla poblada de caníbales y rodeada de tiburones.
Si bien es cierto que, para toque trash en un reality, el de Perdidos en la tribu, con esos implantes de basura blanca entre clanes negros, especialmente la familia de los hijos pokeros Ventura y Johnny.


Pero no. Garbage Island, que también podría ser un parque temático levantado en algún macrovertedero de ciudad del Tercer Mundo para ver de cerca cómo viven las comunidades de hombres-rata, con alguna que otra amena atracción, como podría ser el Twister-incineradora, es en realidad el nombre que le han puesto a una presunta masa a la deriva de desechos plásticos que flota en el Pacífico norte, atrapada en un determinado perímetro por un círculo vicioso de corrientes marinas.
Es como lo del Mar de los Sargazos pero, en vez de algas, una tupida malla de mierda y porquería, una especie de iceberg de basura conglomerada que, a este paso, si finalmente cuaja, podría colonizarse y hasta explotarse como holiday resort, que gente hay para todo.


A mí toda esta historia me parece muy fantástica, algo así como la leyenda de El Dorado o el famoso Área 51 de Nevada. He visto algunos vídeos en youtube sobre la Garbage Island, la Avalon de los tiempos modernos, pero ninguno me ha convencido de su existencia real.
Para mí que se trata de otro de esos falsos mitos de los ecologistas histéricos, porque en los vídeos, rodados a bordo de expediciones en barco que supuestamente rozan el perímetro de la Isla Basura y hasta se internan en ella, apenas se ven un par de botellas o envases de plástico flotando aquí y allá, muy desperdigados.
Y eso que me habría encantado, por puro morbo y fascinación, que la historia fuera cierta, pero parece ser el producto de la calenturienta imaginación de algún ecologista desquiciado.
Los vídeos no demuestran nada. Si acaso que, hoy día, restos de plástico flotando en el mar se pueden encontrar en cualquier parte. En el mismo Mediterráneo ya es difícil distinguir las manadas de medusas asesinas de los enjambres de bolsas de supermercado.


Así que el asunto me escama. Lo de la Garbage Island suena a uno de esos bulos alarmistas que de vez en cuando lanzan los ecologistas más furibundos, que son peores, como buenos fundamentalistas, que un obispo español o un mulá fanático.
La historia me recuerda a otra similar que involucraba a unas ranas de Centroamérica. Se trataba de una especie de ranas muy pintureras que viven en la jungla tropical de allí y que hace unos años nacían mutantes, con tres o cuatro patas o dos cabezas, como los peces de Springfield.
Los ecologistas afirmaban que estas ranas servían como perfectos bioindicadores (es decir, organismos vivos especialmente sensibles a los cambios y la contaminación de su ecosistema) y que, como tales, estaban sufriendo las consecuencias de la brutal, invasiva y tóxica acción humana.
Pero al final resultó que no, que estas frankenranas no habían sido afectadas por nada de eso sino por algo tan natural y corriente como unos parásitos, que se metían en los huevos y provocaban esas malformaciones cuando los bichos todavía eran renacuajos.


Es más que evidente que a los ecologistas no les importa hacer el ridículo, ni difundir, en su particular cruzada, disparates sin base científica o mentiras escandalosas.
A este paso, yo ya no sé si creerme lo de los pollos del Kentucky Fried Chicken...
De todos modos, respecto a los restaurantes del Coronel Sanders, no tienen que convencerme de nada: es un sitio que jamás piso porque lo aborrezco y me repele.
De todas las franquicias de comida rápida, es la que siempre me ha parecido menos sexy.

viernes, 5 de junio de 2009

No somos nada







Adivine en cuál de estas bolsas se encuentran los restos descuartizados de Agapito Pereira Araújo, pacífico convecino que tuvo la mala fortuna de cruzarse en su camino, una noche solitaria, con el sicópata del barrio.