jueves, 15 de mayo de 2008

A dos metros bajo tierra

Donde acabaremos todos, sin excepción. A no ser que te incineren, claro. Lo de que te reduzcan a cenizas probablemente sea mucho más limpio y ecológico, pero también es verdad que resta solemnidad a tus exequias.
Porque cuando a uno lo entierran metido en una caja, con cortejo al cementerio, donde te depositan gravemente en una fosa mientras un cura recita un responso, pues como que todo impone un respeto.
Miras a tu alrededor y la gente tiene cara de estar asistiendo a su propio funeral.
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La urna de las cenizas, por el contrario, como que la gente no se la toma en serio. Lo de menos es que acaben adornando la repisa de la chimenea o algún estante. Sé de alguien a quien se le desparramaron por la casa y, para compensar la pérdida, metió arena del gato. Y de otros a los que se les derramaron dentro del coche y tuvieron que recuperarlas con un aspirador de migas. Y de unos amigos que, tras la cremación de su colega muerto en accidente de moto, se fueron de juerga con él, pasándose la urna unos a otros toda la noche: “Eh, ¿quién lleva a Alberto un rato ahora? Yo ya estoy cansado de cargar con él…”
Está bien que se bromee, hasta el punto de frivolizar, con un fenómeno tan traumático y brutal como es la muerte (recurso mentalmente sano), pero lo de las cenizas es un cachondeo.
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Mediáticamente, sin embargo, dan mucho juego.
Una pregunta recurrente en las entrevistas a celebridades es la siguiente: ¿Dónde te gustaría que esparcieran tus cenizas?
Y aquí se abre la brecha, una vez más, entre los campechanos y los pretenciosos.
Los primeros te saldrán con la localización más sencilla; los segundos, con la más rebuscada.
Por ejemplo, entre los campechanos abundan los apegados al terruño, rural o urbano, y suelen responder "en mi pueblo" o "en el parque de mi barrio", cuando no se decantan por un simple "en el mar" o "en el campo", sin más.
Esto es sencillez.
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Para los esnobs, responder con simplezas así es anatema.
Antes muertos que sencillos.
Tomemos como ejemplo a Isabel Coixet, first lady entre los esnobs.
A una pregunta así, ella te respondería que "en un paraje de Idaho poéticamente barrido por el viento, rodeada de actores super indies de las filmografías canadiense y lituana".
Esta sería una opción. Otra: "sobre los taburetes de gastado eskai de ese bar del Village neoyorkino donde tantas veces se han sentado Woody Allen y David Lynch a buscar inspiración y disfrutar de la mejor clam's soup de la ciudad".
Esto es sofisticación.
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A mí en cambio lo que me gustaría es que, llegado el día, mis amigos corten mis cenizas con las sustancias estupefacientes que quieran y me esnifen en unos tiritos durante una farra salvaje, como hizo Keith Richards con su padre.
Porque, guau, esto es rock'n'roll.

1 comentario:

The sea, the sky, the dust dijo...

joder,escribes de puta madre. Te sigo de cerca